
RUBÍN DE CELIS
La Nación Italiana tiene varios padres. Al menos: il Generale Garibaldi, líder de la libertadora Expedición de los Mil; Camilo Benso, Conde de Cavour, estratega del Risorgimento; Victor Manuel II, primer rey unificado; y su cerebro, el intelectual Giuseppe Mazzini, que tras firmarse la reunificación del país exclamó aquella frase célebre: “Hemos creado Italia; ahora tenemos que crear italianos”.
Y, créanlo o no, para ello sería imprescindible lo que hoy denominamos stile italiano, esa combinación –tan reconocible como inimitable– de gracia y elegancia naturales, alta expresividad, siglos de orgullo, una calculada dosis de riesgo y el toque final de sprezzatura, término acuñado en el siglo XVI por el noble diplomático y escritor Baldassare Castiglione –Baltasar entre nosotros, que por algo murió en Toledo en 1529– para definir el desdeñoso arte de ocultar todo esfuerzo y afectación, tanto en la apariencia como en la conducta, mostrando así una habilidad y distinción del todo despreocupadas (por naturales).
“Ocultar el arte con el arte”, ha dicho alguien. Cálculo disimulado en busca de una elegancia relajada y con su punto de rebeldía. Vasari la formuló sumariamente como una “negligencia intencional”. Y no hay mejor ejemplo que los cuellos desabotonados de las camisas button-down de Gianni Agnelli. Pura actitud.
Los primeros grandes nombres
El siguiente paso nos devuelve a la segunda mitad del siglo XIX y nos lleva a Milán, Florencia, Roma o Nápoles. Entre 1855 y 1945, fechas de la fundación de la Sartoria Orefice, la más antigua de Italia en activo, y la alianza entre el sastre Nazareno Fonticoli y el empresario Gaetano Savini que cristalizaría en la firma Brioni, emblema global de la elegancia italiana, la moda masculina florece y se reafirma, a lo que contribuyen el nacimiento de las míticas casas Larusmiani (1922), Attolini (1930) o Rubinacci (1932), todas ellas en activo.
Llegados a este punto, la contextualización que pretenden trazar estas líneas necesita introducir un nuevo elemento antes de presentarles a los protagonistas del reportaje. Nos referimos a la profunda transformación socioeconómica que, dejando atrás un obsoleto –y mísero para la mayoría– modelo productivo eminentemente agrario y un protagonismo marginal en la esfera internacional, convertiría a Italia en una de las mayores potencias industriales del mundo, reubicando al país en términos de liderazgo e influencia.
En el momento álgido del denominado miracolo economico –entre 1958 y 1963– la tasa anual de crecimiento, cercana al 7%, superaría a la alemana y fue únicamente inferior a la japonesa en el mundo.
Y en ese nuevo ambiente de poderío y confianza surgen los personajes centrales de esta historia: hombres de negocios modernos y dinámicos convertidos pronto en iconos de estilo –en el más amplio sentido de la palabra– por los medios de comunicación y la cultura de masas. Una pequeña pero muy representativa selección de perfiles pertenecientes a dos generaciones nos permite pasar sin más espera de la teoría a la práctica.
Del motor al poder empresarial
del Mundo de fútbol de Italia en 1990. El año siguiente, tras la muerte del ‘Capo’ Enzo, se convirtió en presidente de Ferrari y, más tarde, de Maserati. Transformó y modernizó la marca sin perder el carácter perfeccionista y competitivo de Enzo Ferrari, aumentando significativamente sus ventas y su prestigio. Y volvió a ganar el campeonato de Fórmula Uno en 1999, de la mano de Michael Schumacher, antes de dejar la compañía en 2014.
Del motor a la moda
La amistad entre Cordero di Montezemolo y otro de nuestros emprendedores protagonistas, Diego Della Valle, resultó decisiva para su progreso en los negocios. A través de aquel, el hoy magnate italiano del calzado convenció a l’Avvocato Agnelli de mostrarse en los partidos de la Juve con un par de mocasines Tod’s, la marca familiar. El resultado fue inmediato, con un aumento estratosférico de las ventas.
No sería la única celebridad a la que Della Valle ‘fichó’ para su estrategia de marketing. El éxito fue tal que pronto incorporó otras marcas punteras del calzado italiano, entre ellas Hogan y Fay, a su imperio.
Pero Tod’s, compañía que dirige junto a su hermano Andrea, no ha sido su único interés: con los años, Della Valle ha pertenecido al comité ejecutivo de grandes multinacionales como Ferrari y Maserati, la Banca Nazionale del Lavoro o LVMH y ha sido el propietario de un club de fútbol histórico, la Fiorentina, y de la legendaria Maison Schiaparelli, a la cual reposicionó entre las grandes marcas de moda de lujo.
Y, con Montezemolo como socio, fundó en el año 2001 el Charme Capital Partners, un fondo de inversiones en compañías y proyectos de sectores muy diversos. Sus intereses cristalizaron en su proyecto más grandioso de todos, financiado por su marca de calzado: la restauración, a partir de 2013 y con un coste total de más de 30 millones de euros, del Coliseo romano. Una obra que ha devuelto su esplendor al mayor anfiteatro construido jamás.
Filosofía del lujo discreto
También pertenece al sector de la moda, desde una empresa familiar no alejada de la lógica artesanal, Brunello Cucinelli, en cuyo origen, en una comunidad rural próxima a Perugia, no se encuentra ni abolengo ni aristocracia. Quizás por ello su rol sea más el de un filósofo que el de un príncipe. Siempre sereno, virtuoso y austero; centrado en lo verdaderamente importante.
Su carta de presentación en la industria fueron los jerséis de cashmere, teñidos artesanalmente en su propio taller. Una lana obtenida del vellón interno de las cabras hircus de Mongolia que, con permiso de Loro Piana –cuyo fundador bien podría haber sido incluido en este artículo–, sitúa a sus prendas entre las marcas más excepcionales del mundo.
Las cuatro décadas que transcurren entre los 550 dólares (su equivalente en liras) con los que fundó su compañía en 1978 y los 100 millones por los que vendió el 6% de la misma en 2018 son la crónica del éxito. La reputación de su marca, enfocada en el trabajo artesanal y los materiales nobles, descansa hoy en el valor de sus piezas y en su durabilidad. La suya es una elegancia sin afectación ni excesos.