
En el universo cinematográfico de James Bond, los autos ocupan un lugar tan importante como los relojes, los trajes o los gadgets que recibe de Q. Cada vehículo es parte de la narrativa: una herramienta para escapar, una declaración de sofisticación y, en muchos casos, una obra de diseño que termina por definir una era dentro de la saga.
El automóvil más icónico de todos es el Aston Martin DB5, conducido por Sean Connery en Goldfinger (1964). Con su legendario asiento eyectable, ametralladoras ocultas y otros gadgets, el coche se convirtió inmediatamente en un símbolo del universo Bond. Desde entonces ha reaparecido en varias películas, consolidándose como la máquina más reconocible de la franquicia.
En On Her Majesty’s Secret Service (1969), el breve paso de George Lazenby por la saga también dejó una pieza curiosa: el Mercury Cougar XR-7. Este muscle car estadounidense protagoniza una persecución sobre hielo que contrasta con el refinamiento británico habitual de Bond, mostrando otra faceta automotriz dentro de la serie.
La etapa de Roger Moore introdujo uno de los vehículos más imaginativos del cine de acción: el Lotus Esprit S1 en The Spy Who Loved Me (1977). Su escena más recordada ocurre cuando el automóvil se transforma en submarino, una idea que llevó los artefactos de Bond a un nuevo nivel de fantasía tecnológica.
En los años ochenta, Timothy Dalton condujo el poderoso Aston Martin V8 Vantage en The Living Daylights (1987). Equipado con láser, misiles y esquís desplegables para moverse sobre la nieve, este modelo es recordado como uno de los primeros “supercoches” de Bond completamente equipado para situaciones extremas.
La década de los noventa trajo una etapa marcada por acuerdos con fabricantes internacionales. En GoldenEye (1995), el Bond de Pierce Brosnan condujo el BMW Z3, uno de los placements automotrices más famosos de la época. Más adelante la saga volvería a Aston Martin con modelos como el Aston Martin V12 Vanquish en Die Another Day (2002), equipado incluso con tecnología de camuflaje.
Con la llegada de Daniel Craig, la franquicia recuperó un tono más físico y realista. El protagonista condujo el Aston Martin DBS V12 en Casino Royale (2006) y Quantum of Solace (2008), modelo que además protagonizó el famoso récord de vueltas de campana en una escena de acción. La etapa reciente también presentó máquinas exclusivas como el AstonMartin DB10 en Spectre (2015)—del que se fabricaron diez unidades exclusivamente para la película— y vehículos contemporáneos como el Aston Martin DBS Superleggera y el híbrido Aston Martin Valhalla en No Time to Die (2021). En la historia de Bond, cada coche confirma que la elegancia también puede viajar a toda velocidad.