El garaje de las cinco vidas

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RAMIRO MANSANET

ILUSTRACIÓN: FERNANDO VICENTE

En mi cabeza este reportaje ha estado presente desde que tengo uso de razón. Y se actualiza cada 6 o 7 meses. Solo son cuatro y una moto, y por eso hay que elegir bien. Tendría tantos como pares de zapatos, pero no puede ser. Para el día a día elegiría un CUPRA Raval. Compacto, eléctrico, joven, divertido y con ese punto de rebeldía mediterránea que impide que la practicidad se convierta en aburrimiento. Nunca he entendido esos coches diminutos en los que uno entra con dignidad y sale con la camisa convertida en una pasa. El Raval ofrece la medida justa entre discreción y carácter. Su versión más potente alcanza 226 CV, acelera de 0 a 100 km/h en 6,8 segundos y puede recorrer hasta 446 kilómetros sin recargar. Cifras de pequeño deportivo con autonomía suficiente para que la ciudad no sea una búsqueda de enchufes. Como alternativa, el Hyundai IONIQ 3 N Line aporta un enfoque más sereno y tecnológico, con una carrocería musculosa, un habitáculo concebido como una interfaz que funciona con la lógica intuitiva de un móvil. Me apasiona la tecnología.

El deportivo, más allá de la razón. Ferrari y Lamborghini son pasiones comprensibles. Porsche es casi una religión. Sin embargo, reservaría el lugar principal de mi garaje para el Audi Nuvolari. La fascinación de lo nuevo y la arrogancia de quien llega a la fiesta convencido de ser el mejor. Su mecánica explica el hechizo. Combina un V8 biturbo de cuatro litros y 800 CV, capaz de girar a 10.000 revoluciones, on tres motores eléctricos de flujo axial. ¿El resultado? 1.001 CV, la tracción quattro y unas prestaciones de auténtico Fórmula 1: acelera de 0 a 100 km/h en 2,6 segundos, alcanza los 200 en 6,8 y supera los 350 km/h. No es un monoplaza, pero es matriculable. Una demostración de cómo la competición puede abandonar el circuito.

Viajar a cielo abierto. Necesito un descapotable. Por prescripción médica, seguro. No es para correr, es para gozar una forma de viajar en la que el paisaje entra en el coche y el tiempo deja de medirse. El MG Cyberster es tentador, eléctrico, compacto, atrevido, chino de nacimiento, aunque conserva ese elegante sabor británico que convierte la contradicción en parte de su encanto. Pero elegiría algo más grande, como el Lexus LC 500 Convertible. Calidad nipona, artesanía del automóvil y bajo su capó una rareza preciosa, un V8 atmosférico de cinco litros. Acelera de 0 a 100 km/h en cinco segundos y alcanza 270 km/h. Al mismo nivel, quizás más incluso, me atrae el Mercedes-AMG SL, y más si es el SL 63 S E PERFORMANCE, un roadster salvaje tanto por su diseño como por el V8 biturbo híbrido enchufable con 816 CV, que cuestionaría en mi garaje al mismísimo Nuvolari. Menudo problema.

El lujo de ensuciarse. Adoro los genuinos 4×4 grandes y el campo de verdad, no ese decorado al que algunos SUV llaman aventura. Un todoterreno debe meterse en el barro, subir la gran duna y continuar avanzando cuando el navegador no sabe ni dónde esta. Mi elección es el Toyota Land Cruiser 250. Y no es por su motor diésel de 2,8 litros y 205 CV ni los 500 Nm de par. Tampoco por el cambio automático de ocho velocidades o la tracción total permanente y sus bloqueos de diferencial. No lo elijo para presumir frente a un hotel, sino para salir de lugares a los que quizá nunca debería haber llegado. Un Rolls-Royce Cullinan puede fotografiarse en el campo, pero un Land Cruiser puede perderse en él y regresar semanas después con historias que contar.

Dos ruedas, otra forma de elegancia. Y luego está la moto. En mi garaje tendría una Harley-Davidson CVO Street Glide, casi dos litros de cilindrada para 115 CV envueltos en cromo, cuero y una presencia capaz de convertir cada llegada en una ceremonia. No me impresiona la gran pantalla digital ni el equipo de sonido, lo hace más bien su poderosa imagen y su forma de caminar. Y de su lado nunca apartaría una Honda Africa Twin o una BMW R 1300 GS Adventure con sus 145 CV, porque cuando termina el asfalto comienza la aventura. La Harley, definitivamente, no se elige por lógica, se elige porque hay días en los que el viaje comienza antes de arrancar y porque, en el garaje perfecto, siempre queda hueco libre para seguir soñando.

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