
FERNANDO SCHWARTZ
ILUSTRACIÓN: JACOBO PÉREZ-ENCISO
Allá, en medio de Francia, se empezaron a librar las grandes batallas que harían del país un país. Del siglo X en adelante, en el curso del río Loire, desde Nantes hasta Orléans, se construyeron castillos de defensa que sustentarían implacables peleas, primero entre las casas de Anjou y Blois. Y después, acabadas aquellas, en la Guerra de los Cien Años, que en realidad duró 116. A lo largo de ese siglo hubo reyes y reinas para todos los gustos, ingleses y franceses, leyes sálicas y herederos muertos al par de meses de vida, decapitados y traidores, ricos y pobres. Hubo una devastadora peste negra y hasta hubo una iluminada, Juana de Arco, a la que hubo que quemar en la hoguera porque estaba estropeando los manejos políticos de dinastías e Iglesia. En las películas de Hollywood, siempre salía una Juana guapísima y bien peinada, ardiendo en la pira, y un cardenal gordo y lascivo que firmaba la condena.
Los siglos siguientes se hicieron más civilizados: los reyes de Francia reconstruyeron los castillos, quitándoles la connotación militar y decorando salones y jardines. Detrás de los reyes vinieron los nobles y la alta burguesía y los arquitectos y decoradores del buen gusto de la Italia renacentista. Hasta Leonardo llegó a la Loire para proyectar la escalera a doble hélice del castillo de Chambord: usted sube y su acompañante baja sin dejar de verse y sin entrar en contacto.
En el recuento final, hay un centenar de castillos construidos en las orillas del río. Visitarlos todos requeriría que el turista se trasladara a la región por un par de años, con la intención de desmenuzar las pacíficas bellezas del lugar. A veces basta una historieta dibujada: un elevado porcentaje de lectores de Gentleman empezó a divertirse durante su adolescencia con la lectura entusiasta de historietas que aún hoy todos recordamos con añoranza. Estaban particularmente bien dibujadas y primorosamente encuadernadas, incluso mejor presentadas que lo que se hacía en España con nuestros TBOs (con muchos menos medios, desde luego).
De toda la gente que aparecía en sus páginas destaca un grupo extraordinario de personajes que respondían a la etiqueta global de Tintin et Milou. Nos tenían completamente seducidos (como más adelante ocurriría con Astérix y su banda de locos o con Mortadelo y Filemón y la suya). Allí aparecían no solo Tintin, el intrépido reportero belga, y su perro Milou, un foxterrier blanco aficionado al alcohol, el científico distraído Tournesol, los detectives gemelos Dupont y Dupond, el capitán Haddocq, ese sí aficionado al whisky, y la extraordinaria soprano madame Castafiore. Y sus joyas. Y su indicativo sonoro ah, que je ris de me voir si belle dans le miroir (“cómo me río de verme tan hermosa en el espejo”).
El nexo que los unía a todos era el castillo de Moulinsart, propiedad por carambola del capitán Haddocq, en el que oficiaba un mayordomo llamado Néstor (ustedes lo recordarán), que procuraba limitar el consumo alcohólico de nuestro héroe de la marina comercial sin demasiado éxito. En realidad, no se trataba del castillo de Moulinsart (colocado por el autor en algún lugar de Bélgica), sino de una versión reducida del de Cheverny, uno de los doce más importantes reconstruidos en las orillas del río Loira en los siglos XVI y XVII.
Toda mi vida he envidiado lugares de Francia puestos al sol, amables o solemnes, terriblemente civilizados o guerreros, cultos o llenos de vides, orgullosos o llenos de historia, flotando sobre ríos interminables o a la sombra de imponentes montañas. Así, he recorrido el Loira de atrás adelante y he visitado algunas de sus más bellas residencias nobles. Se las recomiendo con calor: Chambord (queridos, el más grande, construido por Francisco I como pabellón de caza), Amboise, Blois, Chenonceau, Cheverny, Chinon, Vilandry, Sully…
Hay lugares maravillosos en los que hospedarse. Por ejemplo, en Blois y directamente a la vista del río, no puedo ni quiero recomendarlo, se encuentra la Fleur de Loire a distancia de paseo de al menos un restaurante con sendas estrellas Michelin, además del propio del hotel. Su bolsillo quedará mermado pero su estómago lo agradecerá. Busque también la Auberge des Templiers en Boismorand. Haga lo propio en Orléans y en Tours. Es la civilidad de Francia. Hay también, civilidad de Italia, civilidad de la campiña inglesa, civilidad de España, alguna en Holanda. Es lo que tiene Europa, cuya lenta historia de siglos, destilada por refinamiento paciente, nos ha construido como ciudadanos.