
La apertura de K’era en Las Salesas, Madrid pertenece al tipo de apertura que busca interacción, porque nace desde la convicción de que la hospitalidad es un gesto íntimo antes que una estrategia. Detrás está Nino Kiltava, impulsora de Nunuka y cofundadora de Persimmon’s, quien lleva años tejiendo un puente entre Georgia y Madrid. Este nuevo espacio no pretende deslumbrar; quiere acompañar, porque busca que la coina también sea una forma de cuidado cotidiano.
K’era se piensa como un lugar abierto a cualquier hora, ya que la vida no ocurre en franjas rígidas. Desayunos sin prisa, comidas improvisadas, tardes de vino y música, cenas que aparecen casi sin planearse. Aquí el tiempo no se persigue; se comparte. El espacio invita a quedarse porque ha sido concebido como una casa habitada, con esa calidez que no se diseña en laboratorio, ya que nace de la memoria y del deseo de recibir.
El horno tradicional ocupa el centro físico y simbólico del proyecto, porque en Georgia el fuego es reunión y conversación. De ahí emergen los panes y las masas que sostienen la carta: khachapuri que respiran tradición, panes shoti que crujen al partirse, preparaciones que dialogan con la infancia de Nino. Ver cómo la masa se adhiere al barro caliente es asistir a un ritual sencillo y poderoso, ya que cada gesto conecta con una historia colectiva.
La carta se mueve con libertad porque está pensada como un agente cambiante. Hay chebureki ligados a recuerdos personales, berenjena con nueces reinterpretada, sopas que reconfortan cuando el día pesa, y propuestas que cambian según la temporada y la intuición del equipo. El brunch se convierte en celebración compartida, y no responde a una moda pasajera pero sí a la necesidad de reunirse sin prisa. El café y la pastelería acompañan el día con naturalidad, porque cada momento merece su propio ritmo.
Al caer la tarde, la música en vinilo y los cócteles inspirados en paisajes georgianos amplían la experiencia, ya que la hospitalidad no termina en el plato. La selección de vinos, con presencia de etiquetas georgianas, recuerda que ese país guarda una de las tradiciones vitivinícolas más antiguas del mundo. K’era se integra en en el barrio madrileño con discreción y carácter porque no busca parecer ajena o exótica; quiere formar parte de la cultura local. Y lo consigue, ya que propone algo sencillo y profundo a la vez: un lugar donde sentirse en casa a cualquier hora.