
Hay exposiciones que se recorren y otras que se habitan. “Thomas Houseago. Esculturas. Jardín Banca March” pertenece a la segunda categoría. En el corazón de Madrid, el jardín de Banca March se reabre al público con una propuesta que invita a desacelerar la mirada y enfrentarse, sin filtros, a la materia. Es la primera vez que Thomas Houseago presenta su obra en España, y lo hace con siete piezas monumentales que dialogan con el espacio abierto y con quien las observa.
La muestra, comisariada por Anne Pontégnie, se inscribe dentro del centenario de la institución, pero va más allá de la conmemoración. Es, en realidad, una declaración de intenciones: conectar tradición y contemporaneidad a través del arte. Las esculturas, realizadas entre 2008 y 2025, despliegan un lenguaje donde el yeso, la madera o el bronce no son solo materiales, sino herramientas para explorar lo esencial.
En el universo de Houseago, la figura humana es el punto de partida y también el destino. Sin embargo, lejos de la perfección clásica, sus cuerpos aparecen abiertos, fragmentados, inacabados. La monumentalidad —como en Large Walking Figure I— no busca imponer, sino evidenciar la vulnerabilidad. Cada grieta, cada unión visible, cada huella del proceso remite a una idea más profunda: la del cuerpo como territorio de experiencia.
Ese diálogo entre pasado y presente se extiende también a sus referencias. De la escultura griega a Pablo Picasso, de Alberto Giacometti a la cultura pop —de Darth Vader a Ziggy Stardust—, Houseago construye un lenguaje híbrido donde lo ancestral convive con lo contemporáneo sin fricción. El resultado es una obra que no pertenece a un tiempo específico, sino a una condición: la de ser humano en constante transformación.
Al final, lo que ocurre en este jardín no es solo una exposición, sino una experiencia silenciosa. Entre esculturas que parecen respirar y un entorno que amplifica su presencia, el visitante entiende que el lujo contemporáneo no siempre está en lo perfecto, sino en lo auténtico. Y en ese gesto —el de detenerse frente a la materia y reconocer en ella algo propio—, el arte recupera su función más esencial: hacernos sentir.