
CARLOS MARAÑÓN
FOTOGRAFÍA: ADAM FUSSELL
No hay casi espacio para ser profeta en tu tierra si has nacido en Montecarlo. Venir al mundo en este enclave del norte del Mediterráneo marca. Aun así, el joven Leclerc consiguió hacer historia como ciudadano de ese Principado de cuento de hadas. Niño bien venido a más con nombre caballeresco, Charles Marc Hervé Perceval Leclerc tocó el cielo el 26 de mayo de 2024 al ganar el mítico Le Grand Prix de Montecarlo, la carrera que se disputa en el legendario circuito urbano de la capital de Mónaco, su casa, y convertirse así en el primer piloto monegasco en hacerlo. Entró por delante de Ocón y de su entonces compañero de equipo en Ferrari, el español Carlos Sainz, y coronó una jornada perfecta en una accidentadísima carrera en el gran premio más representativo del automovilismo. Hogar, dulce hogar.
Dos años antes, Leclerc ya había sido la gran revelación del mundo del motor al clasificarse segundo en el Campeonato del Mundo de pilotos de F1, solo por detrás de un invencible Max Verstappen, que ganó 15 de las 22 carreras del año. Con tres victorias en Bahréin, Australia y Austria –dos de ellas en las tres primeras carreras–, Leclerc alcanzó los 308 puntos con 25 años, y un subcampeonato que es hasta el momento su mejor marca.
Hoy, a sus 28 años, Leclerc es el segundo piloto que más carreras, 160, ha disputado con Ferrari en la Fórmula 1, solo por detrás del mítico Michael Schumacher (180), aunque su ratio de victorias es mucho menor. El alemán ganó 72 grandes premios mientras que Leclerc lleva nueve victorias y está a seis del segundo piloto con más triunfos del equipo rojo italiano, que fue Niki Lauda con 15 carreras ganadas. Sí es el segundo mejor piloto de Ferrari en cuanto a poles logradas (27) y también en podios (55), con datos hasta agosto de 2026 que va a seguir mejorando este año. Y lo que le queda, porque tiene contrato, renovado este mismo verano, al menos hasta la temporada de 2029.
Hijo de un piloto frustrado de Fórmula 1, Hervé Leclerc, que se tuvo que conformar con la F3 sin salir de Francia y que, fallecido en 2017, no pudo ver a su hijo debutar en lo más alto, dicen que el pequeño Charles mintió a su padre en el lecho de muerte diciéndole que había firmado ya por Sauber para ser piloto de pruebas en la F1, algo que acabó sucediendo unos meses después. De probador a profesional hay un trecho que no todos recorren, pero pronto le llegó su momento: 2018 supuso su debut en la máxima competición del automovilismo mundial.
Debutó en Melbourne en marzo, y la cosa cuajó. Cinco llegadas en los puntos en su primer curso, con el sueco Marcus Ericsson como compañero, y una impresión de conducción audaz pero serena, le auparon a fichar por Ferrari, el sueño de cualquier piloto. Y más, pensando en devolver a la gloria a la vieja escudería, que lleva sin ganar el título mundial de pilotos desde 2007 con Kimi Räikkönen, uno de los ídolos de Leclerc y quien le quitó la idea de lucir su número favorito, el 7: como ese número se identificaba con el finlandés, Leclerc escogió el 16, cuyas cifras sumadas llevan a su guarismo fetiche.
Compañero de Sebastian Vettel en sus dos primeras temporadas en el conjunto rosso, demostró desde el primer año su categoría. En el circuito belga de Spa-Francorchamps, otro escenario icónico, ganó su primera carrera en la F1. Entre 2021 y 2024, compartió equipo con nuestro Carlos Sainz en Ferrari. Fue una competencia noble, ambos se llevaban bien fuera del asfalto, pero en cuatro temporadas juntos también hubo momentos de tensión, sobre todo cuando las preferencias de los directores de la escudería parecían favorecer al monegasco. “Hay momentos, con el casco puesto, en los que le he odiado y él me ha odiado a mí, porque no hemos visto las cosas de la misma forma”, llegó a decir Leclerc, pero su relación personal nunca dejó de ser buena.
En la fotografía de portada: Con chaqueta FERRARI Barracuda y reloj de RICHARD MILLE.
Cubriendo metas
Después, ha continuado en el equipo del cavallino rampante en la dupla con Lewis Hamilton. En su novena temporada como piloto titular en Fórmula 1, tras su victoria el pasado julio en el circuito británico de Silverstone (la novena de su carrera), espera cumplir su sueño de alcanzar las diez victorias este mismo curso y de reverdecer los laureles de Ferrari.
El trono mundial es una obsesión que sigue dependiendo más de los avances tecnológicos de la propia escudería que de los pilotos; no en vano, los mejores han pasado por Ferrari (de Fernando Alonso a Hamilton o Vettel) siempre con polémicas. Leclerc parece darle al equipo una estabilidad necesaria para afrontar nuevos retos. Y el joven monegasco lo hace con una mezcla de talento, velocidad y personalidad en la parrilla.
Más allá de la fría estadística, de las poles y de las victorias, Charles Leclerc ha construido una reputación de piloto noble, respetuoso y elegante dentro y fuera de la pista. Reservado en lo personal, poco dado a los excesos en los medios y siempre correcto ante los micros, Leclerc proyecta una imagen alejada del estereotipo de estrella caprichosa. Casado desde febrero con la joven influencer y estudiante de arte francesa Alexandra Saint Mleux, destaca en él su buena educación tradicional de familia de alta alcurnia y una serenidad poco común en un deportista sometido a tanta presión desde muy joven.
Al volante, sin embargo, esa aparente calma deja paso al instinto. Es, sin duda, unos de los pilotos más rápidos de su generación, especialmente en clasificación, aunque tiene que mejorar esa ratio de triunfos respecto a las poles que consigue. Agresivo cuando es necesario, pero casi siempre limpio en sus maniobras, necesita seguir ganando poso en carrera, donde suele perder la ventaja de la velocidad pura. Admirado por los tifosi ferraristas, respetado por la afición digamos neutral y convertido ya en uno de los rostros más reconocibles de la Fórmula 1, el profeta de Montecarlo busca romper el maleficio de Ferrari y seguir haciendo historia en los circuitos.
