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Elogio de la ociosidad

La lógica de la productividad y las obligaciones de la convivencia digital en redes han modificado la forma en la que entendemos –y vivimos– nuestro ocio. Este verano les proponemos hacer de la mirada una ocupación.

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Para el recuerdo, su baño de sol al natural (cubierta púdicamente por un libro) en la película El desprecio, de Jean-Luc Godard.

Rubín de Celis

Hay tardes de verano en las que calles y plazas se vacían, tendidas bajo un sol ya declinante, aunque todavía furioso. Incluso los turistas se lo toman con calma y, a ratos, uno puede llegar a creerse solo en el edificio (y hasta en el barrio). Con menos obligaciones –o quizá sea un espejismo provocado por la jornada reducida–, los días parecen, además de dilatados, más tranquilos; y la proximidad de las tan ansiadas vacaciones hace que cuerpo y mente se alíen para pedirnos bajar el ritmo en un adelanto a cuenta de lo que pronto llegará. Paradójicamente, cada vez nos resulta más difícil frenar. ¿Por qué?

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Cocó Chanel, icono de la moda del siglo XX e incondicional de la principesca Costa Azul, de la que fue uno de sus personajes más célebres, engalanada incluso para un paseo por las playas de Montecarlo. La elegancia es algo así como el carácter; no podemos fingirla. Para la historia, una de sus máximas más rotundas: “Vístete hoy como si fueras a conocer a tu peor enemigo”.

En primer lugar, como señala el filósofo coreano Byung-Chul Han en su imprescindible La sociedad del cansancio –una de las palabras clave de nuestra época–, porque la generalizada admisión de la lógica capitalista de la productividad –‘vales lo que produces’– nos ha llevado “a explotarnos a nosotros mismos voluntariamente, creyendo que así nos realizamos”, algo radicalmente falso, como veremos. Y, por otra parte, porque una constante ocupación –y la falta de tiempo libre derivada de ella– funciona en no pocos ámbitos como signo de estatus profesional, social, intelectual: a menor tiempo disponible, mayor es la percepción de nuestro éxito.

Otro filósofo igualmente antisistémico, William Goodwin, célebre hoy, más que por sus escritos, por ser el padre de Mary Shelley, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo, razonaba ya en el cambio de los siglos XVIII y XIX: “¡Pobre del hombre que está eternamente ocupado, acuciado por la agitación de un cúmulo de obligaciones, de ocupación en ocupación, sin períodos intercalados de recolección, contemplación y reposo! Un hombre tal ha de ser inevitablemente bruto y vulgar, duro y sin delicadeza; el tipo de hombre con el que ningún alma generosa desearía relacionarse”. ¿A cuántos hombres y mujeres así conocen?

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La lectura es un clásico absoluto de las vacaciones del verano. En la imagen, la modelo y actriz italiana Elsa Martinelli, a la que Rino Gaetano equiparó en una célebre canción con una gacela por su esbeltez y gracilidad, lee atentamente el diario conservador The Times durante una visita a la capital del Reino Unido. Imítenla, y lean.

Sea como sea, la cuestión es que el ocio ha dejado de entenderse de forma consensuada como un espacio de libertad (y, generalmente, de descanso) para cargarse de nuevas exigencias, tanto sociales como personales. Y ya no nos ofrece momentos sin obligaciones, sino que nos plantea nuevas situaciones –muchas de ellas virtuales– en las que, por supuesto, hay que mostrarse activo, competente y feliz (posteando en Instagram Stories de las clases de wing foil o fotos de un Aperol Spritz que compite en destellos anaranjados con el atardecer, por ejemplo).

Ahora, el problema no está en ser personas activas, sino en el hecho de generar relaciones problemáticas con la desconexión y el descanso: el conflicto aparece cuando la inactividad genera inquietud, malestar o, en el peor de los casos, sensación de culpabilidad. Y algunos de los síntomas que lo revelan son el agotamiento físico y emocional, la irritabilidad, la dificultad para conciliar el sueño o una actitud de permanente alerta. Pero no nos adelantemos.

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Todos los caminos conducen a la Costa Azul: el polifacético Jean Cocteau, como si de una fuerza magnética se tratara, convirtió aquel paraíso en su centro de operaciones durante los años 50.

Presidente del jurado del Festival de Cannes, decora la Villa Santo Sospir en Saint-Jean-Cap-Ferrat, pinta los frescos de la Capilla de los Pescadores de Villefranche y rueda en Antibes Viaje al país de lo insólito.

“Es larga la lista —reconoce— de los poetas y pintores refugiados en estas costas que constituyen un adorno de ellas. Matisse y Picasso nos dieron el ejemplo”.

En su clásico Elogio de la ociosidad, Bertrand Russell juzgaba que “el buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo; (…) consecuencia de la tranquilidad y la seguridad [a las que nosotros sumaríamos la consciencia y la serenidad] y no de una vida de ardua lucha”. Totalmente de acuerdo, hoy como entonces. Frente a la saturación, el agotamiento, la ansiedad y el desgaste, tan comunes en nuestra sociedad –conectados con problemas de salud como la ansiedad, el estrés crónico, el llamado síndrome de burnout e incluso cuadros depresivos–, proponemos un reseteo estival que nos permita focalizar en nosotros mismos habilitándonos para repensar la existencia.

Porque somos de los que creen firmemente que la ociosidad es, si no el fin último, sí al menos la tendencia definitiva de la humanidad. Ninguna pérdida de tiempo: no hablamos de amnésicas horas haciendo scroll en la pantalla del móvil ni de bulímicos atracones, una temporada tras otra, de la serie del momento. Y en absoluto una excentricidad, más bien todo lo contrario: una necesidad urgente de descompresión en nuestras tensas, hiperactivas, impacientes y autoexigentes vidas. La apertura de un feliz paréntesis –un estado de ánimo liberado– que en la práctica abre nuestra disposición receptiva a percibir la realidad circundante y reconectar con uno mismo en una existencia a la busca de sentido más allá de las insuficientes satisfacciones de la productividad laboral y el consumo de un ocio estandarizado, insípido y banal.

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Un Picasso marino, sin su habitual camiseta a rayas, retratado por Edward Quinn en una imagen insólita, nadando en las aguas del turístico y provenzal Golfe-Juan, situado entre Cannes y Antibes, en el verano de 1954.

Aquel fue un año prolífico y de renovación en la vida y la obra del pintor y, quizás, de ahí este revitalizador chapuzón estival.

Hablamos de adoptar un modo contemplativo; de “sentir como quien mira; pensar como quien anda”, según la recomendación de Fernando Pessoa (bajo el heterónimo de Alberto Caeiro) en unos célebres versos. ¿Y qué requiere ese modo contemplativo del que hablamos? Lo primero, recogimiento. Dejar de hablar y mirar hacia adentro, escucharnos a nosotros mismos. Y, después, utilizando esa fea ecuación lingüística que ha terminado por imponerse, tiempo de calidad.

Frente a la dispersión con la que recibimos los miles de estímulos diarios, consciencia para sumergirnos en sensaciones y pensamientos, estados de ánimo y reflexiones. Es, en fin, la combinación de un laissez faire en lo que sucede a nuestro alrededor, que cristaliza en plegarnos sin prisas ni ansiedades a los acontecimientos, y una focalización interna que dirija nuestra atención de manera consciente hacia los propios estados, sensaciones físicas, pensamientos o emociones.

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Por sus piernas la conoceréis: la sex-symbol Brigitte Bardot, oportunamente relajada en ambas imágenes —en la hamaca y al borde de una piscina—, rivaliza con la belleza del paisaje al fondo, derrotándolo. Para el recuerdo, su baño de sol al natural (cubierta púdicamente por un libro) en la película El desprecio, de Jean-Luc Godard.

Claro que la introspección supone, de partida, abrir la puerta a la revaluación de nuestros valores y prioridades; la constatación, junto a los objetivos alcanzados, de propósitos frustrados o extraviados; y finalmente al cuestionamiento del sentido de nuestra vida. Se dice pronto, sí, pero recordemos la advertencia del poeta: “Allá donde está el peligro / crece también lo que nos salva de él”.

Por ello, y para acabar, les proponemos olvidarnos este verano de las vacaciones consumidas no tanto por su valor de uso –esto es, por ellas mismas; por las experiencias y encuentros que nos brindarán– como en razón de su valor de cambio, merced al prestigio social (físico y virtual) que nos confieren. Dediquemos nuestro precioso tiempo libre –libérrimo– a contemplar, a pensar, a sentir y, por qué no, a compartir sin exigencias ni imposiciones. Sin objetivos concretos ni resultados evaluables. Reflexionemos sobre nuestras prioridades reales y la vida que llevamos, cultivemos pasiones y amistades, redescubramos el auténtico placer… y esperemos cruzarnos con la felicidad, que nos aguarda en algún lugar siempre que no andemos en su busca. ¡Buen verano!

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