
fotografiado para Gentleman en uno
de los salones del hotel Santo Mauro,
en Madrid.
JUAN LUIS GALLEGO
FOTOGRAFÍA JACOBO MEDRANO
CUANDO, EN 1998, LA BODEGA EMILIO MORO dejó de indicar en la etiqueta de sus vinos si era un crianza, un reserva o un gran reserva le llovieron las críticas. Los puristas del sector, acostumbrados a una clasificación casi sacralizada que parecía otorgar marchamo de calidad con su simple mención, le acusaron de traicionar a los consumidores con tal falta de información. Pero la experiencia ha acabado por avalar una filosofía que cada vez más bodegas adoptan: el vino madura el tiempo necesario, no el que marca el reglamento (al margen, eso sí, de que la denominación de origen en cuestión, en este caso Ribera del Duero, certifique el cumplimiento de las normas exigidas).
En esa decisión tuvo mucho que ver Javier Moro, tercera generación de la familia, entonces en el área comercial y ahora presidente de la bodega. Es disfrutón, cocinillas, deportista y le gusta la calle. Y, en su caso, no es una anécdota menor. Porque, atento a las barras y las mesas de restaurante, sabe leer hacia dónde se mueve el público. Así que, cansado de ver que el consumidor pedía, por ejemplo, un ‘crianza’ sin especificar marca y dando por hecho, por tanto, que esa maduración igualaba a todos, apostó por eliminar esa información de la etiqueta para presentar sus vinos con una personalidad propia que obligaba a pedirlos por su nombre.
Y luego, casi a la vez, llegó el fenómeno Malleolus: madurado en roble francés –entonces nada común en Ribera del Duero–, con una presentación revolucionaria –cápsula y letras naranjas, frente a la imagen castellana y recia dominante– y una etiqueta genérica en la que no figuran los 18 meses de media que suele estar en barrica. Las 30.000 botellas que lanzaron entonces a un precio nada barato de 2.800 pesetas (unos 17 euros) se agotaron en tres meses. Fue, sin duda, un antes y un después. “Toda la vida hemos hecho vino en la familia –comenta Javier Moro recordando a su abuelo y a su padre, ambos Emilio–, pero, cuando comenzamos a comercializarlo en el año 1989, fuimos transgresores desde el minuto uno”. También, por ejemplo, en el lanzamiento de vinos jóvenes con pocos meses de barrica.
“La calle me hizo desarrollar otro modelo de negocio”, explica Javier Moro, de forma que, clasificaciones al margen, la bodega comercializa ahora vinos con personalidad propia –entre otros, Emilio Moro, Malleolus, Finca Resalso (el joven con algo de barrica), La Felisa (el ecológico), también blancos como Polvorete, El Zarza o la Revelía, elaborados con godello en una bodega propia en El Bierzo– y definidos, sobre todo, por el terreno, la cosecha o el modo de elaboración.
Hay algo, sin embargo, en lo que no varían: todo sus tintos son con uva tempranillo. Por tradición –“hace cien años, mi abuelo plantaba los primeros majuelos de tempranillo”– y por convicción, porque “su versatilidad es tal que son otros factores, como la edad del viñedo, el suelo o la exposición al sol, los que hacen diferente cada vino” con el mismo tipo de uva.
El caso es que, desde su privilegiado rincón en Pesquera de Duero –donde acomete en estos momentos una ambiciosa reforma de la bodega–, Emilio Moro vive su mejor momento, con presencia en 70 países, aunque con gran implantación nacional, donde vende dos de cada tres botellas. ¿El secreto? “Confiar en tu historia, en la profesionalidad, desde la humildad y el trabajo, pero con una garantía de calidad. Y, a partir de ahí, la calle, tienes que saber leer la calle”, insiste Javier Moro.