No hay nada mejor para entender la relojería que visitar dónde se gesta. Eso es lo que hemos hecho con Hermès, entrando en sus sedes de Brügg y Le Noirmont, dos de los tres centros neurálgicos de la creación relojera de Hermès. Hay que recordar que la firma siempre ha mantenido una estrecha relación con el tiempo a través de sus objetos, su legado y el trabajo de sus artesanos. Esto es lo que se puede descubrir en Brügg, donde, además de la dirección de la división relojera, se hallan el ensamblaje de los movimientos, los métiers d’art y la elaboración de las pulseras de piel –en total, trabajan allí 190 personas–. En el workshop de ensamblado cada uno de los empleados se encarga del reloj que llega a su puesto de principio a fin.
En Hermès tienen una consigna en su forma de trabajar y es la de la colaboración entre sus empleados. No se busca una competición, y eso también se traduce en eficacia y en un grado de exigencia que está a la altura de la que la marca se impone. La tecnología responde a ese nivel, como por ejemplo las máquinas de aire en las que las que se realizan las primeras pruebas herméticas del reloj, una vez el movimiento ha sido colocado en la caja, y que tienen una altísima fiabilidad que luego confirmarán los distintos pasos –estos tradicionales– en los que se realiza el control de hermeticidad. Le seguirá un control final exhaustivo, que aunque no sea para obtener el COSC sigue sus mismas pautas, antes de que se le coloque la pulsera que completará el círculo de excelencia Hermès.
Esa excelencia se percibe por supuesto en las pulseras de piel. El recorrido empieza en un almacén en el que piezas de cuero y aligátor componen una particular paleta de colores que permiten intuir la creatividad artesanal que llegará después: desde la construcción de la pulsera en tres partes, donde se busca tanto la resistencia como la flexibilidad, hasta ejecutar, tras el perforado, el cosido, otro espectáculo en el que se percibe la pericia del artesano y que concluye con el sellado de los laterales por calor. La piel de Hermès forma parte también de creaciones convertidas en arte con la marquetería y mosaicos de piel, trabajos donde la paciencia y la habilidad del artesano son vitales.
Al llegar a Le Noirmont, la manufactura de cajas y esferas, lo primero que sorprende es la obra que están acometiendo. Un proyecto que deja claro el objetivo de Hermès de seguir creciendo en la relojería, que triplicará espacio y servirá para integrar la producción a partir de 2028. La fabricación de la esfera empieza en el taller de mecánica, y concluye en el espacio donde se colocan los apliques. Entre una y otra, donde se suceden además los protocolos de control, se visitan al menos siete talleres: montaje, pulido, acabado, galvanoplastia, barnizado, calco y un último taller que tiene la peculiaridad de carecer de nombre . Como muestra de todo ello, en la galvanoplastia hay esferas que requieren de más de 100 operaciones.
La ejecución de la caja no es tarea sencilla, y menos en una marca con cajas de construcción compleja. Todo empieza en el taller en el que una persona fabrica las herramientas con las que se construye la caja –una tarea que requiere de cuatro meses por caja–. A partir de ahí se trabajarán los materiales, que pasan por un horno –el acero se somete a 1.080º y el oro a 700º– para dejar el metal preparado para un mecanizado inicial que dará inicio a una serie de etapas que culminarán en una pieza lista para integrar ese espíritu de perfección que transmiten los relojes Hermès.
