John Pawson, habitar el vacío

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La remodelación de la casa abrió la parte trasera en la primera planta y añadió una pared de cristal en el sótano que funde la encimera con el jardín.

RUBÍN DE CELIS

FOTOGRAFÍA: MARK ANTHONY FOX

Dicen que el carácter de la gente de Yorkshire, en el norte de Inglaterra –tanto que un poco más y se está, de repente, en Escocia–, es el de su té: intenso, franco, potente, inconfundible. Y es cierto que, como sus paisanos, John Pawson (Halifax, Gran Bretaña, 1949) habla sin rodeos; aplica a su visión arquitectónica la perífrasis down-to-earth (aquí diríamos ‘con los pies en la tierra’), que tan bien les define; y ha hecho de esa frugalidad que vale a los yorkshiremen fama semejante a la de sus vecinos caledonios un sello personal. A lo largo de una agradable conversación –frente a una taza de té, por supuesto– expresa el proverbial orgullo regional de quienes consideran su tierra God’s own country (‘la propia tierra de Dios’ en una traducción libre a la altura del ditirambo) refiriéndose al histórico condado cerca de una docena de veces.

John Pawson, fotografiado en su casa de Londres, construida en un edificio antiguo con fachada de estuco protegida por la normativa urbanística.

Devota metodista, su madre quiso para él la vida entregada sin reservas del misionero; su padre, gentleman sibarita y pragmático industrial, que contribuyera con no menor entrega a una saga textil de la que debía ser la cuarta generación al frente. Cumpliría con ambos, a su manera. Seis años de trabajo, entre Halifax y Newcastle, le dio a la compañía familiar, especializada en confección femenina. Mientras que, en Japón, decidido a ingresar como monje en Eihei-ji, un templo zen de las bellísimas montañas de Fukui, pasó una sola noche a modo de novicio. Otra vocación, de lenta sedimentación, se había formado en él: “De adolescente había descubierto a Mies van der Rohe y, después, la revista Domus; y en Japón cayó en mis manos un libro sobre Shirō Kuramata y su obra. Nunca imaginé acabar convirtiéndome en arquitecto. Era algo que me interesaba, sí, pero hasta que conocí a Kuramata no comprendí que era lo que quería hacer”.

Llegados a este trascendental punto, surge, como en tantas otras ocasiones, una cuestión de fondo en la que debemos detenernos, por mucho que no pueda ser sino brevemente: ¿!ué hace de un perfil periodístico como el que se empeñan en dibujar estas líneas un texto significativo y disfrutable? El personaje, desde luego, debe resultar vívidamente reconocible, pero ¿y los lectores no iniciados? ¿Debemos ofrecerles hechos y logros, análisis y conclusiones vistiendo una sólida estructura? ¿Revelar, ya sea en filigrana, su personalidad, como la figura de la alfombra? ¿Iluminar las zonas de sombra que toda vida y obra que merezcan la pena tienen? ¿Exponer sus contradicciones? ¿En qué medidas deben combinarse en él habilidad, rigor, agudeza, profundidad y concisión? ¿Y cuánta literatura es aceptable?

Por desgracia, no hay reglas de oro ni fórmulas que funcionen. Y, en el caso de Pawson, además, el centro mismo del retrato debe ocuparlo ¡una idea metafísica! Planteada en forma de paradoja –menos es más–, sin duda la manera más efectiva y deslumbrante de expresar la complejidad de la realidad –dada la obstinada insistencia de las verdades profundas en escapar a la lógica–, pero, con todo, una grieta en el pensamiento. Un desafío.

Para empezar por el principio, es necesario aclarar que Pawson no es, como a menudo se dice de él, ‘un arquitecto minimalista’. Es mucho más que eso, pues lo más poderoso de su concepción está en que supera la arquitectura para convertirse en toda una filosofía de vida. Y, así, su propuesta no queda contenida en sus edificios, sino que los desborda, extendiéndose a todos los ámbitos de nuestra actividad cotidiana. Él mismo ha explicado en numerosas ocasiones que “no se trata de vivir sin nada, sino de no tener más de lo necesario”. Por primera vez regresamos mentalmente a Yorkshire para sumar al fervoroso rechazo materno de toda ostentación el descubrimiento de un placer insólito en viajar ligero de equipaje camino del internado en el que estudió, y de vuelta a casa.

Con el tiempo y la experiencia, ese binomio acabaría convertido en ecuación al sumar términos como la espartana racionalidad de Mies; el concepto japonés del espacio vacío (Ma), que subraya el valor de las cosas cuando dejan de competir entre sí; o la trascendencia del diseño, aprendida del sensei Kuramata con una inesperada colleja. Él la ha planteado de la siguiente manera: “Creo que a la arquitectura y al diseño se les pueden aplicar las mismas reglas que uno ha marcado para to de un placer insólito en viajar ligero de equipaje camino del internado en el que estudió, y de vuelta a casa.

Con el tiempo y la experiencia, ese binomio acabaría convertido en ecuación al sumar términos como la espartana racionalidad de Mies; el concepto japonés del espacio vacío (Ma), que subraya el valor de las cosas cuando dejan de competir entre sí; o la trascendencia del diseño, aprendida del sensei Kuramata con una inesperada colleja. Él la ha planteado de la siguiente manera: “Creo que a la arquitectura y al diseño se les pueden aplicar las mismas reglas que uno ha marcado para su vida personal. Se trata de centrarse en lo esencial y desechar todo lo accesorio. Es una especie de ‘equilibrio mínimo’: no hay nada imprescindible a lo que no hayas atendido y tampoco se le puede quitar nada sin perjudicar el resultado”.

Silencio y reflexión frente a tanto ruido

Y, así, en su universo creativo no hay lugar para gestos gratuitos –y egocéntricos, por tanto– ni ornamento alguno que distraiga la atención: todo, del contenedor al objeto, tiene su razón para existir. Frente al ruido visual –y ético– del mundo contemporáneo, Pawson propone silencio y reflexión; frente a su superficialidad, trascendencia; economía del deseo en lugar de consumo compulsivo; y un ánimo contemplativo como antídoto a la frustración de la cultura de la inmediatez. Sus espacios pueden parecer vacíos para el ojo profano, pero jamás lo están. En ellos, una pared impolutamente blanca adquiere dimensión, profundidad, gracias al impacto de la luz sobre ella, una ventana encuadra el paisaje como si se tratase de la pintura que no está y las vetas de la madera de una solitaria butaca establecen un diálogo fraterno con sus hermanas de una superficie de piedra. La ausencia se torna pura materialidad para cargar de intensas emociones el juego con masas, volúmenes y proporciones. Y lo mismo sucede, cambiando de escala, cuando diseña una silla, una mesa de comedor, una lámpara, una bandeja o un jarrón.

Pawson en la cocina de su vivienda.

Tan reconocible como amplia, su obra exige una categoría propia. De la mítica flagship store de Calvin Klein en Madison Avenue que hizo despegar su carrera a comienzos de los 90, al monasterio de Nuestra Señora de Nový Dvůr, en la República Checa, según él mismo el proyecto de su vida; del Museo del Diseño de Londres a la Feuerle Collection en Berlín, donde nos conocimos; de las villas en St. Tropez, Paros, Mallorca e Ibiza o Luzón a sus propias casas-manifiesto en Notting Hill y los Cotswolds; y, por supuesto, en sus hoteles, en todas hay placer, belleza, comodidad y sentido en su idea de la vida mínima. También en su colección de muebles para la editora danesa Dinesen o la familia Draft, producida por Herman Miller; en sus exquisitos textiles para Tekla, Oyuna o nuestra Teixidors, que traen de vuelta recuerdos familiares; las lámparas para WonderGlass y Wästberg, algunas de las cuales iluminan su estudio londinense; y hasta las tazas de nuestro té de Yorkshire.

En la parte superior de la casa, una abertura acristalada permite que la luz natural ilumine la nueva escalera de triple altura.

Mención aparte merecen sus numerosos libros —de arquitectura y diseño, fotografía o gastronomía–, la aparición del último de los cuales, John Pawson: The Minimal Home (Phaidon), motiva este perfil. Escrito por su buen amigo Deyan Sudjic, arquitecto, exdirector del Museo del Diseño de Londres, curador y divulgador experto en ambas disciplinas, el dúo ha organizado el volumen en seis capítulos que reflexionan sobre los patrones de uso del hogar moderno –vivir, cocinar, comer, lavarse, dormir y trabajar– de acuerdo con el credo pawsoniano. También desde su experiencia, pues, además de documentar un buen número de proyectos propios, incluye valiosas evocaciones de una visita a la Casa Farnsworth –Mies van der Rohe de nuevo–, el tiempo compartido con el artista Donald Judd en su refugio de Marfa (Texas), los rituales en los baños termales de Japón, un retiro en la abadía cisterciense de Le Thoronet, en la Provenza, o la casa familiar en Halifax, germen de su concepción del hogar.

Cuatro décadas y media de pensamiento y práctica esencialistas que han sobrevivido a los caprichos de modas y tendencias. ¿Por qué? Porque lo que John Pawson propone no tiene nada que ver con la pesadilla de habitar una estética, y sí con la dicha de aprender a distinguir lo trascendente de lo superfluo.

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