Jaume Plensa, la escultura intangible

Jaume Plensa, la escultura intangible

Aunque el carácter y la magnitud de sus colosales bustos despierte la tentación de adscribir a Jaume Plensa (Barcelona, 1955) al pop art –a pesar de su impronta surreal? o a denominar su trabajo como ecléctico, nada más lejos. Plensa ha renovado el relato y el lenguaje plástico de la escultura. “Me produce felicidad que […]

Aunque el carácter y la magnitud de sus colosales bustos despierte la tentación de adscribir a Jaume Plensa (Barcelona, 1955) al pop art –a pesar de su impronta surreal? o a denominar su trabajo como ecléctico, nada más lejos. Plensa ha renovado el relato y el lenguaje plástico de la escultura. “Me produce felicidad que naciones dispares entiendan mi obra –afirma–. Y confirma mi sospecha: somos semejantes y el flujo sanguíneo es igual en todos los cuerpos. Además de sujeto de mi trabajo, mi gran obsesión es el ser humano y sus múltiples facetas”.

“Me he centrado –explica– en aspectos como la vibración de la materia, las ideas, el pensamiento o el silencio. No estoy sujeto a disciplina o ismo alguno, y declaro mi absoluta infidelidad a tal tentación. Las ideas necesitan expresiones distintas, pintura, grabado, diseño gráfico, arte visual, fotografía…, y que los materiales no las condicionen”. Puro sapere aude.

Jaume Plensa sitúa en los años de su vida en Berlín su “obsesión por el origen de la naturaleza” y el inicio de la utilización del hierro fundido, “seducido por la idea de un líquido que conforma un objeto sólido al enfriarse”. Y añade: “Observando el fluido a pie de horno, reparé en que, además, era luz. La actitud ante un material carece de valor sin la disposición idónea. ‘Me interesa saber qué piensa Dios, el resto son detalles’, decía Einstein; así que, más que arte total, es curiosidad por abrazar el todo”.

En cualquier caso, Plensa reconoce que su afinidad a un soporte u otro va por etapas. De hecho, días atrás inauguró en Madrid una proyección del cielo de la ciudad en la cúpula del Teatro Real, un homenaje a René Magritte y al techo, obra suya, del teatro de las Galerías Saint-Hubert de Bruselas. Nada que ver, en principio, con sus iconos de hierro en plazas y parques o en la catedral de Mons (Bélgica). “Pero ambos (tipos de obras) remiten a la relación con el todo y con lo que nos une a los demás. Lo importante en la vida es invisible, y sonará paradójico en boca de un escultor”.

También ha hecho escenografías, incluso de La Fura del Baus. “Me apasiona el Bel Canto. La primera se estrenó en Granada. Le siguieron Salzburgo, Roma… Lo dejé hasta este año, cuando el Liceo de Barcelona me regaló el placer de diseñar Macbeth”.

¿Y qué huella han dejado ya los años en su obra? “Marcada. La escultura es como un campo: hay que arar, sembrar, esperar el momento… Con los años me he adaptado a mi forma de trabajar. Al principio me sentí incómodo: era más lento de lo que pretendía, hasta que entendí qué es lo que buscaba. Hay que defender la lentitud y producirla y, si acaso, el silencio frente a tanto ruido mental”. Los nipones, recuerda, reivindican la pátina del tiempo: “Por eso me siento cómodo allí. Sin el lastre de la noción de causalidad, una carga intelectual muy pesada, la sensación de vínculo con las culturas asiáticas es inmediata”.

Pese a su obra urbana, sus intervenciones en entornos naturales son incluso más efectistas. “El destino de mis proyectos más inmediatos son ciudades y museos, es cierto. Aun así, la naturaleza siempre me acompaña. A menudo siento envidia de mis esculturas solitarias como la de Tjörn, una isla próxima a Göteborg (Suecia): su fuerza expansiva es increíble”. ¿Y su relación con el agua? “Aunque no floto, ni sé nadar, siempre defendí que es el gran espacio público y lo más cercano a nosotros, un 70% acuosos… Es algo obvio en la Crown Fountain de Chicago (Illinois, EE. UU.) o en mi proyecto de Ogijima (Takamatsu, Japón), una islita en el mar de Seto”.

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