El orgullo de vestir de negro
Los equipos Black Fern Sevens y All Blacks Seven son un excelente ejemplo de la cultura deportiva en Nueva Zelanda y también del espíritu que preside la identidad de Tudor.

Ricardo Balbontín
En Nueva Zelanda, vestir la camiseta negra es mucho más que representar a una selección. Es asumir una historia, una cultura deportiva y una responsabilidad colectiva que se traspasa de generación en generación. Una filosofía que se respira tanto en las formaciones de las Black Ferns Sevens como en los All Blacks Sevens; el rugby seven no solo es una modalidad marcada por la velocidad, el espacio y la exigencia física, sino también una forma de expresar identidad, conexión y orgullo nacional.
En ese relato de identidad, rendimiento y legado también se enmarca la presencia de Tudor como socio principal, una firma que ha encontrado en el rugby neozelandés un territorio natural para expresar su filosofía. La firma relojera acompaña a los All Blacks y a las Black Ferns en sus equipos de XV y de seven desde una narrativa construida en torno a la precisión, la resistencia y la capacidad de asumir grandes desafíos. Su lema, “Born to Dare”, conecta con una modalidad como el rugby seven, donde cada segundo cuenta, cada decisión se toma bajo presión y cada jugador se enfrenta a un escenario de máxima exigencia.

La asociación con Tudor refuerza, además, la dimensión simbólica de la camiseta negra. Igual que un reloj deportivo se mide por su fiabilidad en condiciones extremas, los equipos neozelandeses construyen su prestigio sobre la regularidad, la fortaleza mental y la capacidad de responder cuando el partido entra en sus momentos más difíciles. En el caso de las Black Ferns Sevens y los All Blacks Sevens, esa presencia no funciona únicamente como un patrocinio, sino como una alianza entre dos universos que comparten códigos similares: tradición, rendimiento, carácter y una permanente voluntad de superar límites.
Las jugadoras de las Black Ferns Sevens lo viven desde el peso de un legado que se ha construido durante años. Así, Dani define formar parte de este grupo como “un enorme privilegio”. Para ella, la camiseta negra representa mucho más que el rendimiento deportivo: “El legado que tiene este equipo y toda la gran historia que viene de antes de nosotras significa muchísimo”. En su caso, el orgullo nace de representar a Nueva Zelanda, pero también de pertenecer a “un equipo tan importante para nuestro país y para el deporte de nuestro país”.

Justine McGregor comparte esa mirada de respeto hacia quienes abrieron el camino. Recuerda que las jugadoras anteriores “lucharon históricamente para hacer que esta camiseta sea histórica” y entiende el presente como una oportunidad para continuar esa construcción. “Tenemos el privilegio de mantener nuestro legado y seguir construyéndolo, de establecer nuevas alturas y nuevos estándares”, afirma. Maya Davis, en su segundo año con el grupo, habla desde una perspectiva más personal. Para ella, vestir la camiseta de las Black Ferns es “la cima”, el objetivo que persiguió desde que empezó a jugar al rugby con solo cuatro años. “Ha sido mi meta durante todo mi camino como jugadora”, reconoce.
En el equipo masculino, los All Blacks Sevens también entienden la camiseta negra como una plataforma única, aunque vinculada a la libertad que ofrece esta modalidad. Bradley destaca la oportunidad de “viajar por el mundo, jugar en el escenario internacional y mostrar lo que puedes hacer”. A diferencia del rugby XV, donde la estructura del juego tiene un peso mayor, el seven permite una expresión más individual. “No es como el quince, donde tienes que ceñirte a una estructura. Aquí tienes la oportunidad de mostrar lo que puedes hacer personalmente”, explica.

Nigel coincide en esa lectura. Para él, el atractivo del seven está en su ritmo, en su exigencia y en la imposibilidad de esconderse. “En el quince puedes desaparecer un poco, pero en el sevens no te puedes esconder”, señala. Dentro del equipo tienen una frase que resume esa realidad: “El juego te va a encontrar”. Regan añade una mirada todavía más física y emocional. Reconoce que le atraen especialmente los momentos de sufrimiento extremo: “Disfruto esos momentos en los que el sevens se pone realmente duro, cuando sientes que estás en un agujero absoluto. Hay algo en ese dolor que realmente me encanta”.
Esa intensidad obliga a una preparación muy cuidada durante las semanas de competición. En el caso de las Black Ferns Sevens, la planificación varía según el clima, los horarios de los partidos o la duración del torneo. Dani explica que, en una competición de tres días, el reto no está solo en jugar, sino también en adaptarse a factores como el calor. “La recuperación siempre es obligatoria”, subraya. Para Justine, la clave está en no mirar demasiado lejos: “Nos centramos en nuestra siguiente tarea. No miramos demasiado hacia el futuro, sino que nos enfocamos en nuestro primer partido y en hacerlo bien”.
La conexión del grupo es otro de los pilares compartidos por los dos equipos. Antes de competir, las Black Ferns Sevens suelen reunirse en círculo para activarse con música, bailes o juegos tradicionales de Nueva Zelanda, como el pūkana. Justine asegura que esta rutina “marca el tono, saca un poco de diversión, nos pone sonrisas en la cara y nos conecta”. Dani, por su parte, mantiene un gesto personal: lleva un vendaje debajo de la camiseta con su versículo favorito escrito. “Siempre que salimos por el túnel tengo que agarrarlo”, cuenta. Maya también busca calma antes de salir al campo agarrando las manos de la compañera que tiene delante y de la que tiene detrás. “Es una forma de calmar los nervios”, explica.
En el equipo masculino, la música y el canto cumplen una función parecida. Bradley cuenta que, antes de salir a calentar, el grupo suele cantar “una canción local, nativa”. Nigel relaciona ese gesto con una parte esencial de la cultura neozelandesa: “En Nueva Zelanda, la conexión es algo muy importante, y también la conexión con el lugar de donde venimos”. Para ellos, cantar no es solo una costumbre previa al partido, sino una manera de reforzar la unidad y mantenerse en el presente. “Nos distrae un poco del rugby y nos mantiene presentes en el momento”, añade.
La relación entre ambos equipos también refleja esa idea de familia dentro del seven neozelandés. Las Black Ferns Sevens conviven de cerca con los All Blacks Sevens cuando están en casa, comparten espacios y se ven a diario. Dani define el vínculo como “muy cercano” y destaca que en el entorno del rugby seven de Nueva Zelanda se respira “un ambiente de familia”. Justine lo expresa con naturalidad: “Los veo como hermanos mayores”. Incluso durante los viajes, encontrarse con ellos en hoteles o torneos supone tener “un pedacito de casa” cerca.
Desde el lado masculino, Regan subraya la admiración que sienten por las Black Ferns Sevens y por el éxito que han construido durante los últimos años. “Siempre somos grandes seguidores de las chicas, de su cultura, de la forma en que entrenan y de cómo juegan”, asegura. Aunque bromea con que este año han podido ver muchas de sus finales porque ellos quedaron eliminados antes de semifinales, insiste en que el apoyo es total: “Siempre estamos detrás de ellas”.
El crecimiento internacional del rugby seven también forma parte de la mirada de los All Blacks Sevens. Regan destaca especialmente la evolución de España en los últimos años. “Han evolucionado bastante. El estilo de rugby que juegan es muy rápido y errático, y a nosotros, como neozelandeses, nos cuesta jugar contra equipos así”, reconoce. Para un equipo acostumbrado a estructuras más definidas, enfrentarse a un rival con ritmo, velocidad y desorden constante supone un reto importante. “He disfrutado mucho jugando contra España en los últimos dos o tres años. Ha sido una buena batalla”, añade. Nigel también valora el desarrollo del sistema español: “Se puede ver el crecimiento y los jugadores que están saliendo ahora de España”.
A nivel competitivo, las aspiraciones siguen siendo máximas. Bradley mira hacia los Juegos Olímpicos de 2028 como gran objetivo. Nigel, por su parte, guarda como uno de sus mayores orgullos haber disputado dos Juegos Olímpicos. “De donde yo vengo, la gente no suele salir demasiado”, afirma. Por eso, haber llevado a su familia al escenario mundial es algo que conservará siempre. Regan recuerda como gran hito el oro en los Juegos de la Commonwealth de 2018, aunque mantiene una ambición pendiente: “He estado en tres Juegos Olímpicos y lo máximo que he conseguido es una plata. Si mi cuerpo aguanta y me seleccionan para los próximos Juegos, estaría encantado de ir a por el oro”.
Entre la tradición, la exigencia física, el orgullo cultural, la ambición competitiva y el respaldo de Tudor como socio principal, las Black Ferns Sevens y los All Blacks Sevens representan dos caras de una misma identidad. En ambos equipos, la camiseta negra funciona como símbolo de pertenencia, responsabilidad y excelencia. En un deporte donde el espacio se abre, el juego se acelera y cada acción puede decidir un partido, Nueva Zelanda sigue defendiendo una idea muy clara: el talento importa, pero la conexión, el legado y la capacidad de sufrir juntos son los elementos que sostienen a un equipo.