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Familia Alfaro, sin perder la identidad

Alfaro 1926 cumple un siglo de vida y se mantiene como uno de los referentes textiles de Madrid. Un éxito que no tiene otra receta que trabajo, esfuerzo y pasión; tres claves que han pasado de generación en generación.

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Tercera y cuarta generación representados en padre e hijo y que comparten nombre. Hilario Alfaro, fotografiados el espacio de la calle Serrano.

RICARDO BALBONTÍN

FOTOGRAFÍA: JACOBO MEDRANO

En 1926 se instalaba en Madrid, en la Gran Vía, el primer semáforo de España, pero no fue la única novedad. También surgía un negocio textil familiar que ha cumplido nada menos que cien años de vida: Alfaro 1926. Como dicen en la firma (representada en esta ocasión en las figuras de padre e hijo, que también comparten nombre, Hilario, aunque hay que mencionar también a Mercedes y Cristina para completar el círculo familiar y generacional), después de cien años de oficio, Alfaro 1926 afronta su centenario en uno de los mejores momentos de su historia.

La firma madrileña, dirigida actualmente por la tercera generación familiar y donde la cuarta ya tiene un elevado protagonismo, atribuye su continuidad a “una combinación de trabajo, respeto entre generaciones y capacidad para adaptarnos a los cambios del mercado sin renunciar a nuestra identidad”, dice Hilario hijo con la aquiescencia de su padre.

Pero hay más, como bien expresa el director general de la compañía y tercera generación en el negocio: “Trabajo, esfuerzo y pasión. Esas son las tres palabras que resumen una trayectoria iniciada en 1926. Durante este tiempo, la empresa ha sobrevivido a una guerra, la posguerra, la llegada del turismo, las transformaciones sociales y la irrupción de las grandes cadenas textiles”.

La fórmula para conseguirlo ha consistido en interpretar cada época: “Ha ido cambiando la forma de comprar del cliente y nosotros hemos ido cambiando la forma de vender”. En una compañía familiar, sin embargo, la continuidad no depende únicamente del producto. El equilibrio entre experiencia y nuevas ideas resulta fundamental. “La palabra respeto lo es todo”, afirman ambos. Esa convivencia ha permitido formar “un muy buen equipo” que ha aprendido también del pasado, reconocen, convencidos de que “la generosidad y la confianza son indispensables para garantizar un relevo ordenado”.

Cuando se analizan los factores del éxito, los Alfaro son claros. “Además del producto, hay que hablar de la artesanía en el trato: una atención personal, cercana y especializada que se ha perdido en buena parte del comercio contemporáneo. No hay mucho misterio: un buen producto, tejidos innovadores y, después, el trato. Pero hay que hacerlo realmente bien”.

Para Alfaro 1926, además, el éxito no está únicamente en conseguir una venta, sino en lograr que el cliente regrese y recomiende la experiencia. “La empresa –dicen– mantiene compradores de segunda y tercera generación, pero también ha incorporado a un público más joven e internacional”.

La evolución de Madrid ha resultado decisiva. “En algunas zonas comerciales –añaden–, gran parte de las ventas se realiza ya en inglés. El éxito comercial de Madrid está en la mezcla entre el comercio local y el internacional”. El futuro de Alfaro 1926 se contempla con ambición, pero sin alterar la esencia de la casa. “Tenemos que buscar personas que piensen con 15 años de antelación, que estén pensando ya en el Madrid de 2040”, aseguran.

En ese horizonte, tienen claro que “sabemos muy bien quiénes somos, qué somos y hacia dónde queremos ir. Alfaro 1926 seguirá incorporando nuevas tecnologías y explorando formas de relacionarse con el consumidor, pero con los valores que la han acompañado desde hace un siglo. Nos adaptaremos bien, como lo hemos hecho los últimos cien años”. A todo ello se suma una última clave, menos empresarial pero igualmente importante: disfrutar del camino. “Una de las razones por las que hemos llegado hasta aquí es que nos lo hemos pasado bien”.

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