El lugar sagrado del deporte: mitos, nieve y héroes olímpicos

Saltador de esquí en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1964.

La imagen, tomada durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 1964, celebrados en Innsbruck, Austria, muestra a un saltador de esquí en pleno vuelo sobre la ciudad y las montañas Nordkette de fondo.

El deporte es liturgia, pero también mitología, una dramatización colectiva de valores y roles que funciona a la perfección como metáfora vital. De ahí su dimensión casi religiosa, que descansa tanto en un carácter ceremonial como en el espacio de comunión que abre y la propuesta de una serie de valores que dan forma a un modelo de comportamiento ejemplar. Con sus gestas y sus mitos, la práctica deportiva es un elemento estructural del imaginario colectivo ya desde la Antigüedad, como atestiguan Homero, Píndaro o Teócrito.

La búsqueda del equilibrio absoluto entre mente y cuerpo, el culto a la fuerza y la belleza, la construcción de una identidad tan singular –en el sentido de heroica excepcionalidad– que se convierta en legendaria y el constante afán de superación humano pueden resumirse en un lema que todos conocemos: Citius, Altius, Fortius (más rápido, más alto, más fuerte). El célebre lema olímpico, sí, al que el barón de Coubertin añadiría una impecable coda: “Lo esencial en la vida es luchar”.

Fotografía:Ralph Crane
Imagen del estadio Bergisel durante la ceremonia de apertura de los Juegos. Este lugar histórico, con capacidad para 26.000 espectadores, albergó el evento de salto de esquí, y más tarde repitió como sede olímpica en 1976.

Con sus pasiones y contradicciones, sus promesas y lecciones, sus fracasos y proezas, unos Juegos Olímpicos –más aún si el frío y la nieve los envuelven– obran el milagro de transformar una vez más la destreza física en virtud moral. Pese a la furia desmitificadora de nuestros tiempos. ¿De estos solo? El siempre lúcido Roger Callois escribe –en 1939– acerca del mito y su función en el mundo moderno: “Hubo un tiempo en que sociedades enteras creían en ellos y los actualizaban con ritos, y ahora que están muertos no cesan de proyectar su sombra sobre la imaginación del hombre y de suscitar en ella ciertas exaltaciones”. ¡Bienvenidas sean!

Definiendo ‘mito’, Carlos García Gual habla de la “actuación memorable y paradigmática de unas figuras extraordinarias en un tiempo prestigioso y esencial”. Y, sin duda, las modernas Olimpiadas, diseñadas a imagen y semejanza de las de la Antigüedad, representan aún un símil válido de los fabulosos enfrentamientos de unos héroes que, por sus gestas, se asemejaban a los dioses a quienes honraban con su competición.

“Mostradme a un héroe y os escribiré una tragedia”. Igual que Francis Scott Fitzgerald, autor de modernas epopeyas (y de la frase anterior), necesitamos protagonistas para estas líneas. Vencedores laureados como la esquiadora de fondo noruega Marit Bjørgen, cuyas 15 insignias (8 oros, 4 platas y 3 bronces) en cinco Juegos (Salt Lake City, Turín, Vancouver, Sochi y Pyenongchang) la sitúan en lo alto del medallero invernal, o su compatriota Ole Einar Bjørndalen, biatleta, que la sigue con 14 medallas (8 oros, 4 platas y 2 bronces) en el mismo número de olimpiadas (Nagano, Salt Lake City, Turín, Vancouver y Sochi). Como la surcoreana Kim Yun-Mi, oro en patinaje de velocidad en pista corta en Lillehammer 1994 con poco más de 13 años, o el tirador sueco Oscar Swahn, también oro, pero superados los 64, en Estocolmo 1912. O los cinco únicos atletas que han subido al podio en Olimpiadas de invierno y verano: Eddie Eagan –bobsleigh y boxeo–, Jacob Thullin Thams –salto de esquí y vela–, el propio Swahn –todas (6) en tiro–, Christa Luding-Rothenburger –patinaje de velocidad y ciclismo en pista– y, en las mismas disciplinas, Clara Hughes.

Fotografía:Ralph Crane
Juegos Olímpicos celebrados en Innsbruck (Austria), en 1964, seguidos, como se adivina en la imagen, por miles de espectadores.

Después, es imprescindible un escenario apropiado para tales proezas. Los Juegos Olímpicos de Invierno vienen celebrándose oficialmente hace ya más de un siglo, y la blancura resplandeciente de la nieve les brinda una plasticidad cargada de poética. St. Moritz, Cortina d’Ampezzo, Calgary, Sapporo, Albertville, Lillehammer, Salt Lake City. Nombres míticos que de inmediato traen a nuestras cabezas nieve, hielo, frío intenso, fuertes vientos polares… Condiciones climáticas extremas que no siempre son las que cabría esperar: en 1964, la escasez de nieve, debida al inusitado calor, fue alarmante en Innsbruck (Austria). Por lo que no quedó más remedio que movilizar al ejército austriaco en una misión igualmente heroica. Como describe el historiador de los Juegos Ron Judd: “Se cortaron unos 20.000 bloques de hielo de las montañas que se transportaron en camiones hasta las pistas de bobsleigh y luge y, después, cerca de 40.000 metros cúbicos de nieve para las pistas de esquí alpino”.

Valores que traspasan la pantalla

Y, por último, precisamos forzosamente de un público expectante, sujeto en la transmisión de valores como la disciplina, el esfuerzo y el sacrificio, el espíritu de superación, la aceptación y el cumplimiento de las reglas, la deportividad o el trabajo en equipo. El deporte, la salud física y el espíritu competitivo eran pilares esenciales en la educación de la Grecia clásica, pero ¿qué decir de nuestra globalizada época, con su culto al cuerpo, la comparación constante y una cultura casi obsesiva del bienestar?

Fotografía:Ralph Crane
El esquiador alpino austríaco Josl Rieder encendió la llama olímpica durante la ceremonia de apertura de aquellos Juegos.

Puede que las hazañas de Corebo de Élide, un humilde panadero convertido en el primer campeón olímpico de la historia –en el lejanísimo 776 a. C.–, o de su homólogo contemporáneo en los Juegos de Invierno de Chamonix 1924, el norteamericano Charles Jewtraw, habiten hoy el olvido, pero como señala Josep Campbell,su intangible influencia sigue moldeando nuestra percepción de la realidad. Y, así, el mito no solo posee vida en términos simbólicos, sino también funcionales, al proporcionarnos instrucciones y coordenadas concretas.

El resplandor perlino de la nieve focaliza el flujo de nuestra conciencia hasta casi suprimirla. Deslizarse sobre ella es lo único que importa ahora. Lo más rápido posible. El esfuerzo y el frío lo desdibujan todo a nuestro alrededor: tiempo y espacio, récords y caídas, el estado de la pista, las reacciones del público… Solo quedan ya la liturgia, la concentración, el arrojo y el triunfo. Todo lo que nos devuelve al feliz tiempo de los héroes.

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