Como magnate y multimillonario, Howard Hughes (1905–1976) fue muy magnate y muy multimillonario. Con el mismo carácter superlativo puede hablarse de otras actividades que emprendió: empresario, inversionista, ingeniero autodidacta, aviador, productor y director de cine. En todas, la desmesura no fue una carencia.
Huérfano y heredero, a los 18 años se hizo cargo de una exitosa empresa paterna nacida en la fiebre del oro negro de su estado natal, Texas. Su brújula pronto apuntó a Hollywood. Allí produjo y también dirigió películas, alguna memorable por los costos descomunales que implicó, como Los ángeles del infierno (1930); otra, El forajido (1943), célebre por el protagónico demasiado erótico para la época de la despampanante Jane Rusell.
Antes de cumplir los 30, no solo ya había fundado una empresa aeronáutica –en la que, sin título universitario alguno, descolló como diseñador de las naves aéreas–, sino que además obtuvo varios récords como piloto. A esos logros debe sumarse el de ser el primer milmillonario de la historia. Si, tras alquilar un piso de un hotel de Las Vegas, le pedían que dejara plazas libres a clientes que venían a jugar, lo zanjaba comprando el hotel. Si quería ver sus películas favoritas a capricho, compraba un canal de televisión.
Katharine Hepburn, Bette Davis, Olivia de Havilland, Ginger Rogers y Ava Gardner están entre sus más famosos amoríos. Murió solo, fóbico a los gérmenes, en una situación física lamentable, posiblemente consecuencia de un estado mental alterado por los opiáceos que consumía para paliar las dolorosas secuelas de los varios accidentes de avión que sufrió. “La pasión te volverá loco, pero ¿hay otra manera de vivir?”, dicen que dijo alguna vez.
