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La V edición de Tiempo de Arte invita a transformar la industria integrando disciplinas, personas y emociones

Hablamos con la fundadora del congreso, Merche Zubiaga, acerca de cómo llegar a un equilibrio amable entre arte y empresa potenciando las virtudes de ambos ecosistemas a través de la reflexión, la colaboración y la construcción de identidad.

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Imagen de la intervención ALMA, en Santander, liderada por Tiempo de Arte.

Paula Polizzotto

A finales de junio de 2020, el artista español Eugenio Ampudia realizó un concierto en el Gran Teatre del Liceu, en Barcelona, presenciado por 2292 plantas. Lo tituló Concierto para el Bioceno y con la ausencia de público humano el artista manifestó una necesidad de cambio tras la pandemia, donde la vida comenzara a situarse en el centro del pensamiento y las artes promovieran alianzas entre entidades humanas y no humanas. El objetivo de este proyecto fue reconocer la importancia de la dependencia entre especies para transformar los vínculos vitales y empresariales en un mundo aislado y paralizado por el Covid.

Esta fue una de las numerosas iniciativas que el mundo del arte llevó a cabo tras cuestionar su papel en la sociedad en medio de una crisis sanitaria, y al igual que Ampudia, otros muchos agentes sociales y culturales cayeron en la misma reflexión. Esta conciencia colectiva determinó la evolución del arte durante los años posteriores, que sucedió en paralelo al desarrollo de una nueva corriente humanista, según la cual el arte existe para expandir la forma en la que se percibe y comprende el mundo, y para ello es necesario integrar disciplinas, emociones y personas. La industria comenzó así a abrir diálogos con diversas estructuras, desde la empresa hasta la ciencia, las finanzas o el deporte. Por tanto, si una de las definiciones de creatividad consiste en conectar lo aparentemente desconectado, esta mirada integradora es la única forma en 2026 de hacer el arte sostenible a largo plazo.

Varios referentes culturales contemporáneos moldean el escenario artístico influenciados por esta corriente. Una de ellas es Merche Zubiaga, fundadora de Tiempo de Arte, el punto de encuentro más importante a nivel nacional entre la cultura y la empresa para la integración de las artes como herramienta de innovación.

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Merche Zubiaga, fundadora de Tiempo de arte, durante la presentación de la I edición del congreso.

A caballo entre Madrid y Cantabria, Zubiaga comenzó con el proyecto hace una década, pero no fue hasta 2022 cuando vio la luz de la mano del Centro Botín y de exponentes como el mismo Ampudia o Phil Terry, fundador del Slow Art Day. El circuito comienza su V edición el 22 y 23 de mayo, en Santander, bajo el lema Futuros posibles: innovación social, empresarial y cultural, y reunirá a filósofos, artistas, empresarios y directivos para reflexionar sobre el papel de las artes y la cultura como motores de transformación social y empresarial.

A lo largo de estas cinco ediciones la primera y más importante misión de Zubiaga fue desterrar el miedo de los artistas a pervertir su obra una vez entablen una relación con la empresa. Para ello Tiempo de Arte crea espacios de debate, reflexión y generación de conocimiento sobre los impactos del arte y la cultura en las sociedades. Y , sobre todo, reafirma el valor humano en medio de lo que a veces parece una deshumanización radical de la industria a causa del triunfo de la IA. ¿Puede la cultura empresarial ayudar a reconducir esta situación y volver a poner al ser humano en el centro? “No se trata de que exista el artista o la máquina, sino de que convivan y construyan juntos. Lo mismo sucede con el vínculo creador-empresa; el desafío está en que ambos comprendan el valor que el otro puede aportarles”, explica Zubiaga. “El arte juega el papel de impulsar los modelos de negocio sostenibles y las empresas deben aprovechar su poder para convertirse en agentes de cambio positivo”.

Dentro de Tiempo de Arte, ALMA es el primer proyecto que materializa la mirada integradora entre arte y empresa. Se trata de una estructura de 1550 m2 situada en el puerto de Santander realizada por el colectivo artístico Boa Mistura e impulsada por la compañía farmacéutica Cantabria Labs. Su fin, rendir tributo al puerto como retrato de la ciudad, fomentar el trabajo en red y generar conversación entre los artistas, la empresa y los habitantes.

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Expertos internacionales en una de las cenas oficiales de Tiempo de Arte.


¿Cómo es la relación actual entre la empresa y el mundo del arte? ¿Cuál es el principal desafío al que se enfrentan?

El principal desafío es que la empresa no vea a las artes como un ornamento, sino como una herramienta que les va a procurar beneficios. Y los beneficios no son solo un Excel, sino también ventajas sociales que harán cohesionar sus equipos y construir perspectivas frescas en un momento de grandes desafíos. Y para el mundo de la cultura, acercarse a la empresa y no sentir que corrompen su creación en favor de un mercantilismo.

Actualmente, ¿los valores pesan tanto como el producto tangible para conectar con la audiencia?

Sí, y cada vez más. Para mí son igual de importantes. Una empresa que no tenga valores, que no tenga un propósito social, se cae. Una empresa para respirar necesita ganar dinero, eso es indiscutible, pero con eso no es suficiente. Necesitamos crear, construir, compartir.

Las grandes empresas se han convertido en los nuevos mecenas del mundo artístico, y además de utilizarlo como estrategia de marketing, estas acciones también ayudan a reafirmar una identidad y unos valores empresariales. ¿Qué buscan las empresas en los artistas para plantearse construir una relación a largo plazo?

Me gustaría creer que buscan la innovación, que entienden que esta relación les proporciona herramientas de innovación empresarial. Siguiendo la línea del nuevo humanismo, defiendo la cohesión de todas las disciplinas: filosofía, matemáticas, ciencia, arte, gestores, y evidentemente, financieros.

Tiempo de Arte se define como un espacio de reflexión para transformar la forma en la que los artistas se presentan en el mundo. ¿Qué lugar ocupa hoy en día la contemplación artística en una sociedad que estimula la distracción constante?

Cobra un sentido muy importante porque, efectivamente, uno de los grandes problemas en la sociedad es la falta de atención. En la falta de atención no hay reflexión, sino caos, que conlleva dolor e insatisfacción. Y aquí comienzan los problemas de salud mental.

¿Tiene el arte la capacidad de seguir generando conciencia?

Es que sólo el arte, sólo la experiencia artística, nuestra capacidad de crear como especie, conseguirá que la sociedad se transforme. Yo creo que no hay otra forma.

Uno de los roles del artista es responder de formas nuevas al mundo que los rodea. ¿Cuál crees que es el papel del artista en la sociedad?

Su papel es trabajar con la sociedad para transformarla. Pero desde todos los espacios, no solo desde su atalaya. Los artistas que tienen la suerte de poder vivir de ello, han de ser conscientes de su aportación a la sociedad. Por ejemplo, la Escuela Superior de Música Reina Sofía les ayuda a entender que su éxito no está solo en subirse como solista a un escenario, sino en profesionalizar sus capacidades e integrarlas en otras estructuras. Hay que reconducir muchas cosas porque cuántos artistas quieren destacar entendiendo que eso es el éxito, cuando probablemente todo lo que podría aportar en una empresa o en otros ámbitos de una sociedad es mucho más relevante que subirse a un escenario o vender una obra por miles de euros.

El capitalismo alimenta esta historia del ‘todo o nada’, en la que se le dice al artista que bien acabará siendo pobre y desconocido o muy famoso y muy rico. En ocasiones, esta dicotomía lo disuade de perseguir sus metas. ¿Cómo puede ayudar la empresa a eliminar este cliché?

Ese es mi sueño, y el de todos los que estamos aquí. Y el de todas las organizaciones líderes, desde las empresas que están mirándonos y participando, hasta los gestores culturales. Efectivamente, hay que romper esto. Esto es lo que estimulamos con el proyecto ALMA. El diálogo entre Cantabria Labs y Boa Mistura ha sido tan rico porque desde el ámbito de la cultura muchas veces se piensa “es una empresa, lo que quiere es dinero y ya está”. Pero ha sucedido algo impresionante porque nos hemos ido parando, escuchando, parando, escuchando. Y al final ambas partes han entendido que uno no tiene que atropellar al otro, sino trabajar juntos. Y además de a sus propias estructuras, también aportan valor al territorio en el que operan.

Para desterrar esta sensación de extremos, ¿sería beneficioso que proliferara una clase media de artistas?

Uy, qué pregunta. Creo que esto aún no existe. Hay una clase alta y una baja. Sería muy beneficioso para el arte que existiera esto. Un artista es también una empresa, y cuando entiende esto, comienza el compromiso real. Ya no está esperando a que venga un mecenas y te ayude, o que haya un dinero público que sostenga una idea. Si el artista toma sus propias decisiones construye una estructura que lo responsabiliza, ahí está la clave.

Con la conquista de la IA, se ha perdido el foco en los matices de la vida, la profundidad, la empatía… y en el mundo del arte, se ha vuelto imposible discernir qué ha sido generado por un artista y qué por un ordenador. ¿Hace falta recuperar el factor humano en la industria?

Hay todo un debate en torno a esto. Lo que yo creo es que si las humanidades hubieran entrado en el mundo de la cultura hace 15 años, cuando se estaban realizando los prototipos y la tecnología comenzaba a hablar, probablemente no estaríamos donde estamos, pero la cultura se ha mantenido al margen. No estamos en una revolución, si no en la evolución y todos tenemos la obligación de estar en ella, no podemos quedarnos aparte. Desde hace cuatro o cinco años el movimiento del humanismo ayudó a que el artista y empresa entiendan que es posible integrar disciplinas para hacer un bien mayor a la sociedad. Y no solo que es posible, sino también necesario.

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