En la ‘maison’ Laurent Perrier: el valor de la diferencia
La maestría, la apuesta por la innovación y la audacia de Bernard de Nonancourt primero y de su descendencia después han convertido a Laurent-Perrier en una de las grandes maisons de champán.

EN CHAMPAGNE AÚN RECUERDAN A BERNARD DE NONANCOURT: en Épernay, algo así como la capital de la región francesa; en Reims, la ciudad más grande, sede, como la anterior, de algunas de las firmas de champán más prestigiosas; y también en tantos pueblos cercanos en los que se asientan los pequeños productores de vinos. Especialmente, en Tours-sur-Marne, la modesta localidad –apenas 1.300 habitantes– cuna de Laurent-Perrier, la maison que él rescató de la incertidumbre de la posguerra mundial (la segunda, en la que participó y perdió a un hermano) para impulsarla hasta lo que es hoy: una de las más grandes marcas de champán, cuarta si atendemos a sus cifras de facturación y producción (unos 7 millones de botellas al año, de los más de 270 totales), sinónimo por supuesto de calidad, pero también de innovación –una de sus banderas– y propietaria de algunas de las etiquetas más apreciadas del sector.

Recuerdan, decíamos, no solo la figura imponente de Bernard de Nonancourt y sus 1,95 metros de estatura, sino también su capacidad para tejer en torno a la producción de champán, él como cabeza visible de Laurent-Perrier pero sin viñedos propios entonces, sus vecinos y coetáneos, como productores de uva y vinos, una red de colaboración mutua basada en el respeto mutuo, el equilibrio en las relaciones y el interés compartido por cuidar la calidad del producto como garantía de distinción y, por tanto, de futuro. Y también en la solidaridad, que llevaba por ejemplo a De Nonancourt a mantener los pagos a sus proveedores también cuando la cosecha había sido ruinosa o incluso inexistente. Se lo cuentan, aun ahora, a la nieta de Bernand, Lucie Pereyre, quien, tras licenciarse en Psicología Científica y en Marketing Estratégico, reorientó su carrera para entregarse por completo al mundo del vino, adquirir conocimientos en lugares como España –en la bodega Marqués de Riscal– e incorporarse definitivamente, en 2019, a Laurent-Perrier. Lucie Pereyre De Nonancourt representa la cuarta generación de la familia.

Recopilamos brevemente. El origen de Laurent-Perrier se remonta a 1812, fecha en la que un antiguo tonelero y embotellador se instaló como comerciante de champán en Tours-sur-Marne, abriendo un negocio que acabaría en manos de su maestro bodeguero, Eugène Laurent, y posteriormente, en las de la viuda de este, Mathilde-Emilie Perrier, con lo que el nombre quedaba ya apuntado: Vueve Laurent-Perrier. Por fin, en 1939, Marie-Louise De Nonancourt compra la propiedad e inaugura la saga que ha llegado a nuestros días: le seguirían Bernard, con el papel determinante que hemos apenas esbozado y al que volveremos en estas páginas; sus hijas Alexandra Pereyre y Stéphanie Meneux de Nonancourt, incorporadas actualmente al Consejo de Administración; y la hija de Alexandra, Lucie Pereyre.

Ella es, por cierto, la embajadora del champán icónico de la bodega, Grand Siècle, cuya última edición, la número 26, luce con orgullo haber sido elegida en 2023 como el mejor vino del mundo por James Suckling, entre un total de 39.000 aspirantes. “Los productores de Champagne –dijo entonces el experto estadounidense – siempre han dicho que sus botellas son primero grandes vinos y luego grandes champagnes, y este es, sin duda, el caso del Gran Siècle Iteration Nº 26”. Es esta marca, como decimos, el buque insignia de Laurent-Perrier, cuyo origen, como no podía ser de otra forma, también remite a Bernarnd De Nonancourt.

Fue una de las numerosas innovaciones que introdujo –por convicción, pero también por la necesidad de diferenciarse en un mercado en el que ya reinaban grandes maisons–, como la de priorizar la uva chardonnay frente a la pinot noir como ingrediente principal, utilizar tanques de acero en lugar de barricas para mitigar la decisiva influencia de la madera en el resultado final o refinar la tendencia de evitar los azúcares añadidos hasta lograr los mejores ultra brut de la región. En el caso del Grand Siècle, su apuesta fue también arriesgada: si hasta entonces, los viticultores confiaban en la calidad de cada añada para elaborar los mejores champanes, Bernard De Nonancourt demostró que el arte del ensamblaje podría ofrecer resultados aún superiores. Es decir: escoger las mejores añadas de los últimos años y mezclarlas con la suficiente maestría para lograr lo que la naturaleza no había conseguido. De ahí el nombre: Grand Siècle hace referencia a uno de los periodos más prósperos de la historia de Francia, el siglo XVII, conocido por la capacidad del hombre para crear lo que la naturaleza, por sí solo, no puede, por ejemplo, la simetría y las perspectivas de los jardines a la francesa y los estanques sin curso de agua cercano.

Así, fruto de esta filosofía extendida hasta nuestros días, esa edición 26 coronada mundialmente lleva uvas de las cosechas de los años 2007 (un 10%), 2008 (un 25%) y 2012 (un 65%), en total, un 58% de chardonnay y un 42% de pinot noir. Y, además, como todo Grand Siècle, ha envejecido un mínimo de diez años sobre lías.

La entrada a un universo infinito Lucie Pereyre, que recorre el mundo mostrando y explicando las excelencias del Grand Siècle, está convencida de que el futuro del champán pasa por estas etiquetas de prestigio, que hay que crecer en valor, mas que en volumen. No es la única, como demuestra el hecho de que la denominación de origen (AOC en sus siglas en francés) Champagne regula, por acuerdo de todos los implicados, la producción anual, según las circunstancias, para mantener su concepción como producto de lujo. Pero también hay que darlo a conocer, abrir una puerta de entrada a los consumidores más neófitos o aspiracionales, con botellas de precios más asequibles. “Por un lado, el champán tiene que ser lo suficientemente accesible para que todo el mundo pueda probarlo y conocerlo –explica Pereyre en un español perfecto–, y que luego, una vez que han entrado en este mundo, tengan acceso a otros productos que demuestran toda la calidad que podemos ofrecer”.
Ahí, en ese rango más ‘popular’, la oferta de Laurent-Perrier es variada, con La Cuvée, como puerta de entrada a la marca: un champán fino y fresco, con algo de meunier y pinot noir para completar un 50% de chardonnay y un envejecimiento de cuatro años; o con Blanc de Blancas Brut Nature, el primer champán 100% chardonnay sin azúcar añadido. Junto a ellos, Héritage; Brut Millésimé; Harmony; Ultra Brut… Y los rosados, Alexandra Rosé Millésimé y Cuvée Rosé, herederos de otra de las innovaciones de Bernard de Nonancourt, quien, en lugar de elaborarlos mezclando un vino tinto y otro blanco, desarrolló una exclusiva y laboriosa técnica de maceración que deja las pieles de las uvas tintas en contacto con el jugo para extraer la expresión aromática y permitir que los pigmentos naturales tiñan el vino.

Más de 200 años después de su nacimiento y algo más de 75 después de la llegada, en 1948, con 28 años, de Bernand de Nonancourt a aquella bodega que apenas vendía 80.000 botellas al año y contaba con una veintena de empleados, Laurent-Perrier cotiza en el Segundo Mercado de la Bolsa de París; cuenta con unos 400 trabajadores entre su sede de Francia –la mitad, algunos, por cierto, con décadas de permanencia, longevidad de la que hace gala la maison– y sus filiales de Alemania, Bélgica, Estados Unidos, Italia, Reino Unido y Suiza y está presente con distribuidores independientes en 140 países de todo el mundo. De hecho, casi el 88% de su volumen de negocio, unos 283 millones de euros anuales –de marzo de 2024 al mismo mes de 2025– procede de la exportación; y algo menos de la mitad de esos ingresos, por cierto, de esas etiquetas premium a las que Lucie Pereyre confía el futuro del sector.
En los últimos años, España se ha posicionado en el top ten de los mercados de la marca. “Es muy importante para nosotros, con mucho potencial”, afirma Lucie Pereyre, que destaca la gastronomía de nuestro país como uno de los grandes aliados para la extensión del consumo de champán. No en vano, los usos, que con- denaban su consumo a celebraciones o sobremesas, han cambiado. “No necesitas un momento especial para beber champán –dice–. Al final, abrir una botella crea ese momento especial”.