Béla Lugosi, la maldición de Drácula
Cuando el periodista y escritor irlandés Bram Stoker publicó en 1897 su novela Drácula, la obra apenas despertó interés. Estructurada como un relato epistolar, narra la lucha de hombres rectos por preservar la vida y el buen nombre de una mujer frente a las oscuras fuerzas del Mal.

Luis Ini
Cuando el periodista y escritor irlandés Bram Stoker publicó en 1897 su novela Drácula, la obra apenas despertó interés. Estructurada como un relato epistolar, narra la lucha de hombres rectos por preservar la vida y el buen nombre de una mujer frente a las oscuras fuerzas del Mal, encarnadas en un vampiro que alimenta su eternidad con la sangre de los mortales. El cine, algunos años después, rescató la novela del olvido.
En 1922, el director alemán F. W. Murnau estrenó Nosferatu, adaptación no autorizada que modificó nombres y escenarios para eludir los derechos de autor. De fuerte impronta expresionista, terminó convertida en una de las obras maestras del cine.
En 1931, Hollywood hizo suyo al conde transilvano. Los estudios Universal confiaron el papel a un actor nacido en el entonces Reino de Hungría, muy cerca de los Cárpatos que la imaginación popular asociaba con el personaje: Béla Ferenc Dezső Blaskó, conocido artísticamente como Bela Lugosi, con una hasta entonces discreta carrera en teatro y cine.
A su pesar, Lugosi quedó irremediablemente encasillado, incapaz de desprenderse de la sombra de Drácula. A su lento declive contribuyó una antigua herida que arrastraba desde la Primera Guerra Mundial, dolores que derivaron en una dependencia de la morfina que deterioró su salud y aceleró su aislamiento profesional.
Entonces apareció Ed Wood. Lugosi aceptó intervenir en sus proyectos, caóticos y frugales, con escenas que acabarían integrándose en Plan 9 from Outer Space (1959), considerada una de las peores películas jamás filmadas. Décadas después, Tim Burton reconstruyó la relación entre ambos en la película Ed Wood (1994).
Bela Lugosi murió en 1956. Fue velado con la capa del conde que había vestido durante años. Hubo otros Dráculas después, algunos memorables, pero ninguno logró desplazar la imagen que él fijó para siempre en el imaginario popular. Ya en el ocaso de su vida, el propio Lugosi admitió: “Drácula nunca termina. No sé si es una bendición o una maldición”.