El arte que rompe fronteras

JM OPERA GALLERY 160426 M5 7442

Belén Herrera posa para Gentleman en la sede de Opera Gallery en Madrid, junto a obras de la exposición Pim Pam Pop: a la izquierda de la imagen, Joe Kaws (2015), del
norteamericano Kaws; la escultura Suzette (2010), de Joana Vasconcelos, y, al fondo, Heavy Weaponry on German Traffic Sign (2012), de Banksy.

JUAN LUIS GALLEGO

FOTOGRAFÍA: JACOBO MEDRANO

En el momento en el que la entrevista acaba, Belén Herrera se apresura a acompañar al operario de una empresa de transportes al domicilio de un cliente: ha comprado una escultura del artista norteamericano Roy Lichtenstein y su traslado, con un peso de 250 kilos y, obviamente, sin asideros, es todo un reto. Hay que ir a la casa, descubrir posibles obstáculos, idear cómo salvarlos y, en definitiva, garantizar el éxito de la operación.

En eso consiste también el trabajo de la directora de una galería de arte, como en pintar paredes cuando el tiempo entre exposiciones apremia. Incluso si esa galería es la sede en Madrid de Opera Gallery, quizás una de las más prestigiosas de entre las especializadas en arte contemporáneo y artistas emergentes y, sin duda, una de las más internacionales, con un total de 16 sedes en lugares como Nueva York, Miami, Aspen, Londres, Mónaco, Ginebra, Dubái, Beirut, Hong Kong, Seúl o Singapur.

The Showgirl (2008), del estadounidense George Condo; la escultura LOVE (Red Faces Blue Sides) (1966-2000), del también estadounidense Robert Indiana; y Cerdito teatrero (2023), de Luis Gordillo.

En Madrid, la galería se encuentra en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, en la calle Serrano. Es política de empresa, por así decirlo, elegir ubicaciones céntricas, en ejes comerciales incluso; una forma, al fin y al cabo, de reivindicar el galerismo como parte relevante del tejido cultural de la ciudad.

La entrevista con Belén Herrera (Madrid, 1979) transcurre en la que en la casa denominan black room, una elegante habitación con paredes tintadas de negro que apabulla no solo por su presencia, sino también por el arte que encierra: un Saura, una monumental escultura de Manolo Valdés –dos de los artistas representados por la galería– y, detrás, un Picasso.

Frente a nosotros, dos grandes mesas de centro, una conteniendo papel oro que reacciona y revolotea de forma hipnótica ante cualquier movimiento sobre el cristal que la cubre; y otra, con material teñido de un llamativo azul Klein. Apenas seis, siete, diez piezas –alguna más adorna el escritorio– para mostrar, en un espacio reducido a cuatro paredes, a algunos de los protagonistas más importante del arte contemporáneo.

DOB (blue) (2019-2021), del japonés Takashi Murakami; a la izquierda de la imagen, Le Petit Souvenir (2008), de Luis Gordillo, y a la derecha, obra sin título (2025) del alemán Anselm Reyle.

Es el espacio reservado a los clientes, buscando algo más de privacidad, frente a las dos plantas, siempre abiertas al público, con una amplia puerta de cristales en la baja, en la ancha acera de la calle Serrano, y luminosos balcones en la superior, en la que la galería muestra su obra, la de sus representados e incluso la cedida por coleccionistas privados para la ocasión a través de una programación que suele incluir seis exposiciones al año. “El mercado español del arte siempre ha tenido fama –duda Herrera buscando la palabra– de más modesto, comparado con las tradicionales plazas de Nueva York, Londres o Miami”.

Pero algo está cambiando desde hace un tiempo, con la aparición de “un coleccionista cada vez más internacional, curioso, conocedor y con bagaje”, añade la directora, quien reivindica: “Hay grandes coleccionistas en España y eso, y esto es fundamental, forja también el patrimonio cultura de un país”. De hecho, fue uno de los artistas ‘bandera’ de la galería, Manolo Valdés, quien animó a Gilles Dyan a abrir plaza en Madrid.

Dyan, francés, es el fundador de Opera Gallery. Fue a mediados de los años 90. Amagaba con abrir una galería en París cuando la recesión económica en el continente le empujó a viajar, con obra de amigos artistas bajo el brazo, a una feria de arte en Singapur. El éxito, desde el pequeño stand que le cedieron, fue tal que poco después ya contaba con espacio propio en la ciudad asiática y pudo por fin abrir el de París. El año pasado, en 2025, Opera Gallery celebró su 30 aniversario. La sede en Madrid fue abierta en 2023 y Blanca Herrera está allí desde el principio.

Estudiante de Humanidades, una beca Leonardo da Vinci la llevó a Italia, donde trabajó en un museo antes de recalar en la famosa Galería Marlborough, en Madrid, en la que entró para ocuparse de la recepción primero, de la comunicación después, pasó 20 años y acabó dirigiendo rodeada de maestros como Antonio López, Juan Genovés o Luis Gordillo.

La obra Poissonniere (2016), de Eduardo Arroyo.

Hasta que recibió la llamada de Opera Gallery: “Un maravilloso proyecto al que me lanzo de inmediato”. No siempre ocurre así en un sector en el que abundan las sagas, que sea una larga trayectoria de trabajo sobre el terreno la que te lleve arriba. “Me parece crucial haber podido empezar desde abajo y conocer todos los puestos de una empresa”, afirma en una modesta pero indisimulada reivindicación del “currante”. Hay quien, en estos tiempos de clasificaciones y etiquetas, sitúa a Belén Herrera como una de las mujeres más influyentes de la cultura en España. Ella recibe tales calificativos “con muchísimas humildad”.

Lo cierto es que sus decisiones pueden lanzar carreras, aunque no toda la responsabilidad es suya. Opera Gallery funciona como una “gran familia” que consulta impresiones, comparte criterios e intercambia obra. De hecho, una de las habilidades de Opera Gallery es enfrentar a los talentos emergentes a mercados a los que difícilmente llegarían; y otra, presente prácticamente en cada exposición colectiva, abrir un diálogo pictórico mostrando obra de artistas jóvenes junto a la de grandes maestros. “Es una oportunidad que no se les da normalmente y es muy bonito, porque genera vínculos a veces sorprendentes”.

Entrada a Opera Gallery en la calle Serrano de Madrid. La galería suele ubicar sus sedes en zonas céntricas y comerciales de las ciudades en las que se establece.

Cuando esta entrevista tiene lugar, Opera Gallery exhibe en Madrid la exposición Pim Pam Pop, dedicada al pop art, que ha inundado las dos plantas de coloridas obras de Keith Haring, Rafael Canogar, Equipo Crónica o Takashi Murakami, entre otros artistas nacionales e internacionales. Cuando esta revista ve la luz, le han sustituido (hasta el 20 de junio) los juegos perceptivos y perspectivos del madrileño David Magán. Quizás sirva tal sucesión de exposiciones para recordar uno de los lemas sobre los que Gilles Dyan fundó Opera Gallery: “Pensar localmente para actuar globalmente”. El arte, añadimos nosotros, rompiendo fronteras.

Salir de la versión móvil