Keli o la reapertura del tiempo compartido

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Foto: Ed Reeve.

El Barrio Salamanca ha sido históricamente un lugar de tránsito eficiente. Se come bien, se bebe mejor, se llega puntual y se sale a tiempo. En ese contexto, la aparición de Keli introduce una anomalía deliberada. Aquí el plan no se acelera, en vez de eso, se queda.

Keli se presenta como restaurante de barrio, una etiqueta que en esta zona de Madrid había quedado diluida entre la especialización y el protocolo. Su planteamiento parte de una premisa sencilla y poco frecuente. El espacio está pensado para alargar la estancia, compartir platos y sostener la sobremesa sin rigideces horarias. No hay turnos cerrados ni una coreografía de consumo rápido. El tiempo se organiza de otro modo.

Foto: Ed Reeve.
Foto: Ed Reeve.

La propuesta se apoya en una cocina española reconocible, bien ejecutada y concebida para el centro de la mesa. Aperitivos clásicos, platos de memoria colectiva y una carta que rehúye el sobresalto técnico en favor de la regularidad. Pan y postres se elaboran en casa. Los precios acompañan una idea clara de recurrencia. Volver resulta posible.

El interiorismo refuerza esa lógica. El restaurante se distribuye como una casa madrileña en tres alturas, con estancias que se recorren sin prisa. Biblioteca, salón, cocina abierta, comedor, bodega y una sala de juegos en el nivel inferior articulan una experiencia fragmentada, donde el movimiento forma parte del uso. Cada espacio propone un ritmo distinto, sin jerarquías forzadas.

Foto: Ed Reeve.
Foto: Ed Reeve.
Foto: Ed Reeve.
Foto: Ed Reeve.

El proyecto de interiorismo, firmado por Rockwell Group en su primer trabajo gastronómico en España, apuesta por materiales cálidos, cerámicas artesanales, maderas y latón envejecido. El conjunto transmite una sensación de lugar vivido, preparado para el desgaste y el uso continuado. Hay memoria construida.

La sala de juegos, situada en la planta inferior, concentra la dimensión nocturna del proyecto. Música compartida, coctelería y una selección de vinilos activan un espacio pensado para quedarse cuando la casa ya ha tomado confianza. El tránsito del día a la noche se produce sin ruptura. Desayunos, comidas, copas y sobremesas largas conviven bajo una misma estructura.

Keli funciona desde la continuidad. Abre todos los días, vive muchas horas y propone una relación con el barrio basada en la repetición y el reconocimiento. En una zona acostumbrada a la eficacia, el restaurante introduce una idea menos productiva y más persistente. Comer, beber y permanecer como actos culturales cotidianos.

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