La materia como territorio de imaginación en Dalí Infinito
El Palacio de Gaviria acoge Dalí Infinito, una exposición que recorre la faceta escultórica de Salvador Dalí y amplía la mirada sobre uno de los universos más complejos del arte moderno.

Entrar al Palacio de Gaviria implica aceptar un cambio de ritmo. La arquitectura decimonónica, restaurada con precisión, no funciona solo como escenario: actúa como un interlocutor que amplifica cada pieza. En ese diálogo aparece Dalí Infinito, una muestra que se aleja del imaginario más evidente del artista para concentrarse en su producción escultórica a partir de 1973.
Las obras, procedentes de la colección Clot, revelan un momento particularmente libre dentro de la trayectoria de Salvador Dalí. Aquí, la materia deja de ser soporte para convertirse en idea expandida: cuerpos que se estiran, símbolos que se condensan, formas que parecen suspendidas entre lo tangible y lo imaginado. Las catorce esculturas reunidas funcionan como un mapa de esa exploración.

Entre ellas, piezas como Elefante cósmico o Mujer desnuda subiendo escalera condensan su interés por la descomposición y la ligereza, mientras que otras como Cristo de San Juan de laCruz abren una lectura más espiritual. Cada volumen propone una tensión entre lo clásico y lo onírico, una constante que atraviesa toda su obra.
El recorrido no se limita a la escultura. Dibujos originales permiten entender los paisajes internos del artista, desde el Ampurdán hasta el Mediterráneo, territorios que no solo definieron su biografía, también su manera de mirar el mundo. En estas piezas, la línea es más íntima, casi como si se tratara de apuntes que sostienen todo lo demás.

La presencia de Gala introduce otra dimensión. Más que musa, aparece como un eje emocional que ordena el caos creativo. Su figura se repite en distintos registros, entre lo real y lo simbólico.
Uno de los momentos más densos de la exposición se encuentra en la serie gráfica dedicada a La Divina Comedia. En estas imágenes, Dalí interpreta el viaje de Dante desde una sensibilidad propia, donde lo místico convive con lo inquietante. No hay intención de ilustrar el texto, más bien de expandirlo hacia otros territorios visuales.

La muestra se organiza en núcleos que atraviesan obsesiones recurrentes: religión, ciencia, literatura o cultura popular. En ese cruce, el método paranoico-crítico se vuelve visible como herramienta de construcción, una forma de ordenar lo irracional sin perder su intensidad.
Al final, Dalí Infinito no busca explicar al artista, propone habitarlo. Entre esculturas, dibujos y obra gráfica, la exposición construye una experiencia que se desplaza entre escalas y sentidos, recordando que en Dalí todo está en constante transformación.
