
No hay nada mejor para entender la relojería que visitar dónde se gesta. Así se revela el universo relojero de Hermès en sus sedes de Brügg y Le Noirmont, dos de los tres centros clave de su creación. En Brügg se hace visible la relación histórica de la firma con el tiempo, a través del trabajo de sus artesanos, el ensamblaje de movimientos, los métiers d’art y la elaboración de pulseras de piel.
Allí, 190 personas trabajan bajo una consigna clara: la colaboración. Cada reloj es ensamblado de principio a fin por un solo empleado, en un proceso que combina exigencia, precisión tecnológica y controles tradicionales. Las pruebas herméticas y el control final, alineado con los estándares del COSC, culminan antes de colocar la pulsera que completa la excelencia Hermès.
Esa excelencia se expresa de forma especial en las pulseras de piel. Desde la selección de cueros y aligátor hasta la construcción en tres partes, el cosido manual y el sellado por calor, cada etapa evidencia la pericia artesanal. La piel también se transforma en arte mediante marquetería y mosaicos, donde la paciencia y la habilidad son fundamentales.
En Le Noirmont, dedicado a cajas y esferas, un ambicioso proyecto de ampliación confirma la voluntad de crecimiento de Hermès en la relojería. La fabricación de esferas recorre al menos siete talleres y numerosas operaciones, mientras que las cajas nacen de herramientas hechas a mano y procesos térmicos y mecánicos complejos, hasta convertirse en piezas que encarnan el espíritu de perfección de la maison.