Carlos I une la destilación de malta con la memoria de Jerez en su primer Single Malt Whisky

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créditos: Bodega Carlos I Whisky

Acceder a las naves de crianza en El Puerto de Santa María implica someter los sentidos al peso del tiempo, estar atento al murmullo de los vientos de Levante y Poniente, al aroma a roble impregnado de vinos añejos y la penumbra constante que dibujan el marco geográfico de una innovación histórica. Carlos I traspasa las fronteras del brandy para adentrarse en el universo del whisky, concibiendo un Single Malt que nace indisolublemente ligado a la identidad del Marco de Jerez.

La gestación del destilado comienza lejos de la costa, en las cumbres andaluzas. La malta de cebada, obtenida íntegramente en suelo español y molida en Granada, encuentra su primera transformación en el agua pura procedente del deshielo de Sierra Nevada. Tras el paso por los alambiques de cobre, la materia prima viaja hacia la costa atlántica para iniciar un proceso de crianza que huye de las fórmulas convencionales, apostando por la personalidad del líquido por encima de las cifras del calendario.

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La madera asume aquí un papel casi narrativo. El destilado reposa durante cuatro años iniciales en botas septuagenarias que albergaban brandy Carlos I tras haber contenido previamente olorosos y amontillados de Osborne. Esta primera etapa estática aporta una capa sutil de dulzor, vainilla y especias nobles, preparando al espíritu para su inmersión en el dinamismo propio del sistema de criaderas y soleras.

El tramo final del viaje transcurre a lo largo de dos años de envejecimiento oxidativo en botas centenarias de la categoría VORS. La interacción con las soleras históricas de Amontillado 51-1ª y Oloroso Sibarita dota al conjunto de una densidad aromática singular. Mediante el trasiego pausado y la lenta respiración de la vasija, el cereal absorbe los matices secos, afrutados y salinos que solo las soleras de mayor solera pueden transmitir.

créditos: Bodega Carlos I Whisky

En la copa, la luz revela un tono ámbar dorado con destellos miel. El primer contacto en nariz anticipa una complejidad serena, desplegando recuerdos de ciruelas pasas, fruta confitada, cacao y maderas finas. Al probarlo, el paso por boca resulta equilibrado y sedoso; un destilado de cuerpo medio que evoluciona con el calor de las manos, dejando ver matices de avellana, nuez y un fresco fondo balsámico que prolonga su recuerdo.

créditos: Bodega Carlos I Whisky

Esta visión contemporánea encuentra su traducción gastronómica en el espacio El Coleccionista, la propuesta de coctelería del Grupo Dani García en Madrid. A través de Don Carlos, una creación que combina el whisky con licor artesanal de tabaco, azúcar moscabado y especias —maridado con un brioche de rabo de toro—, el destilado demuestra su versatilidad para dialogar con la alta cocina de autor.

El lanzamiento, coordinado por el enólogo y master blender Marcos Alguacil, demuestra que la innovación no exige romper con las raíces. Al confiar la maduración del grano a las barricas más valiosas de la casa, Carlos I no solo presenta una nueva botella en el mercado; firma una declaración de intenciones sobre cómo la artesanía centenaria de Jerez puede reinterpretar los códigos del whisky contemporáneo.

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