Éxtasis de multitudes


RUBÍN DE CELIS

Pelé (1940-2022) El fútbol aspiraba a ser un arte hasta que nació Edson Arantes do Nascimento, Pelé, híbrido perfecto entre atleta y malabarista. Nombrado mejor jugador del Mundial de Suecia de 1958, con solo 17 años, participó en cuatro Copas del Mundo de las que ganó tres: 1958, 1962 y 1970. El único que ha sido capaz de conseguirlo hasta la fecha. Por ello sigue siendo O Rei.

En una placita madrileña de trazado setentero, un hombre mayor –chaqueta oscura, jersey de pico, rotunda nariz, entrecano bigote chevron– mira jugar a fútbol a un grupo de chavales desde un asiento que, bien visto, tiene algo de banquillo postizo. Ni rastro de hierba. De aquel tapete verde, liso, regular, aterciopelado, estimulante que él mismo describe en un magistral relato, recién publicado entonces. En su lugar, puro cemento. Gris, rápido, durísimo, refractario. Dos adolescentes observan a su impecable vecino sin decidirse a abordarle; él solo tiene ojos para el juego. La fantasía de una finta del puntero al defensa, una pared entre dos medios que prende un veloz contraataque, la envenenadísima intención de un saque de córner, la estirada rasa del golerito para blocar in extremis un disparo pegado al poste izquierdo bastan para hacerle sonreír francamente, arrugando el peñón partido entre los equipos locales Ettrick y Selkirk.

Pelé (1940-2022) El fútbol aspiraba a ser un arte hasta que nació Edson Arantes do Nascimento, Pelé, híbrido perfecto entre atleta y malabarista. Nombrado mejor jugador del Mundial de Suecia de 1958, con solo 17 años, participó en cuatro Copas del Mundo de las que ganó tres: 1958, 1962 y 1970. El único que ha sido capaz de conseguirlo hasta la fecha. Por ello sigue siendo O Rei.

Su elocuente crónica concluía con una afirmación tan válida hoy como entonces: “En la existencia hay cosas mucho peores que unas cuantas patadas; y, de hecho, la vida misma no difiere demasiado de un partido de fútbol”. Y es que, como el teatro, este deporte es un espejo de las ideas y los actos, los conflictos y las emociones humanas que permite al espectador, viéndose reflejado en él, adquirir un conocimiento profundo sobre sí mismo y sus semejantes. Recordemos de pasada a Aristóteles y el concepto de mímesis desarrollado en su Poética, en esencia, la imitación de la naturaleza y la vida humana. Así, el ‘deporte rey’ combina espectáculo y reflexión, una serie de personajes y una trama (el desarrollo del juego) llena de acción y suspense, provocando finalmente una ineludible catarsis en el público.

Garrincha (1933-1983) En la imagen, Manuel Francisco dos Santos, Garrincha, posiblemente el regateador más hábil de todos los tiempos, celebra la victoria con Brasil. De orígenes muy humildes y con una historia de superación personal (una poliomielitis que le dejó seis centímetros de diferencia entre sus piernas y los pies zambos) a sus espaldas, supo gambetear mejor a sus adversarios en el terreno de juego que a las pleamares de la vida.

Las grandes citas futbolísticas –y no cabe imaginar una mayor que la Copa del Mundo– deparan tanto épicos triunfos, con su euforia desatada, como ilusiones perdidas en sonoras derrotas. Por eso, apoyado en una iconicidad desbordante y una atención global masiva, la del fútbol es una historia repleta de héroes y villanos, de gestas y debacles, de mitos –a menudo más frágiles de lo que cabría imaginar, como Garrincha o Maradona, que supieron gambetear mejor a sus adversarios que a las pleamares de la vida– y relatos compartidos.

Ferenc Puskás (1927-2006) No se dejen engañar por la figura maciza del húngaro Ferenc Puskás, goleador prodigioso armado con un misil en su pierna izquierda. Lideró el legendario combinado nacional conocido como ‘los magiares mágicos’ que obtuvo, contra pronóstico, un subcampeonato en Suiza 1954. Es considerado aún como uno de los mejores futbolistas de la historia, según la UEFA.

Tomemos por ejemplo el célebre ‘Maracanazo’, insólita derrota canarinha frente a la selección uruguaya infringida a domicilio en el Estadio de Maracaná (Río de Janeiro) en la final de 1950. ¿Acaso tan llorada pérdida no encuentra un razonable parangón con la caída de Troya? En ambos casos, un poderosísimo favorito es vencido dramáticamente por un rival que utiliza la estrategia –y el factor sorpresa– para conseguir lo aparentemente imposible. Jules Rimet, que, como presidente de la FIFA, debía otorgar el trofeo a los vencedores, recordaba años más tarde el desolado silencio del estadio: “Ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en brazos y sin saber qué hacer”. Todo estaba escrupulosamente previsto, excepto el triunfo de la Garra Charrúa.

Beckenbauer (1945-2024) Apodado El Káiser, tanto por su origen como por su liderazgo, autoridad en el campo y su visión de juego, el alemán Franz Beckenbauer capitaneó a la selección germana en su triunfo en casa en 1974. No solo fue el primer defensa en ganar (dos veces) el Balón de Oro, sino que es uno de los tres únicos hombres que han ganado la Copa del Mundo como jugador y como entrenador (Italia 1990).

Ahora, el espíritu deportivo no concibe humillación ni deshonra en el reconocimiento de la superioridad del adversario. Quizá por ello, el káiser Beckenbauer, Balón de Oro e inolvidable capitán de la selección alemana en 1974, bromeara hablando de Cruyff, su gran rival y amigo, al reconocer que “era mejor jugador que yo, pero yo fui campeón del mundo”. Porque hasta en la derrota el fútbol es distinto, único: pese al fracaso mundialista de aquella Naranja Mecánica de Cruyff, Neeskens y compañía, o el del combinado húngaro de los Magiares Mágicos, con Kubala y Puskás a la cabeza, todavía recordamos, respectivamente, su ataque omnipotente y su fluido fútbol total.

Maradona (1960-2020) Diego Armando Maradona sigue siendo para muchos de nosotros el mejor jugador de todos los tiempos. Arropado por un equipo discreto, dibujado a su servicio, fue capaz de ganar casi él solo el Mundial de México 1986. Para el recuerdo, sus dos goles inolvidables a Inglaterra en los cuartos de final. El primero, la célebre ‘mano de Dios’; el otro, bautizado como ‘el gol del siglo’, el eslalon más asombroso de la historia del fútbol.

Recuerdos personalizados

Muchos son los momentos inolvidables y los escenarios de grandeza que nos han regalado los mundiales de fútbol. Cada cual podrá elegir los suyos, según sus circunstancias y preferencias, pero las galopadas vertiginosas y los movimientos elásticos de un Pelé en Technicolor hicieron que uno de sus rivales en la final de México 1970, la primera Copa del Mundo transmitida en directo por televisión, confesase: “Antes del partido pensé para mis adentros ‘es de carne y hueso como los demás’. Pero me equivoqué”.

Cruyff (1947-2016)
Aunque Johan Cruyff se quedó a las puertas de la Copa del Mundo (finalista en Alemania 1974), no por ello bajó del Olimpo del balompié: Balón de Oro y con un palmarés envidiable, fue elegido tercer mejor jugador del siglo XX, tras Pelé y Maradona. Como entrenador, ha sido una de las personalidades más influyentes de este deporte, generando escuela.

Y ¿quién no recuerda los dos goles de Maradona a Inglaterra en cuartos de final del 86, de nuevo en México? El controvertido primero, marcado, en palabras del propio Diego, “un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios”, frase que daría origen a uno de sus apodos; y el imposible tanto de la victoria, el gol del siglo, anotado tras realizar un eslalon de 52 metros en el que regatea a cinco jugadores ingleses, incluido al portero Shilton.

Y, hablando de arqueros, las paradas de Yashin, aquella ‘araña negra’ en cuyo arco, poéticamente, ni el viento siquiera abría brechas. El héroe de todo un país, el italiano Roberto Baggio, mejor futbolista del momento, convertido por sorpresa en villano al fallar el fatídico penalti de la tanda que convirtió a Brasil en pentacampeona bajo el sol californiano en 1994. La grácil elegancia de Zidane y Ronaldo Nazario, rivales sobre el verde en el 98 y años más tarde compañeros de equipo. O la aguerrida y rubia wehrmacht germana de los Brehme, Littbarski, Völler y Klinsmann, capitaneada por un Lothar Matthäus que compitió en cinco mundiales, coronándose en Italia 90 tras dos segundos puestos en los campeonatos anteriores. Y, para nosotros, españoles, el postrero gol cruzado de Iniesta en la final de Johannesburgo…

Un sabio porteño, filósofo y ciego, elitista y severo del que hace bien poco tratábamos en estas mismas páginas, condenó sumariamente la popularidad del fútbol argumentando que también “la estupidez es popular”. Puede esta que lo sea, en efecto, pero el resultado del silogismo –un razonamiento deductivo obligado por definición a funcionar siempre con lógica exactitud, recordemos– cuando se comete un error en alguno de sus términos es una falacia.

Además, ¿qué tienen de estúpidas la precisión, la inteligencia, la belleza o la camaradería? Otro argentino, santafesino y también filósofo, un mediapunta larguirucho tan hábil con el balón como con las palabras, fue más justo al juzgarlo “la cosa más importante de las cosas menos importantes”. Queridos lectores, disfruten del Mundial sin prejuicios ni culpabilidades, y ojalá vibren como Benedetti.

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