
Antes de que el mundo conociera su nombre, Pedro Alonso ya había recorrido los escenarios de Vigo y Madrid, labrando un oficio que más tarde sostendría su salto a la pantalla. Nacido en 1971, el teatro fue su escuela y su refugio, un lugar donde aprender a medir los silencios y a construir personajes desde adentro hacia afuera. Esa base escénica se nota en cada aparición, incluso cuando la cámara lo encuadra en un primer plano.
El punto de inflexión llegó en 2017, cuando se estrenó La casa de papel (2017) en Netflix. Allí interpretó a Berlín, el atracador de maneras refinadas y ética dudosa que robó el corazón del público internacional. El personaje, envuelto en chaquetas de tweed y discursos de altura, se convirtió en un fenómeno global y llevó a Alonso a ser reconocido en rincones del planeta donde jamás se había emitido una serie española. Berlín era teatral, peligroso y profundamente humano, y Alonso lo habitó con una entrega total.
Antes de ese estallido, ya había dejado huella en la televisión española. En Gran Hotel (2011), interpretó al misterioso mayordomo Andrés, un personaje de secretos y lealtades ocultas en un drama de época. Dos años después, en El tiempo entre costuras (2013), encarnó a Marcus Logan, un periodista estadounidense atrapado en la España de la posguerra. Ambos papeles demostraron que podía moverse con naturalidad entre la contención y la pasión, entre el pasado y el presente.
En el cine, su trayectoria incluye títulos como La cueva (2014), un thriller de supervivencia rodado en condiciones extremas, y El guardián invisible (2017), la adaptación de la novela de Dolores Redondo donde interpretó al inspector James. Más recientemente, ha participado en producciones internacionales y ha regresado al teatro, su primer amor, reencontrándose con la inmediatez del escenario y la complicidad del público en vivo.
Alonso pertenece a esa estirpe de actores que no necesitan cambiar de registro constantemente para demostrar su alcance. Su estilo —sobrio, clásico, con una mirada que pesa— le ha permitido atravesar géneros sin perder identidad. Hoy, con una carrera que cruza el teatro, la televisión y el cine, demuestra que la verdadera trayectoria no se mide en cantidad de proyectos, sino en la capacidad de dejar una marca perdurable en quien lo ve.