La inteligencia artificial, tan útil como desaconsejable en tantos casos, presenta al Grand Hotel Les Trois Rois como “uno de los hoteles de lujo más antiguos y prestigiosos de Europa, situado a orillas del río Rin, en el casco histórico de Basilea, Suiza”. Nada que objetar, acierto pleno. Suficiente reclamo, incluso, para suscitar el interés que sin duda merece. Pero la definición carece –sabido es que es una de las limitaciones de la tecnología, de momento– de emociones. Y esas, para quienes han tenido la suerte de visitar el hotel, lo son todo.
Reconozcamos, eso sí, que no son fácilmente descriptibles. Así que empecemos por algunos hechos objetivos. Primero: Les Trois Rois es el único cinco estrellas en Basilea. Y a esa consideración contribuyen muchos factores: por supuesto, un servicio impecable; la hospitalidad como guía de comportamiento de un personal procedente de casi 40 países diferentes; una variada y excelsa gastronomía, con diversas propuestas, de las que forma parte el reconocido tres estrellas Michelin Cheval Blanc; y una decoración exquisita, en la que el proyecto de modernización no ha borrado el peso de la historia, hasta el punto de que eligió dejar visible el más que patente desnivel que, en ciertas estructuras, había provocado el paso de los años sobre unos cimientos tan cerca del río.
Porque ese es otro de los hecho objetivos que sitúan a Les Trois Sois entre los favoritos de Centroeuropa: su localización, en la orilla del río Rin, asomado a su caudaloso cauce y sucesión de puentes, dibujando una estampa que bien podría situarse entre los emblemas de la ciudad. Con todo lo que ello implica: balconadas en algunas de las habitaciones con vistas de recreación infinita; la terraza del lobby bar al aire libre sobre el agua; o grandes ventanales desde la Braserie, otra de las ofertas culinarias del establecimiento que alberga, además de evocadores brunchs, almuerzos y cenas, el exquisito desayuno de los clientes del hotel.
La historia, efectivamente, forma parte de la idiosincracia de Les Trois Rois. Tanta, que resulta inabarcable en estas líneas. Digamos que su origen se remonta a hace más de 300 años, 1681, de cuando data la primera mención de una posada denominada Tres Reyes en este edificio. Que en 1844 se convirtió en un elegante hotel de sorprendente estructura neoclásica y proporciones armoniosas. Que entre la II Guerra Mundial y los años 70, una audaz y decidida dirección devuelve al hotel su prominencia y prestigio internacional. Que en 2004, la familia Thomas Straumann –actual propietaria– lo adquiere y acomete una ambiciosa reforma con tal respeto al patrimonio que recupera planos originales. Que en 2023 comienza esa decisiva renovación integral a cargo del estudio de arquitectura suizo. Y que en 2025 abre sus puertas la ampliación en el edificio colindante, según el proyecto del afamado estudio de arquitectura Herzog & de Meuron, exhibiendo un nuevo esplendor que, en contraste con el ambiente señorial del original, incluye siete amplísimas habitaciones –frente a las 82 del edificio original– de un lujo decididamente contemporáneo que se traslada también a una zona de bienestar de inspiración japonesa y al nuevo restaurante Banks, la tercera propuesta culinaria del hotel, rodeado de diseño y arte, que, con una vocación más lúdica nació, para convertirse en reclamo de la vida nocturna de la ciudad.
Otro apunte para la historia: la lista de personalidades que ha pernoctado en el hotel es tal que conviene agruparla por profesión. Si Napoleón Bonaparte se alojó en aquella primera posada, los años venideros han visto pasar por Les Trois Rois a reyes como la británica Isabel II, el príncipe Rainero de Mónaco o la emperatriz Michiko de Japón; a figuras literarias como Voltaire, Goethe, Dickens o Thomas Mann; a políticos como Wlliy Brandt y el Dalai Lama; a compositores y músicos como Franz Liszt, Gustav Mahler, Duke Ellington o The Rolling y Bob Dylan, y a artistas como Pablo Picasso y Marc Chagall. Entre otros muchos.
Sería el momento de hablar de las sensaciones. De esas que la IA no alcanza a transmitir. Vaya una por delante, tan sencilla como clarificadora: a uno le gustaría alargar el tiempo en el hotel Les Trois Rois; no tener que elegir entre emplearlo en el descubrimiento de una ciudad acogedora y cosmopolita, con una imperdible oferta cultural y museística, o contemplarlo transcurrir desde el balcón de una de sus habitaciones, desde su decimonónica biblioteca o sentado a la mesa de uno de sus restaurantes.
Y otra sensación: la de que el verdadero lujo, el que sabe navegar entre la sencillez y la excelencia, es sobre todo una sensación que no necesita de alharacas; que trasciende el espacio para ocupar el ambiente; y que, desde ahí, se infiltra en el ánimo del que lo disfruta. Como en el hotel Les Trois Rois.
