Diego Velázquez y el poder de la mirada

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Autorretrato de Diego Velázquez Fotografía: Getty Images

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nació en Sevilla en 1599, en una España marcada por el peso del imperio y la rigidez de las jerarquías sociales. Desde muy joven mostró una habilidad poco común para observar la realidad sin adornos, una cualidad que pronto lo distinguiría de otros pintores de su época. Su formación en el taller de Francisco Pacheco no solo le dio técnica, también lo acercó a los círculos intelectuales que marcarían su manera de entender la pintura como pensamiento visual.

Su llegada a la corte de Felipe IV en Madrid cambió el rumbo de su carrera y, en muchos sentidos, de la pintura occidental. Velázquez no fue únicamente un retratista oficial; fue un testigo privilegiado del poder. Pintó reyes, nobles y bufones con la misma atención, sin idealizar en exceso ni esconder la fragilidad humana detrás del cargo. En sus retratos, el estatus está presente, pero nunca es lo único que importa.

La dama del abanico, 1638-1639 Fotografía: Wikimedia

Lo que distingue a Velázquez, además de lo que pinta, es su manera de mirar. Su obra está atravesada por una tensión constante entre quien observa y quien es observado. En cuadros como Las Meninas o Venus Rokeby, el espectador deja de ser pasivo y se convierte en parte de la escena. La mirada circula, se cruza, se cuestiona. Velázquez parece preguntar quién tiene realmente el control: el pintor, el modelo o quien contempla la obra.

Venus del espejo, 1647 Fotografía: Getty Images
Las meninas, 1656 Fotografía: Wikimedia Commons

Esa capacidad de construir espacios psicológicos a través de la mirada es una de sus mayores aportaciones. Velázquez no necesitaba dramatismo explícito; le bastaba una postura, un gesto contenido, una sombra bien colocada, lo que logra que sus personajes no actúen, existan. Y en esa existencia silenciosa se revela una verdad más compleja que cualquier relato heroico.

También hay en su obra una modernidad sorprendente. Su pincelada suelta, casi inacabada en ciertos puntos, rompe con la obsesión por el detalle perfecto y anticipa formas de pintar que no se consolidarían hasta siglos después. Velázquez entendió que la pintura no tenía que explicarlo todo, que el ojo del espectador podía —y debía— completar la imagen.

Cristo en casa de Marta y María, 1618 Fotografía: Wikimedia

Por eso Velázquez sigue siendo relevante hoy. Como figura histórica y como referente de una forma de mirar el mundo con lucidez y sin concesiones. Su pintura plantea preguntas y  ahí reside el verdadero poder de su perspectiva: obligarnos a mirar de vuelta.

Retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares, 1634 Fotografía: Wikimedia
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