Rami Malek, la hora de los valientes

Rami Malek, la hora de los valientes

“¡Este chico es tenaz!” En la cabeza de Rami Malek (California, 1981) todavía resuenan las palabras que su padre repetía muchas tardes, mientras él se dedicaba a meter currículums y fotos en sobres buscando su primera oportunidad como actor. Flamante ganador de un Oscar por su interpretación de Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody, reconocido en […]

“¡Este chico es tenaz!” En la cabeza de Rami Malek (California, 1981) todavía resuenan las palabras que su padre repetía muchas tardes, mientras él se dedicaba a meter currículums y fotos en sobres buscando su primera oportunidad como actor. Flamante ganador de un Oscar por su interpretación de Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody, reconocido en los Globos de Oro, los BAFTA, los premios del Sindicato de Actores y los Emmy, el tesonero Malek lo ha conseguido, ha tocado el cielo, pero ni siquiera este enorme éxito de ahora va a lograr que olvide de dónde viene. El camino ha sido duro y, por ello, Rami Malek no se permite frivolizar cuando se trata de decidir hacia dónde va.

Estadounidense de primera generación, de familia egipcia, este actor de 41 años y cara de niño, camaleónico y de movimientos nerviosos, está ya entre las estrellas. Integrante de un gran reparto –Christian Bale, Margot Robbie, John David Washington, Robert de Niro…– en Amsterdam (David O. Russell), que llega ahora a España, acaba de terminar el rodaje de Oppenheimer, la película de Christopher Nolan sobre el hombre que creó la bomba atómica y en la que, de nuevo, juega en un equipo de primera, al lado de Cillian Murphy, Emily Blunt, Matt Damon, Florence Pugh y Robert Downey Jr.

“En una industria en la que te sientes afortunado con solo ser visto, es difícil dar el primer paso para establecer límites, pero es una decisión vital y no te arrepentirás porque tu vida y tu dignidad son más que este trabajo. Y crea la posibilidad de cambio para los que vienen detrás”, ha dicho en una entrevista. Él tuvo que dedicar dos decenios de trabajo ‘a fuego lento’, en los que se prestó a dar vida a unos cuantos molestos estereotipos, para poder dar por fin ese ‘primer paso’. Por ejemplo, dio vida a un faraón –un cliché demasiado obvio- en la saga de películas Una noche en el museo y encarnó a unos cuantos irritantes terroristas árabes. Hastiado de tanto estereotipo, aguantó incluso que su personaje en la serie 24, Marcos Al-Zacar, volara por los aires al activarse el chaleco de explosivos que llevaba puesto.

Todavía hizo una aparición más en Noche en el museo: el secreto del faraón antes de empezar definitivamente a decir que no. Llegaron entonces pequeños papeles, pero con algunos grandes, como Paul Thomas Anderson o Spike Lee. Y en 2015 se convirtió en Elliot Alderson (en la serie Mr. Robot), un hacker anticapitalista, con trastorno de depresión clínica, que atesoró millones de fans y que le valió el Primetime Emmy al mejor actor en una serie dramática.

Ese ambiguo toque exótico

La “vulnerabilidad y calidez” que el creador de la serie, Sam Esmail, vio en Rami Malek y que le convenció para darle el papel de Elliot ya las había advertido el actor Tom Hanks, cuando, como productor de la miniserie de HBO The Pacific, vio por primera vez a Malik. De ese momento, Hanks recuerda “esos ojos, abiertos y somnolientos al mismo tiempo” y su aspecto de niño flaco.

Atravesado el vía crucis de los mediocres personajes de Oriente Medio y con un éxito a sus espaldas, empezaron a fijarse en él. Entonces, su peculiar mandíbula, un pelo negro extraordinario, unas marcadas ojeras, una sonrisa ambigüa, unos ojos de un azul helado y una voz bastante turbadora han seducido, por su singularidad, a muchos creadores. Sin duda, este hombre no representa el modelo tradicional de guapo del cine, pero a cambio promete algo diferente, un poco exótico y, a la vista de unas cuantas sesiones de fotos, elegancia y presencia.

En 2017 interpretó a Louis Dega en el remake de Papillón, tomando el relevo de manos de Dustin Hoffman 44 años después de la película original. Pero su grandísima oportunidad le llegó un año después, cuando le propusieron encarnar a Freddie Mercury y él aceptó el reto. “Sabía que aquello podría salir terriblemente mal, pero era una oportunidad con la que sueñan todos los actores –confiesa–. Tenía que agarrarlo y darlo todo”.

Rami Malek trabajó a conciencia. Cada noche se ponía unos dientes que hizo crear a un diseñador de vestuario para emular el físico del músico y ensayaba en su casa. Se acostumbró a hablar y a cantar con esta prótesis, aprendió a tocar el piano, practicó incansable, durante horas y horas cada día, los movimientos de Mercury caminando y en el escenario… y ganó el Oscar. Es el primer actor de ascendencia árabe que lo logra.

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“Freddie Mercury vivió su vida como él mismo, sin pedir disculpas”, dijo en el discurso al recoger la estatuilla, en el que recordó que, como el músico, él era hijo de inmigrantes. “Soy estadounidense de primera generación. Esto es algo que atesoraré el resto de mi vida”. Al salir del escenario, un periodista le pidió que lanzara un consejo a los jóvenes árabes que querían ser actores. “Comenzaré diciendo ahlan wasahlan –respondió en árabe–. A medida que crecí, me di cuenta de lo hermosa que es mi herencia y mi tradición”

No es la única vez que el intérprete ha aconsejado a los jóvenes aspirantes no blancos en Hollywood. En otra ocasión, Malek les recomendó que se acostumbraran “a la palabra no”. Una negativa que él soportó una y otra vez hasta que comenzaron a ofrecerle los primeros trabajos. “Estoy muy orgulloso de donde venimos mi familia y yo. Mis padres dejaron su casa para que sus hijos pudieran tener una vida con más oportunidades. Ahora recojo los beneficios de las dificultades que pasaron, y eso me hace apreciar aún más la vida que llevo hoy”.

Una vida en la que se mantiene firme, decidido a abrirse un camino digno en una industria racista que desprecia a los intérpretes no blancos o con raíces culturales diferentes a la americana. Tan resuelto está Malek a conquistar este objetivo que cuando le ofrecieron convertirse en Lyutsifer Safin, el archienemigo de James Bond en Sin tiempo para morir, fue directamente a preguntar al cineasta Cary Fukunaga si pretendía convertir al personaje en una representación del ‘árabe malvado’. Una gran oportunidad en su carrera a la que estaba felizmente dispuesto a decir que no. “No quería que el personaje se identificara con ningún acto de terrorismo que reflejara una ideología o religión. Si hubiera sido así, habría dicho que no”.

Paso a paso, el actor Rami Malek está contribuyendo a corregir un poco la curva de la desigualdad en Hollywood. Y hay algo en ello de aventura y coraje que recuerdan a uno de sus más grandes ídolos, Buster Keaton, “mágico y audaz, una maravilla, un hombre fascinante que algún día me gustaría interpretar”.

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