
Hay algo muy particular en el momento en el que se pasa un tarro de cerveza por la mesa, porque el vidrio frío marca una pausa, la espuma se acomoda mientras llegan las risas e, incluso antes del primer trago, el encuentro ya empezó. Compartir una cerveza ámbar afloja el tiempo, y en ese ritmo más lento caben las historias conocidas, los planes que se ajustan sobre la marcha y esa sensación de estar justo donde se debe estar.
En ese territorio emocional, donde lo cotidiano adquiere peso propio, Cervezas Ambar celebra 125 años desde una posición poco frecuente, ya que su tamaño medio le ha permitido crecer sin perder cercanía y tomar decisiones con cabeza fría, mientras el mercado se ordena alrededor de cifras y cuotas. Ser “pequeños entre grandes” —su frase estrella— ha sido una manera de avanzar con calma, de sostener una identidad clara y de construir valor con un producto que se vende por sí solo.
Cuando se descorcha una botella antes de que todos estén sentados, aparece una expectativa que define el tono de una reunión, porque el sonido de la chapa marca el comienzo y el aroma de la cebada anticipa lo que vendrá. Algo similar ocurre con la historia de Ambar, fundada en 1900 en Zaragoza y hoy parte del Grupo Agora, una trayectoria que no se apoya en la nostalgia, aunque sí en la conciencia de que cumplir años implica mantenerse despiertos y dispuestos a mejorar y cambiar.
Ese enfoque se refleja en un crecimiento constante, cercano al 6 o 7 por ciento anual, dentro de un sector maduro donde la insignia está en producir mejor. Con cerca de 800 empleados y una producción próxima a los 100 millones de litros, la cervecera ha convertido su escala en una ventaja operativa que permite experimentar, ajustar y volver a intentar sin alejarse del consumidor.
La innovación ha sido uno de los ejes más visibles de este recorrido, especialmente en la categoría SIN, que hoy forma parte natural de la vida social en España. Hace 50 años, Ambar lanzó la primera cerveza sin alcohol del país y, desde entonces, ha seguido abriendo caminos con propuestas que amplían las formas de disfrutar, desde la primera sin alcohol y sin gluten del mundo hasta la gama Triple Zero, pensada para un consumo amigable y cotidiano.
Ese impulso se extiende también a procesos y formatos, ya que el uso de lúpulo en flor recién molida aporta frescura y carácter, mientras que la colección Ambiciosas funciona como un espacio de prueba que busca ir más allá de los límites de la cerveza. Con 15 referencias y más de 30 premios internacionales, estas cervezas nacen como ejercicios de exploración que mantienen viva la curiosidad cervecera.
El reconocimiento internacional ha acompañado este camino, con medallas y puntuaciones perfectas en certámenes como el World Beer Challenge o los World Beer Awards, aunque el verdadero desafío está en sostener esa calidad a largo plazo, incorporando prácticas responsables que atraviesan toda la cadena. Desde el ecodiseño de envases hasta el uso de energía solar y biogás, pasando por sistemas que ahorran agua en el servicio de caña, la compañía ha asumido que producir implica hacerse cargo del entorno.
El aniversario se celebra mirando hacia adelante con La 125, una Pils de 4,8 grados concebida como un punto de encuentro entre memoria y futuro, inspirada en las recetas juveniles de su primer maestro cervecero y elaborada con cereal de Aragón y lúpulo alemán recién molido. De líquido dorado, burbuja fina y paso amable por el paladar, es una cerveza pensada para brindar sin solemnidad, volver a llenar los vasos y confirmar que, en ocasiones, la fuerza está precisamente en mantenerse fiel a una escala humana.