
Federico Oldenburg
No son pocos lo que me verán como un pez fuera del agua. Ataviado con la camiseta oficial de La Roja –La Blanca, en este caso, el color de la segunda equipación de la selección española para esta cita mundialista, que resulta pelín más elegante para que se la enfunde un aficionado maduro–, en la grada del estadio Akron de Guadalajara intentando mimetizarme con la bulliciosa panda futbolera que hace unos días se animó a cruzar el charco para citarse en la ciudad mexicana y animar a su equipo. «Uruguayo en el que no salte» fue el grito de guerra previo al partido más tenso y emotivo al que debió enfrentarse España en la ronda clasificatoria de este campeonato.
Hubo que saltar, desde luego. Y ser testigos de un encuentro que tuvo más de escabechina que de sutilezas futbolísticas. Así como hay partidos que pasan a la historia por su épica, otros serán olvidados como trámites, episodios más bien grises en el que algunos esforzados jugadores se han dejado los meniscos en el campo. La Roja se impuso por aprovechar un fallo del contrario y por su ejercicio de resistencia. Como bien dijo un cronista, «aguantando la descarga pendenciera de Uruguay».
Para los que estuvimos allí, presenciar un encuentro tan áspero y cizañero fue una experiencia no exenta de cierto sufrimiento. Aunque también la disfrutamos. Porque el fútbol siempre es una fiesta. Y más si se trata de un mundial.
Por eso, que nadie se sorprenda, que incluso un gourmet, más acostumbrado a sentarse a la mesa de los grandes restaurantes, se suba a un avión –en un viaje relámpago– para llegar hasta Guadalajara, presenciar un partido y apoyar a La Roja. En un mal partido, con gente que no conoce. Para luego perderse por las calles de aquella ciudad mexicana para levantar una copa de tinto español, Ramón Bilbao. Que es el Vino Oficial de la Selección de Fútbol Española y en Guadaljara se sirve por doquier.
La condición del gourmet no se contradice con la del futbolero. Son pasiones que conviven. Que nos llevan a vivir y viajar por el mundo en busca de grandes emociones. Y a levantar la copa, siempre que hay una buena oportunidad.