Harry Houdini, una vida mágica
Hace 100 años moría uno de los mayores ilusionistas de todos los tiempos, el principio de una sólida leyenda.
Luis Ini
Mucho más que un hábil artista de la prestidigitación y el escapismo, Harry Houdini (1874-1926), maestro en autopromocionarse, actuó en cine, fue empresario y productor de sus propios espectáculos y filmes, y continúa siendo reverenciado por quienes han hecho de la magia un oficio o una forma de vida.
Nacido como Ehrich Weisz en Budapest, llegó a los cuatro años con su familia a Appleton, Wisconsin, donde su padre ejercía como rabino. A los 12, se escapó para seguir la funambulesca vida de un circo. Conoció trabajos callejeros y aprendió el oficio de cerrajero –enseñanza que le sería vital–, pero algo cambió definitivamente cuando leyó las memorias del célebre mago francés Jean-Eugène Robert-Houdin, a quien homenajeó en su apellido artístico.

Desde los vodeviles neoyorquinos cimentó su fama como el hombre capaz de despojarse de cadenas, camisas de fuerza y esposas, aunque no de todas: allí conoció a Wilhelmina Beatrice Rahner, Bess, su compañera hasta el final. Quedan testimonios fílmicos de sus fugas: Houdini colgado cabeza abajo de una grúa, encerrado en cajas arrojadas al agua o evadiéndose de celdas policiales. Tras la muerte de su madre, frecuentó médiums y espiritistas en busca de algún contacto con ella. Encontró farsantes a los que desde entonces se dedicó a desenmascarar con perseverancia.
Su muerte, a los 52 años, tampoco escapa al mito. La causa oficial fue peritonitis por rotura del apéndice; sin embargo, quedaron versiones que la relacionan con un golpe recibido días antes e incluso teorías sobre un envenenamiento a manos de espiritualistas rencorosos. Un último pacto quedó pendiente entre los esposos Houdini: si desde las sombras de la muerte él encontraba la manera, intentaría comunicarse con Bess, quien durante diez años participó en sesiones para recibir la señal convenida. “Mira esta vida: todo es misterio y magia”, dijo en alguna ocasión.