Abrir paso al futuro

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Fotografía: Pierre Cardin and models wearing ensembles from his summer 1985 ready-to-wear collection pose in Paris. (Alexis Duclos/AP)

Pierre Cardin nació en Italia en 1922 y se formó entre la disciplina del oficio y la intuición creativa que marcaría toda su carrera. Muy joven se trasladó a Francia, donde entró en contacto con la alta costura desde dentro, aprendiendo las reglas antes de decidir romperlas. Ese origen híbrido —entre técnica y curiosidad— sería clave para entender una obra que nunca se conformó con lo establecido. Desde sus primeros años, Cardin mostró una fascinación por el futuro más que por el pasado. Mientras otros diseñadores miraban a la tradición como punto de partida, él prefería observar el mundo que venía: la carrera espacial, la tecnología, la ciencia ficción. No le interesaba vestir una época concreta, más bien anticipaba escenarios posibles y les daba forma a través de la moda.

Fotografía: Getty Images

Su trayectoria en la industria se caracterizó por asumir riesgos que, para su tiempo, resultaban desconcertantes. Cardin no buscaba agradar de inmediato, proponía preguntas visuales. Siluetas geométricas, volúmenes inesperados y cortes radicales comenzaron a aparecer en sus colecciones cuando la moda aún respondía a cánones muy definidos. Vestir, en su universo, era un acto de exploración. El futurismo se convirtió en una constante reconocible. Sus diseños parecían salidos de películas de ciencia ficción o de ilustraciones animadas: prendas que desafiaban la lógica cotidiana y trasladaban al cuerpo humano a un terreno casi abstracto. Cardin entendió que la moda podía funcionar como un puente entre la imaginación y la realidad, incluso cuando esa realidad todavía no existía.

Fotografía: Getty Images

Las telas fueron uno de sus principales campos de experimentación. Materiales plastificados, superficies brillantes y texturas espumosas aparecieron cuando el lujo aún se asociaba a lo tradicional. Vestidos rígidos, estructuras casi arquitectónicas y prendas que parecían moldeadas más que cosidas redefinieron la relación entre cuerpo y ropa.

Algunos de sus diseños más icónicos incorporaban elementos que rompían con cualquier expectativa: sombreros con burbujas transparentes, vestidos con aberturas circulares, trajes que jugaban con el vacío tanto como con el volumen. Estos gestos no eran provocaciones gratuitas, respondían a una visión donde el cuerpo se convertía en soporte de ideas.

El color también fue una herramienta clave. Cardin mezcló tonos vibrantes sin miedo: naranja con morado, azul con rojo, verde con rosa o negro con amarillo, combinaciones que parecían imposibles en un contexto dominado por la sobriedad. Estas elecciones cromáticas reforzaban la sensación de estar frente a un vestuario pensado para otro tiempo, para otro mundo.

Los gráficos y estampados ampliaron aún más ese imaginario. Motivos geométricos, líneas repetitivas y formas abstractas recorrían sus prendas como códigos visuales. No decoraban, construían identidad. Cada colección parecía hablar un idioma propio, reconocible desde lejos, incluso antes de distinguir las siluetas.

Fotografía: Getty Images

El aspecto visual de la marca acompañó siempre esta narrativa. Las campañas mostraban modelos posando de manera rígida o casi mecánica, como figuras de un futuro estilizado. En los desfiles, el maquillaje acentuaba esa idea: ojos marcados, pieles pulidas, peinados que eliminaban cualquier rastro de naturalismo. Todo estaba pensado como un conjunto coherente. Pierre Cardin entendió la moda como un ejercicio de imaginación aplicada. Su futurismo era una manera creativa de abrir paso al futuro y crear un camino propio. Al llevar al presente formas, colores y texturas que parecían imposibles, amplió los límites de lo que la ropa podía ser. Más que vestir cuerpos, diseñó escenarios, y con ello dejó una huella que sigue influyendo en cómo se piensa la moda como expresión visual y cultural.

Fotografía: Getty Images
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