La invencible atracción por pilotar

Paul Neman Daytona by Al Satterwhite Banner
Que Paul Newman fue un excelente actor es de sobra conocido; que además fue un gran piloto de carreras –una segunda vocación surgida desde los años 70– lo refrendan un segundo puesto en las 24 Horas de Le Mans, en 1979, y la victoria en las de Daytona, en 1995, el año de su 70 cumpleaños. Compitió hasta el año anterior a su fallecimiento en 2008, probando que fue un verdadero piloto profesional y no solo un amateur. La imagen fue tomada durante una carrera en Sebring, Florida, en 1977.

Rubín de Celis

“Las carreras no se ganan en la primera curva: muchas veces se pierden en ella”. Estas palabras no salen de la arenga motivadora de un coach, sino que las pronunció –con un inconfundible dejo argentino– Juan Manuel Fangio, campeón de cinco títulos mundiales de automovilismo al volante de Mercedes, Maserati, Alfa Romeo y Ferrari; la aristocracia de los coches de carreras. Y su auténtica sabiduría reside en que, descontextualizadas del mundo de las cuatro ruedas, la certeza de su mensaje sigue intacta.

Una imagen (bajo estas líneas) del rodaje de la película Las 24 horas de Le Mans (1971), en la que un piloto americano regresaba a Francia para participar en la mítica carrera de resistencia. Steve McQueen, auténtico apasionado de los coches y piloto consumado, daba vida al conductor con una verosimilitud absoluta, pese a que, en la vida real, los estudios de Hollywood le prohibieron participar en la edición de 1970. Ese mismo año, en cambio, ganó las 12 Horas de Sebring, demostrando su habilidad al volante de un coche de carreras.

A lo largo de estas líneas vamos a recorrer pistas y circuitos, carreteras y tramos no asfaltados, escuchando el rugido de los motores de algunas celebrities enamoradas de los coches. Agárrense, nos lanzamos a toda velocidad y vienen curvas.

En cualquiera de sus modalidades, ya sea por tipo de vehículo —monoplaza, turismo, coche clásico…— o por el estilo de competición —en circuito de asfalto, rally, etc.—, el automovilismo resulta el compendio de una serie de mitologías modernas: de la exaltación de la máquina, la velocidad y la potencia a las nociones de libertad, aventura y peligro. Una poética a la que ya fueron sensibles los jóvenes adalides del futurismo: “Afirmamos —señala su manifiesto, de 1909— que el esplendor del mundo se ha enriquecido de una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un coche de carreras, con su capó adornado de gruesos tubos como serpientes de aliento explosivo… un automóvil rugiente, que parece correr sobre metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”.

No fue la suya la única generación de jóvenes seducida por el rugido del motor. El icónico James Dean, símbolo eterno de la rebeldía y el hastío adolescentes, fallecido en un accidente al volante de su Porsche Spyder 500 plateado, camino de una carrera de automóviles en Salinas, cerca de San Francisco, o Roger Nimier, escritor y periodista francés, víctima, junto a la también escritora Sunsiaré de Larcône, de un choque con su Aston Martin DB4 en la A13 francesa siete años más tarde, en 1962, les siguieron. Sus leyendas, en vez de hacerse añicos, se agrandaron desde el impacto mismo de sus deportivos.

Pero historias más felices adornan la crónica sentimental de ese amor por coches y carreras. Una relación especialmente fecunda entre las estrellas de Hollywood. De hecho, Kirk Douglas, Paul Newman, Elvis Presley, Steve McQueen, James Caan, Tom Cruise o Brad Pitt, todos ellos grandes aficionados, dieron vida a pilotos en la gran pantalla.

En cierta ocasión, Paul Newman reconoció: “No soy una persona demasiado habilidosa. Fui un esquiador torpe, un jugador de tenis negado, un horror en el fútbol americano y un bailarín desastroso con cualquiera que no fuese Joanne [Woodward, su mujer]. Lo único en lo que me he sentido realmente hábil es pilotando un coche”. En efecto, lo era: aparte de actor superlativo, Newman fue un talentoso piloto de carreras profesional hasta bien entrados los 80 años. De hecho, el número de su Corvette GT-1, el 82, celebraba su edad al disputar su última competición en el circuito de Watkins Glen en 2007, un año antes de su muerte.

Su interés por los coches se vio espoleado con su papel en la película 500 millas (1969) y apenas tres años más tarde empezó a competir profesionalmente. Antes de su primer Oscar, en 1985, ya había conseguido un segundo puesto en las 24 horas de LeMans, con un Porsche 935 Moby Dick, en 1979, y el triunfo en las 24 horas de Daytona con un Ford Mustang coincidió con su última nominación en 1995.

El rostro de Patrick Dempsey se hizo célebre en el mundo entero gracias al éxito de la popularísima serie Anatomía de Grey. Como piloto, ha participado en diversas pruebas del Mundial de Resistencia, incluyendo las 24 Horas de Le Mans en varias ocasiones, en la que fue segundo en 2015. Es fundador de su propio equipo, el Dempsey Proton Racing, conectado con la ilustrísima marca Porsche. En la imagen, durante su participación en el Porsche Sprint Challenge North America, en 2024.

Tampoco Steve McQueen ocultó jamás su pasión por los coches, patente en películas como Bullitt (1968), en la que él mismo conducía, sin dobles, el célebre Mustang en las secuencias de persecución, o Las 24 horas de Le Mans (1971), encarnando a un piloto profesional. Participó en carreras de motos bajo seudónimo hasta que la fama le impidió hacerlo y también de Fórmula Junior hasta que los estudios de Hollywood se lo prohibieron para evitar riesgos. Antes de que eso sucediera, su mayor éxito fue finalizar en segunda posición en las 12 Horas de Sebring en 1970, junto al piloto Peter Revson, conduciendo un Porsche 908. Lo que sí siguió manteniendo fue una fabulosa colección de coches de competición que incluía un Porsche 911, un Jaguar XKSS y un Cooper T-52, entre otros modelos. Su afición queda sintetizada en una declaración definitiva: “Pilotar es vivir. Cualquier otra cosa que suceda antes o después es tan solo una espera”.

Otro compañero de profesión, Michael Douglas, es también un ávido coleccionista de modelos clásicos (entre los que destacan un Mercedes 300 Convertible original, un Morgan Plus 4 del 65 o un BMW 3.0 CS de 1973) y, años antes de su éxito en Las calles de San Francisco, la serie que le lanzó al estrellato, trató sin suerte de convertirse en piloto. Desde entonces no se ha alejado demasiado de las pistas y es un habitual de los circuitos de la NASCAR, la categoría automovilística más popular en los Estados Unidos, y fan reconocido de la Fórmula 1.

Nick Mason, percusionista de Pink Floyd; otro actor, Patrick Dempsey, y el exportero Fabien Barthez han participado en LeMans, la carrera de resistencia más prestigiosa del mundo. El cantante Johnny Hallyday compitió en el Rally Dakar y, en la misma edición, en 1985, los hermanos Alberto y Carolina de Mónaco, esta última junto a su entonces esposo Stefano Casiraghi. Tras sendos accidentes, decidieron no repetir. “Pero fue una gran experiencia, una aventura increíble”, confesó el príncipe Alberto. Y es que el placer de conducir no es solo un eslogan publicitario popularísimo, sino que es toda una filosofía de vida que comparten muchísimas personas.

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