La carrera al estrellato de Omar Sy, el carisma francés que ha conquistado Hollywood

La carrera al estrellato de Omar Sy, el carisma francés que ha conquistado Hollywood

Estrenada en enero de 2021, la primera parte de la serie Lupin atrajo a más de 70 millones de hogares en el mundo en su primer mes de emisión en Netflix. Eso la convirtió en el segundo mejor debut de la plataforma, solo después de Bridgerton. Es el único show francés que se ha colado […]

Estrenada en enero de 2021, la primera parte de la serie Lupin atrajo a más de 70 millones de hogares en el mundo en su primer mes de emisión en Netflix. Eso la convirtió en el segundo mejor debut de la plataforma, solo después de Bridgerton. Es el único show francés que se ha colado entre los diez más vistos en Estados Unidos. Pero también en su país de origen, en Italia, España, Brasil o Sudáfrica. Para Omar Sy (Trappes, Francia, 1978), el protagonista y la cara visible de este título de repercusión global, ha sido su segundo estallido de fama. Su segundo encuentro con la exigente atención mediática, entrevistas, fotos. Y le ha llegado exactamente 10 años después del primero, cuando protagonizó la película Intocable, el mayor éxito francés de la historia: 19 millones de espectadores solo en Francia, casi 450 millones de dólares recaudados por todo el mundo, varios remakes en distintos países y por el que se alzó como el primer actor negro en ganar el premio César (el Oscar o Goya galo). Pero en esta década transcurrida entre película y serie, Sy ha aprendido muchas cosas. Entre otras, ha aprendido a superar el síndrome del impostor y ha aceptado, por fin, que no es solo un cómico colándose en películas, que también es actor.

Lupin es para Omar Sy, además, ese medio en el que pone a la misma velocidad y altura su carrera en Francia y sus deseos más allá. El actor se mudó a Los Ángeles en 2012. La excusa inicial era la promoción para los Oscars de Intocable. La razón real era refugiarse de la excesiva fama que le había dado la película en Francia y que ya estaba llegando a sus hijos. Su plan era pasar un año sabático en la soleada ciudad californiana con su familia (su mujer, Hélène, desde 2007, novia desde 1997, y cuatro hijos, la quinta nació ya en Estados Unidos), y van a cumplir diez años allí. En esta década de intentar hacer las Américas, las cosas no acababan de salir como quería. Tuvo que empezar de nuevo. Hacer castings por primera vez en su vida, presentarse, decir su nombre. Y, por supuesto, aprender inglés. Una hazaña que logró con cuatro horas diarias de clases particulares y ver mucho Keeping Up With the Kardashians (después de desistir inicialmente con la CNN).

[caption id='attachment_9097' align='alignnone' width='1024']Omar Sy lleva traje y camisa de Dior Men. Omar Sy lleva traje y camisa de Dior Men.[/caption]

Todo ese trabajo tuvo sus frutos y a los seis meses de llegar a Hollywood consiguió su primer papel en una gran producción, X-Men: Días del futuro pasado (2014), interpretando a un mutante con el poder de viajar en el tiempo. Llegó el gran día del estreno, la premiere, y sentado en aquel cine se sintió avergonzado: prácticamente le habían cortado del montaje final. “Fue una violenta sorpresa”, reconocería después, aunque supo encajarlo con humor y deportividad. Había aprendido a lo bestia cómo funcionaba la industria y él seguía riendo. Porque su sonrisa va siempre por delante. En los perfiles sobre él, en toda entrevista, en cualquier declaración de compañeros de trabajo, la sonrisa de Omar Sy va por delante de Omar Sy.

Ese saber estar, amabilidad y elegancia natural ha sido su seña de identidad desde que era adolescente y aún vecino de Trappes, la banlieue en la que vivía con sus padres (un senegalés trabajador de una fábrica de coches y una mauritana que limpiaba oficinas) y sus siete hermanos (él es el tercero), uno de esos barrios obreros alrededor de París que empezó siendo ejemplo de recepción y multiculturalidad y acabó como un lugar conflictivo y abandonado. Un lugar que, a pesar de todo, Sy recuerda con mucho amor y felicidad. Rodeados de campo, eran libres, y sin salir de su bloque de viviendas recorría el mundo con sus vecinos de decenas de nacionalidades. Allí encontró a sus primeros socios en el mundo del entretenimiento. Allí le llamaban ‘el caballo de Trappes’, como el caballo de Troya, porque usaban su amabilidad y planta para entrar a cualquier sitio. Las mismas cualidades que le han dirigido hasta hoy y su fama global. Aunque ahí ha tenido que sumar también mucho esfuerzo y trabajo.

Creciendo en aquel barrio, el mundo que ahora habita no era una posibilidad. Por suerte para él, sus padres nunca pusieron barreras a sus sueños, ni tampoco a sus decisiones (educado como musulmán, su mujer es católica), y empezó por absoluta casualidad. Un amigo del barrio le pidió como favor que entrara en su programa de radio haciéndose pasar por un futbolista senegalés retirado. Al final del programa contaron la broma, a los productores les encantó y le pidieron que volviera cada día fingiendo ser alguien nuevo. Su amigo era Jamel Debbouze, hoy un gran nombre de la comedia francesa, y en aquella radio Sy conoció a Fred Testot, con quien formaría el dúo cómico Omar et Fred, triunfando en televisión. Así le llegarían sus primeras ofertas en cine.

Y así conoció a Olivier Nakache y Éric Toledano, sus directores amuleto, también criados en suburbio, hijos de inmigrantes, que escribieron para él el personaje de Driss en Intocable, ese hombre que lleva toda su sabiduría y alegría de barrio a la estirada y aburrida vida de un hombre rico tetrapléjico (François Cluzet). De nuevo, la sonrisa de Sy fue por delante en aquel filme. Después vino su transformación como lanzadera del cambio en el cine francés que no reflejaba la diversidad de sus calles. Un rol y una responsabilidad que, sin embargo, el actor tomó con prudencia apartándose, al principio, de todo tipo de declaración o acto político. “Yo no soy un líder –se justificaba en una entrevista en 2014–. Solo soy un actor que aún tiene mucho que aprender y que ha preferido no decir ni hacer nada”. Se negó abierta pero amablemente a ser “el negro de moda o ser utilizado como vehículo para clichés”. Prefería ser referente e inspiración a través de hechos y trabajo, no palabras.

[caption id='attachment_9098' align='alignnone' width='1024']Omar Sy en el rodaje de Lupin, delante del Louvre, una de las localizaciones estrella de la serie. Omar Sy en el rodaje de Lupin, delante del Louvre, una de las localizaciones estrella de la serie.[/caption]

Y así ha sido hasta ahora. Después del traspiés de X-Men se dio cuenta de que su lugar profesional estaría con un pie en cada lado del Atlántico. En Hollywood le seguían saliendo pequeños papeles en grandes películas (Jurassic World, Inferno, Transformers: El último caballero), mientras en Francia escogía grandes papeles en filmes más pequeños (Samba, Mañana empieza todo) que nunca fueron un éxito para los demás, pero sí eran logros personales. Porque eran elecciones suyas que querían predicar con ese ejemplo que le pedían ser. El caso más claro fue Monsieur Chocolat (2016), la historia real del clown Rafael Padilla, apodado Chocolat por el color de su piel. Omar Sy sintió todos los fantasmas de la desigualdad y el racismo aún muy vivos sobre él interpretando ese personaje. “Significó mucho para mí. El primer clown negro es claramente mi ancestro. Él abrió la puerta y nosotros entramos detrás de él”, dijo. Aquel trabajo le abrió también los ojos. “Fue mi primera película como actor de verdad, me exigió mucha preparación física y emocional, lo elegí con conciencia y todo lo que di ahí fue decisivo para lo que vino después”.

Sin Chocolat, quizá no habría sentido la energía y seguridad para protagonizar Lupin. Ahí sí que se echaba peso sobre sus hombros: ser la enésima reencarnación de un personaje tan francés como Arsène Lupin, el ladrón de guante blanco que creara Maurice Leblanc en 1905 y que Sy conoció a través de la adaptación apócrifa de un manga japonés. Un proyecto que pensaron a su medida y le dejaron a él cortarse el traje: el actor fue quien decidió que no sería Lupin, sino un ferviente admirador, Assane Diop, que, inspirado por los libros, roba y engaña para vengar la muerte de su padre. Además de haber servido para poner su nombre en Francia y en Hollywood al mismo nivel, Lupin no es solo un show de entrenamiento; también desprende mensaje social: su personaje utiliza la invisibilidad y prejuicios hacia la población negra como ventaja para sus robos. La serie es el resultado de una carrera bien pensada y dirigida por un actor que sigue teniendo alma de cómico y no olvida de dónde viene.

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