
Bárbara Fernández
Entre estadios y silencios tenemos una conversación honesta con Pablo Alborán. Y es que no hace falta mapa cuando alguien ha aprendido a encontrarse cantando. El artista malagueño acaba de arrancar KM0 2026, una gira que no mide distancias en kilómetros, sino en emoción, en memoria y en todo lo que no se ve cuando se apagan las luces. Y es que hay artistas que llenan recintos. Otros, como él, llevan años llenando algo más difícil de nombrar: ese lugar donde las canciones se quedan cuando termina el ruido. Así, en esta etapa, ya no se trata de demostrar nada, sino de volver a ser. Porque quizás esta gira no va de volver a cero, sino de entender que nunca se ha ido. Y es que empezó con 16 años tocando en bares y aquí está ahora llenando estadios. Así, arranca una gira que le llevará durante un año por todo el mundo, primera vez que lo hace. Y es que el mundo está lleno de primeras veces.
Recientemente has desvelado que tu historia musical nació de un error en una audición del conservatorio. En una sociedad a veces obsesionada con la perfección, ¿crees que deberíamos aprender a ver las equivocaciones como oportunidades que también pueden inspirar y cambiar vidas?
Guau, total, yo creo que sí. Yo pienso que es una manera de darle la vuelta a la tortilla y de darnos cuenta de que somos humanos y que ahí radica un poco todo lo especial y lo auténtico, ¿no? Porque en una era donde la inteligencia artificial va a hacer que todo sea tan perfecto, yo creo que va a ser interesante el buscar dentro de nosotros lo que nos hace ser auténticos y humanos. Y siempre va a recaer en eso, en el error, en que el humano se equivoca, el humano no hace las cosas como una máquina. Y eso nos va a dar, nos va a unir mucho más.
Mucho ha cambiado todo. Empezaste con 16 años tocando en bares y ahora estás llenando estadios. Aun así, la fama llegó relativamente rápido en tu carrera. ¿Qué le dirías al Pablo que empezaba después de llegar donde has llegado?
Bueno, yo no le diría que durmiera más (entre risas), que tuviera más paciencia y que disfrutara más de las cosas. Me he pasado mucho tiempo queriendo cumplir, ¿sabes? Y claro, cuando te llegan cosas buenas, tienes que estar a la altura y que estar ahí como exigiéndote mucho para dar la talla. Entonces hay momentos donde se te olvida disfrutar. Pero bueno, es que eso también te lo da el tiempo. El poder disfrutar, aunque estés trabajando muchísimo. Y la familia y tener un entorno que te ayude a eso, ¿no? Y ahora por fin lo tengo, la verdad.
Tu música siempre conecta con lo emocional. ¿Qué te inspira hoy que no lo hacía cinco años?
¡Guau! Yo creo que me inspira todo igual, pero… O sea, todo siempre me ha inspirado. Incluso las cosas que no he vivido y que me han llamado la atención y he escrito sobre ellas. No sé, es verdad que soy sensible, soy emocional, le doy importancia a lo que siente la otra persona y lo que siento yo… Es como que, ostras, no me quedo solo en el discurso, me gusta lo profundo, ¿no? Y creo que es bonito escribir sobre lo que nos hace frágiles. Ahora, por ejemplo, sí que es verdad que, por ejemplo, por la sanidad, por la enfermedad, la salud, nunca había escrito sobre eso, ¿no? Sobre una aventura como un trasplante de médula -ya que lo ha vivido de cerca con un ser querido-. Pues en este disco sí que está muy presente. Y me inspira muchísimo el trabajo que hacen todos aquellos que ayudan a los demás, no solo los médicos, sino en general. Eso me fascina.
¿Qué has perdido por convertir tu pasión en tu profesión?
Hay muchas cosas que he perdido, pero no las tomo como que ha sido una pérdida, sino como que no era el momento, ¿no? Me tocaba hacer otra cosa. Pero yo desde los 19 hasta los 25, más o menos, no tuve una vida como un chaval de esa edad, ¿sabes? No salía de discotecas como hacían mis amigos, no… Me he perdido todas esas cosas que a lo mejor las he hecho más tarde. Pero por eso te digo, que no las he perdido del todo. Lo que pasa es que, bueno, es una época que vives a destiempo. Tuve que crecer muy rápido en muchas ocasiones. A los 16 firmé mi primer contrato, con 19 empecé a cantar ya en bares, a los 21 salió mi primer disco y siempre rodeado de gente más mayor que yo. Siempre, siempre, siempre. Y ahora me pasa al revés. Ahora soy yo el mayor -entre risas-. Es curioso, no sé, creo que… Luego lo he recuperado.
Así que en tu día a día, eres más disciplina que de improvisación.
Soy más de disciplina, para que nos vamos a engañar. Sí, sí, me gusta levantarme temprano, hacer mi desayuno, mi deporte, empezar a trabajar, meterme en el estudio, luego irme a cenar por ahí. No sé, tener una vida ociosa también es importante, pero el orden me viene bien, porque si yo no me pongo orden, mi vida ya de por sí es muy caótica, ¿sabes? Te puedes perder muy fácilmente.
¿Cómo definirías tu momento vital actual?
Pleno, me siento muy pleno. Muy consciente, muy presente. Estoy muy presente. Con mi familia, con mi gente, con la gente que quiero, con mi trabajo, con el rodaje de la serie -Respira de Netflix-…
¿Y qué es lo más inesperado que te ha pasado gracias a la música?
Bueno, conocer las historias de la gente siempre es muy bestia. Porque te cuentan vivencias que jamás pensarías que tendría alguien con una canción, ¿no? O cuando me dicen que hacen no sé cuantos kilómetros por ver un concierto… Mira, una vez me pasó que vinieron una pareja, que se pidieron matrimonio en un concierto y un año después o una gira después vinieron los mismos a otro concierto y celebraban que se habían divorciado. Y estaban ahí y decían, bueno, es que nos queremos, nos llevamos bien, pero no nos hemos entendido y nos hemos divorciado y hemos venido a celebrarlo aquí para tener una buena despedida. Y eso me dejó loco. Porque dije, ostras, tío, me queda mucho por aprender. Me encantó.
Cuando todo se apaga —escenario, focos, ruido—, ¿qué queda a Pablo Alborán?
Pues me quedo muy vacío. Cuando termino un concierto, por ejemplo, me quedo muy, muy vacío. Y ahí es peligroso. Hay que buscar el contraste, que hay que equilibrarlo siempre. Agradezco mucho la locura que es subirse a un escenario con miles de personas cantando y mandándote una energía bonita, ¿sabes? Es algo muy grato. Lo valoro mucho y lo tengo muy presente. Pero cuando acaba todo eso es como, Dios mío, qué silencio hay ahora. No confundirlo con soledad es importante. No es una soledad. No es que estés solo. No es que estás vacío. Es simplemente que lo otro es una explosión de amor, de entrega, de disfrute, de la gente que quiere pasar bien. Se ponen a bailar en los conciertos, a llorar, a reír, a besar a la persona que tienen al lado. ¡Es wow! Y de pronto simplemente bajas un poco el ritmo y ya está. Entonces me gusta… Por eso te digo lo del orden. Me gusta que al día siguiente me levante y vuelva a tener un poco como un ritmo cotidiano, De una vida, entre comillas, normal. Porque si no, es una locura.
¿Cuál ha sido la decisión más valiente que has tomado?
Yo creo que, aunque muchas veces no sea consciente, tomo decisiones cada día que requieren valentía. A veces mi familia o mis amigos me dicen: “Lo que has hecho… hay que tener mucha decisión”. Y supongo que tienen razón. Pero creo que, más que valentía, lo que me mueve es el amor tan profundo que siento por mi profesión y por la gente que me acompaña. Eso hace que termine haciendo cosas que, vistas desde fuera, parecen valientes, aunque yo no las viva así. No sé muy bien cómo explicarlo.
Escribir una canción, por ejemplo, ya es un acto de valentía en sí. Desnudarte por completo y poner en palabras quién eres, lo que sientes, lo que te duele, lo que te asusta… también lo es. Creo que cualquiera que crea desde un lugar honesto y habla desde dentro comparte esa valentía. Lo que pasa es que, para mí, escribir canciones es mi forma natural de expresarme, mi lenguaje. Y quizá por eso muchas veces no soy consciente de todo lo que estoy entregando.
Pero sí hay momentos en los que me siento vulnerable. Cuando termino una canción y me doy cuenta de que ahí dentro he dejado todo lo que me duele, todo lo que me enamora, todo lo que temo… y, de repente, eso deja de ser solo mío para convertirse en algo que compartes con todo el mundo. Y eso puede ser algo muy delicado.
También lo fue acompañar a una persona en la aventura —porque realmente lo es— de un trasplante de médula. Supongo que eso también requiere mucha valentía, pero lo viví casi sin pensar, desde un instinto de supervivencia y de amor. Era simplemente: “¿Dónde hay que estar? Voy”. Y, sinceramente, creo que la valentía me la enseñó más la persona que estaba pasando por ello a mí, que yo a ella.
Acabas de arrancar KMO …Muchos viajes, ventanas, auriculares, carretera. ¿Qué suena en ese momento en tu vida tan ajetreado?
Pues es que intento, como lo compagino con el rodaje de la serie, que no suene nada, que haya el menos ruido posible. Y disfrutarlo. Lo que te decía de estar presente. Por ejemplo, ayer tuve rodaje, pues me levanté a las siete, voy al ensayo, me olvido un poco de toda la faceta musical para poder darlo todo en el set. Y cuando salgo del set estoy como superfresco para afrontar la parte musical, ¿sabes? Y estoy componiendo otra vez, estoy preparando un proyecto muy, muy, muy grande para final de año, que a ver si sale y te lo puedo contar más adelante… La gira me tiene también teniéndome que cuidar, no puedo trasnochar mucho, tengo que cuidarme, hacer mi deporte, en fin. Para poder estar al cien por cien, porque requiere físicamente mucho esta gira. Vocalmente me requiere mucho. Más que otras giras.
Si alguien del público pudiera hacerte una sola pregunta … ¿qué te gustaría que te preguntara?
Lo que le salga del corazón. Es que me han preguntado de todo ya, y he respondido de todo, pero… No sé, yo creo que… La pregunta que no se pueda publicar.
Y tú al público, ¿qué pregunta le harías? Yo tengo muchas preguntas. Tengo muchas preguntas que me acaban respondiendo con su actitud, en los conciertos, pero… No sé, yo cuando leo los carteles que ponen que he hecho 9.000 kilómetros por verte, he venido desde Cuba, o he venido desde no sé dónde, o he hecho 200 kilómetros para hacer un viaje en coche para poder estar aquí. Hay un mogollón de historias escondidas que a mí me emocionan mucho. Me sorprenden mucho. Me siguen emocionando. No las doy por hecho, ¿no? Entonces… No sé, tengo muchas preguntas.
Para acabar ¿se puede decir que has aprendido a encontrarte cantando?
Fíjate, curiosamente me he encontrado más actuando que cantando. Porque cantar ha formado parte de mí desde siempre; es mi lenguaje, mi forma de desahogarme. Aunque, si lo pienso bien, donde realmente me descubro es componiendo. Ahí es donde de verdad me encuentro. Me pierdo y me encuentro, me pierdo y me encuentro, me pierdo y me encuentro. Es como un pez que se muerde la cola. Y por eso estoy tan enganchado a la música, porque es un lugar donde no entiendo nada y lo entiendo todo y eso es muy bonito.
Y en la interpretación he descubierto algo muy distinto a la música: ahí siempre necesitas del otro. Una escena no se sostiene sola; depende de la conexión, de la energía y de lo que te devuelve la persona que tienes delante. Actuar me ha enseñado muchísimo sobre compañerismo, empatía e improvisación, sobre dejarme llevar por lo que ocurre en el momento. Y eso, sinceramente, es algo nuevo para mí. Eso no lo he encontrado en la música.