La rectitud de las curvas
Las tendencias en decoración se difuminan en beneficio de la personalidad. Pero algunas se imponen: como las formas sinuosas, los colores llamativos en pequeñas dosis y las texturas en contraste.
ANA DOMÍNGUEZ SIEMENS
De todos es sabido que ya hace años que las tendencias dejaron de ser unívocas, estrictas y dominantes. Estamos en tiempos en los que prima la idea de distinguirse de las corrientes, de buscar un vocabulario estético o conceptual que hable de cada uno de nosotros en la vertiente más personal. Nuestras casas transmiten quiénes somos, son expresión de nuestro gusto, pero también de nuestra personalidad. Y aún así, cuando asistimos a los eventos relacionados con la industria del diseño, siempre advertimos tendencias, con frecuencia opuestas entre sí, pero que son un lugar refugio para quienes no se sienten seguros de su propio criterio y se dejan llevar por las directrices que les dictan las modas, aunque, por suerte, tienen mucho donde elegir.

Últimamente, se ha evolucionado hacia interiores que priman lo táctil y sensorial, un modo sutil y discreto de expresar el lujo que deja de depender tanto de las apariencias de riqueza que implican los materiales preciosos, la abundancia de brillos y las formas excesivamente ornamentadas. Estamos en la era de la imperfección, que aporta un toque natural y la huella del ser humano a los espacios que habitamos. Se eligen piedras con vetas visibles, cerámicas irregulares, maderas con nudos, metales envejecidos… Eso sí, todo lo que implique una curva exagerada es celebrado, desde paredes o elementos divisorios (como biombos) sinuosos hasta piezas de mobiliario de todo tipo; desde sofás ondulados hasta mesas de perfil serpenteante o butacas de suaves curvaturas. Este tema se acentúa con volúmenes rotundos, macizos y, en algunos casos, incluso pesados; en ese sentido, los muebles pequeños, como las butacas, son su mejor exponente, pequeñas y compactas, con un aire escultórico que les aporta una decidida presencia en un interior. Sin olvidarnos de la importancia y protagonismo que van adquiriendo las grandes luminarias de techo que flotan en un ambiente como si de aéreas esculturas de definidos volúmenes se tratase.

La combinación de estos elementos curvados y envolventes en un espacio de paredes enyesadas, de ladrillo visto o de suelos de microcemento es lo que se ha dado en llamar soft brutalism, una etiqueta que es leitmotiv de buena parte de la decoración contemporánea. En este contexto, las texturas adquieren una relevancia significativa: maderas cepilladas, piedras de acabado rugoso, vidrios texturizados, cueros envejecidos, tejidos con cuerpo como el terciopelo o el mohair… Se trata de contraponerlos, de que resalten unos frente a otros por sus evidentes diferencias en sus sensaciones palpables; el contraste es el objetivo principal porque aporta sorpresa e interés. Así, adquieren protagonismo elementos de factura artesanal, con esos acabados irregulares e imperfectos, como las cerámicas de gran tamaño o los vidrios coloridos de superficie rugosa.
Curiosamente, esto no está reñido con los avances en tecnología, sino que esta se suma con inteligencia a lo artesanal, algo que se ve particularmente en el modo en que se diseñan las cocinas, combinando los últimos avances técnicos con acabados y materiales que dan la impresión de estar hechos a mano, un acierto a la hora de integrarlas en salones, comedores o terrazas de un modo fluido, compartiendo no solo espacio sino materiales y estética con el resto de ambientes, de modo que la cocina como espacio aislado y diferenciado desaparezca para formar parte de una idea mas amplia y unificada del interiorismo total. Pero, al tiempo que la tecnología se hace cada vez más relevante, también desaparece de la vista, integrando detalles como son los interruptores, televisores, altavoces o la iluminación con la arquitectura de un modo discreto y eficaz.

Los colores se adaptan a esa inclinación por la calidez y lo natural, de modo que quedan atrás los blancos puros y los grises fríos para dar paso a tonalidades terrosas que nos acercan a una sensación de cercanía a la naturaleza. Triunfan los tonos marrones, ocres, mantequilla, caramelo y arenosos, pero se les añade potencia combinándolos con inesperadas tonalidades de azules claros, rosados arcilla, con algunos burdeos o con el que mucho ven como el color estrella, el verde jade. Para las pequeñas dosis, se suman los colores vivos sin que dominen el espacio y que pueden aportarse en cojines, mantas, objetos e incluso en un mueble pequeño que ponga el acento en un ambiente neutro.
Merece también mención la importancia cada día mayor que adquieren las piezas de coleccionismo, muebles y objetos únicos o de ediciones limitadas, en la frontera entre el diseño y el arte, que están tomando un protagonismo inesperado en los interiores contemporáneos. Una declaración de intenciones que demuestra conocimiento y cultura del diseño.