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Mariam Bustos en el arte de la presencia

Quince días de encierro, exposición total y silencio compartido. Te doy mi vida, el experimento performativo de Mariam Bustos en el centro de Madrid, pone el foco en el miedo a la soledad y en la necesidad de vivir el arte desde el cuerpo, sin filtros ni distancia.

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Fotografía: Mariam Bustos.

El arte importa cuando deja marcas. Cuando no se queda colgado en la pared ni termina al cerrar una función, además de cuando exige algo de quien mira. El performance vive justo ahí: en la experiencia directa, en la cercanía incómoda, en la sensación de estar presenciando algo que no se puede repetir igual. Vivir el arte en carne propia implica aceptar la vulnerabilidad ajena y la propia, porque lo que ocurre no está protegido por la ficción.

Te doy mi vida nace desde esa eventualidad del arte; del 7 al 22 de febrero, Mariam Bustos se encierra en un local a pie de calle en el centro de Madrid para habitarlo sola, sin teléfono ni contacto exterior, dejando su día a día expuesto a la mirada de cualquiera que pase. No hay escenografía ni atajos narrativos: hay tiempo, silencio, cansancio y permanencia. La obra se mira con atención, se presencia y se es parte —de algo que sucede en tiempo real—.

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Fotografía: Mariam Bustos.

El eje del proyecto es el miedo sostenido, vivido en el cuerpo, especialmente el miedo a estar sola. Desenvolverse en una sociedad dominada por la opinión constante y la necesidad de respuesta inmediata, requiere del encierro que equivale a una fricción necesaria. Dormir, comer, asearse o escribir se vuelven actos visibles que revelan hasta qué punto hemos delegado nuestra calma en la validación externa.

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Fotografía: Mariam Bustos.

La experiencia se abre al público de dos maneras: desde la calle Fúcar 22, donde los transeúntes se convierten en testigos involuntarios, y a través de una transmisión en vivo las 24 horas. Además, varios días a la semana (jueves, viernes y sábado), la artista activa performances breves visibles desde el exterior. En ellas aparecen miedos reconocibles —el abandono, la insuficiencia, el paso del tiempo— abordados sin artificio, con acciones directas que duran apenas diez minutos, aunque resuenan mucho más.

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Fotografía: Mariam Bustos.

Esta propuesta pone a prueba al arte como acompañante incómodo y desafiante, que reitera nuestra presencia y nuestro lugar en cualquier espacio. Ver a alguien entregarse así, sin defensas, obliga a mirarnos con la misma honestidad. Tal vez por eso funciona: porque no pretende explicar nada, porque se sostiene en lo humano y porque, durante quince días, alguien decide estar ahí, expuesta, para recordarnos que sentir también es una forma de resistencia.

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Fotografía: Mariam Bustos.
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