Steve Martin, tomarse en serio la risa

Steve Martin, tomarse en serio la risa

Una escena (o varias) resume la dedicación que Steve Martin (Waco, Texas, Estados Unidos, 1945) ha puesto toda su vida a su trabajo. A su pasión. En los años 70, cuando llenaba más estadios y grandes teatros que una estrella de rock, cuando 25.000 personas pagaban por ver su espectáculo de comedia, él, al acabarlo, […]

Una escena (o varias) resume la dedicación que Steve Martin (Waco, Texas, Estados Unidos, 1945) ha puesto toda su vida a su trabajo. A su pasión. En los años 70, cuando llenaba más estadios y grandes teatros que una estrella de rock, cuando 25.000 personas pagaban por ver su espectáculo de comedia, él, al acabarlo, invitaba a que todos le siguieran al McDonald’s que hubiera enfrente, a una piscina … Les pagaba hamburguesas, se bañaba con ellos. Dejó de hacerlo solo cuando demasiada gente empezó a seguirle y podía “convertirse en algo peligroso”. Pero a ese nivel “de compromiso” entendió siempre su arte. Primero; en comedia; después, en cine. Y siempre, entre medias, en la música.

Martin llegó a la comedia, más o menos, por casualidad. Creció viendo a su padre intentando triunfar como actor y, lejos de que esto le frustrara, le motivó para tener siempre en su punto de mira el show business. Aunque el cine fue siempre el objetivo. “Los monólogos cómicos (stand-up comedy) fueron solo un accidente –admitía en una entrevista con la revista Rolling Stone en 1982–. Estaba intentando encontrar una puerta de entrada al escenario, al show business, y me saqué una actuación mágica que me llevó a los clubs. Me sentía cómico, ese era mi trabajo”.

Entre el escenario y el cine, pasó por la universidad para estudiar Filosofía. Decisión que, aún hoy, cree que marcó todo lo que vino en su vida, incluido y, sobre todo, el éxito. “Cambió lo que creo y pienso”, dijo. Le dio la clave para ese “show mágico”, ese giro extremo, esas pausas, esa personalidad que le convirtieron en una estrella gigante en la década de los 70. En aquellos inicios, intentaba justificar todo intelectualmente, hasta que se dio cuenta de por qué triunfaba: “Era divertido, era estúpido”, concedía. Chaplin, Laurel y Hardy, Jerry Lewis eran sus héroes. Martin empezó escribiendo para otros, pero pronto se dio cuenta de que prefería escribir para él mismo y, más allá de sus giras cómicas, sus apariciones televisivas en Saturday Night Live, por ejemplo, fueron las primeras en atraer a más de un millón de espectadores. Con look hippy o con su impoluto y definitorio traje blanco de tres piezas, era una estrella absoluta sobre los escenarios de Estados Unidos… Hasta que un día se cansó y se bajó de ellos.

“Mi actuación era conceptual. Una vez que el concepto estaba dicho, que todo el mundo lo había entendido, se había acabado… Era el momento de parar las giras. No tenía sentido que siguiera siendo esa persona. Tenía que coger esa fabulosa suerte de no ser recordado exclusivamente como eso”, explicó en el paso de década a los 80. “No anuncié que lo dejaba. Simplemente, lo dejé”.

Abandonó el stand-up en 1981 sin explicaciones y tardó 35 años en volver a subirse a un escenario. En 2016, regresó solo diez minutos para telonear a su admirador e ídolo Jerry Seinfeld. Y después se embarcó en una gira norteamericana con su amigo el también actor Martin Short, y una de las bandas de bluegrass con la que más ha colaborado tocando su preciado banjo, Steep Canyon Rangers, en un espectáculo que acabaría siendo grabado y emitido en Netflix.

[caption id='attachment_5279' align='alignnone' width='1024']Steve Martin,fotografiado en Los A?ngeles en 1974, con el traje blanco que acompan?o? muchas de sus actuaciones. Steve Martin,fotografiado en Los A?ngeles en 1974, con el traje blanco que acompan?o? muchas de sus actuaciones.[/caption]

La confirmación en el cine

Hoy, precisamente gracias a las plataformas y al resurgir de la comedia, Steve Martin ha encontrado un nuevo hueco en una carrera que ya creía apagada. Y eso que, en los 80, al éxito cómico, le siguió el triunfo cinematográfico porque, como hacía con sus espectáculos, se tomó muy en serio la interpretación. Aunque se puede decir que sus inicios en la pantalla grande fueron una continuación del género y el tono por el que se hizo famoso. Un loco anda suelto (The Jerk, en su título original, Carl Reiner, 1979) fue un auténtico bombazo. Recaudó 100 millones de dólares en taquilla cuando había costado menos de cinco y le permitió, por fin, ser aceptado y no cuestionado en Hollywood. Para entendernos: hasta a Stanley Kubrick le gustó la película y negoció con Martin la posibilidad de un filme que, desgraciadamente, nunca llegó a cuajar (y, de hecho, acabó reconvertido en el drama noir Eyes Wide Shut).

En aquel momento, el cómico podía haber optado por el camino fácil. Un loco anda suelto 2 o filmes similares. Y, sin embargo, volvió a sorprender con uno de esos giros que demostrarían su talento, inteligencia y visión en el oficio. Protagonizó el drama musical Dinero caído del cielo (Herbert Ross, 1981). Se la jugó y fracasó. A medias. La película se estrelló en taquilla y críticas, pero para él era un éxito. “Si sigo atrapado haciendo lo mismo, no estoy haciendo lo que secretamente quieren que haga, que es que yo haga lo que quiera”, decía con su habitual sorna. Y lo que quiso hacer es seguir haciendo reír. “Si pudiera volver atrás, lo único que cambiaría sería hacer mis películas más graciosas”, confesaba en los 90. Aunque había alcanzado (y alcanzaría hasta bien entrado el siglo XXI) cuotas de risas, taquilla y admiradores pocas veces vista gracias a títulos como Tres amigos, Mejor solo que mal acompañado, Un par de seductores, El padre de la novia, Bowfinger, Doce en casa

¿Una retirada anunciada?

Si el éxito se mide en la capacidad de elección, ha habido pocos como Steve Martin, quien, efectivamente, siempre ha hecho lo que ha querido. Y haciéndolo, ha sumado éxito tras éxito en todos los campos: libros, discos (¿quién consigue triunfar tocando el banjo?), shows en directo, cine… ¿Y el último? Series de televisión. Tras una última década en la que le costó reencontrar su sitio en pantalla, pero que dedicó a su familia (está casado desde 2007 con la periodista Anne Stringfield, con quien tuvo su hija en 2012), en 2021 volvió al foco con Solo asesinatos en el edificio, una serie creada, escrita, producida y protagonizada por él, acompañado en pantalla con el mencionado amigo Martin Short y la estrella juvenil Selena Gomez. En ella interpreta a un actor que también vivió épocas mejores, pero al que hoy solo los veteranos recuerdan. Algo que para Steve Martin cambiará, precisamente, por este título y que podría ser el último. O eso dijo él en la promoción de la segunda temporada y con la tercera en camino (estrenada en agosto en Disney+). “Cuando esta serie se acabe, no voy a buscar otras”, dijo en The Hollywood Reporter. “No voy a buscar otras películas. No quiero hacer cameos. Este es, extrañamente, el final”. Aunque, por suerte para sus miles de admiradores acumulados en generaciones, quizá sea solo un farol porque su mente creadora no puede detenerse automáticamente. “No es que esté interesado en jubilarme, no lo haré, pero sí me gustaría trabajar un poco menos. Quizá”. Quizá.

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