Ricardo Balbontín
Desde que Henri D’Origny dibujara el Arceau en 1978, la colección ha demostrado su capacidad para afrontar nuevas formas de expresión sin perder identidad. Su caja redonda y esas inconfundibles asas asimétricas inspiradas en los estribos se han convertido en un marco privilegiado para que Hermès dialogue con el color, la materia y los métiers d’art.
El nuevo Arceau Cheval Natté profundiza precisamente en esa idea. Su punto de partida es un diseño creado originalmente por Tong Ren para el universo de la decoración interior de la casa: una cabeza de caballo construida a partir de líneas geométricas que se cruzan y superponen. Pero es al trasladar esa imagen a una superficie de apenas unos centímetros cuando comienza la verdadera historia del reloj. La seda, uno de los materiales más reconocibles del universo Hermès, abandona aquí el carré para instalarse en la esfera.
Cerca de 400 hilos de seda se colocan individualmente para construir la silueta del caballo. Un trabajo minucioso en el que cada hilo interviene no solo en el dibujo, sino también en la percepción del volumen, la textura y la luz. Dependiendo de la dirección de los hilos y del ángulo desde el que se contempla el reloj, aparecen variaciones de brillo y pequeños matices cromáticos que transforman la imagen. Y eso es precisamente lo que hace tan atractivo al Cheval Natté. El motivo ecuestre está presente, pero no de una manera literal. Se descompone en líneas, colores y materiales hasta adquirir un lenguaje más gráfico.
Hermès propone dos interpretaciones. La primera mantiene la viveza cromática del dibujo original, combinando azules, rojos, verdes, naranjas y marrones; en la segunda, opta por una atmósfera más contenida, dominada por negros, rojos y tonalidades castañas. Eso sí, en ambas la seda dialoga con otro material más luminoso: el diamante. Cada una de ellas está limitada a 24 piezas.
La esfera incorpora 123 diamantes (0,44 quilates), integrados en la propia construcción gráfica del caballo. El contraste entre el resplandor de las piedras y la textura cambiante de la seda multiplica la sensación de profundidad. La reconocible caja Arceau, realizada en oro rosa y con 38 mm de diámetro, donde el bisel aparece engastado con otros 70 diamantes (0,80 quilates), mientras que un diamante adicional (0,07 quilates) decora la corona. El engaste es parte del lenguaje de la esfera y acompaña la riqueza visual de la seda sin restarle protagonismo.
En el interior se halla el calibre Hermès H1912, un movimiento automático de manufactura de 23,9 mm de diámetro y apenas 3,9 mm de grosor. Oscila a 28.800 alt/h y ofrece alrededor de 50 horas de reserva de marcha. Sus funciones se limitan deliberadamente a horas y minutos. Eso sí, el movimiento puede contemplarse desde el fondo de la caja.
El Arceau Cheval Natté explica bien la manera en la que Hermès entiende los métiers d’art. No se trata únicamente de dominar técnicas tradicionales como el esmalte, el grabado o la marquetería. La casa busca también llevar hasta la relojería materiales y savoir-faire pertenecientes a otros territorios de su historia. Y pocas materias están tan íntimamente asociadas con Hermès como la seda.
