Foto AGE Fotostock

Lorca, 90 años después: 5 poemas para volver a su universo

Noventa años después de su asesinato, Federico García Lorca sigue siendo una figura imprescindible de la literatura española. Estos cinco poemas permiten recorrer su universo de deseo, muerte, belleza, libertad y misterio.

Foto AGE Fotostock
Foto- AGE Fotostock

El 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue asesinado en Granada, en los primeros compases de la Guerra Civil española. Noventa años después, su nombre no pertenece únicamente a los libros de literatura: aparece en canciones, exposiciones, escenarios y hasta en la cultura pop. Y quizá ahí reside una de las mejores pruebas de su vigencia: Lorca no envejece, se reinventa. Poeta y dramaturgo de la Generación del 27, nacido en Fuente Vaqueros en 1898, convirtió Andalucía, la tradición popular y sus propias obsesiones en un lenguaje radicalmente moderno.

Si hubiera que abrir una puerta de entrada a su obra, “Romance sonámbulo” sería una candidata irresistible. Publicado en Romancero gitano (1928), es el Lorca de la noche, el verde, la luna, el deseo y la tragedia, con una musicalidad que parece pedir guitarra y madrugada. “Verde que te quiero verde” se convirtió en uno de sus versos más reconocibles y resume esa capacidad del poeta para transformar una imagen aparentemente sencilla en un territorio entero de símbolos. Es el Lorca popular, sí, pero también el sofisticado: aquel capaz de hacer que tradición y vanguardia bailaran juntas.

federico garcia

Después llega “La aurora”, de Poeta en Nueva York, donde el poeta cambia radicalmente de paisaje. La Granada de los romances deja paso a una Nueva York gigantesca, capitalista y deshumanizada, observada desde la soledad y el desconcierto. Aquí aparece un Lorca mucho más oscuro y experimental, fascinado y horrorizado a partes iguales por la gran ciudad. El resultado es una poesía de imágenes vertiginosas que demuestra que su duende también podía vivir entre rascacielos, multitudes y máquinas.

“La cogida y la muerte”, perteneciente a Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, muestra al Lorca elegíaco y obsesionado con el tiempo. Es imposible hablar de este conjunto sin recordar su célebre “A las cinco de la tarde”, una hora que deja de ser una simple referencia para convertirse en un reloj detenido alrededor de la muerte. Y para completar el recorrido aparece “Gacela de la terrible presencia”, perteneciente a Diván del Tamarit, donde deseo, amor y muerte vuelven a mezclarse con esa intensidad tan característica del poeta. En Lorca, por cierto, el amor rara vez llega solo: suele traer consigo una sombra, un caballo, una herida o la luna.

Foto CordonPress
Foto- CordonPress

El quinto poema podría ser “Romance de la luna, luna”, una de las piezas más hipnóticas de Romancero gitano. Un niño, una fragua y la luna construyen una escena aparentemente sencilla que termina convertida en una pequeña tragedia sobre la muerte. Noventa años después, la obra de Lorca continúa demostrando que la poesía puede ser popular sin ser sencilla, profunda sin resultar solemne y moderna sin renunciar a sus raíces. Su asesinato intentó silenciar una voz; la historia hizo exactamente lo contrario. Hoy, sus versos siguen cantándose, reinterpretándose y llegando a nuevas generaciones —de Camarón y Paco de Lucía a Rosalía, Lola Índigo o Guitarricadelafuente—, como si aquel joven granadino hubiera encontrado la manera más elegante de ganarle la partida al tiempo.

Foto CC
Foto- CC

Romance sonámbulo (primeras estrofas)

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.

Con la sombra en la cintura

ella sueña en su baranda,

verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

Verde que te quiero verde.

Bajo la luna gitana,

las cosas le están mirando

y ella no puede mirarlas.

Verde que te quiero verde.

Grandes estrellas de escarcha,

vienen con el pez de sombra

que abre el camino del alba.

La higuera frota su viento

con la lija de sus ramas,

y el monte, gato garduño,

eriza sus pitas agrias.

¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?

Ella sigue en su baranda,

verde carne, pelo verde,

soñando en la mar amarga.

(…)

El romance de la luna, luna

La luna vino a la fragua

Con su polisón de nardos.

El niño la mira mira.

El niño la está mirando.

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña lúbrica y pura,

sus senos de puro estaño.

–Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos

harían de tu corazón

collares y anillos blancos.

–Niño, déjame que baile.

Cuando vengan los gitanos,

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

–Huye luna, luna, luna,

Que ya siento sus caballos.

–Niño, déjame, no pises

mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba

tocando el tambor del llano.

Dentro de la fragua, el niño

tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,

bronce y sueño, los gitanos.

Las cabezas levantadas

y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,

ay cómo canta el árbol!

Por el cielo va la luna

con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,

dando gritos, los gitanos.

El aire la vela vela.

El aire la está velando.

La aurora

La aurora de Nueva York tiene

cuatro columnas de cieno

y un huracán de negras palomas

que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime

por las inmensas escaleras

buscando entre las aristas

nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca

porque allí no hay mañana ni esperanza posible.

A veces las monedas en enjambres furiosos

taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos

que no habrá paraíso ni amores deshojados;

saben que van al cieno de números y leyes

a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos

en impúdico reto de ciencias sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes

como recién salidos de un naufragio de sangre.

Nana del caballo grande (primera parte)

Nana, niño, nana

del caballo grande

que no quiso el agua.

El agua era negra

dentro de las ramas.

Cuando llega el puente

se detiene y canta.

¿Quién dirá, mi niño,

lo que tiene el agua,

con su larga cola

por su verde sala?

Duérmete, clavel,

que el caballo no quiere beber.

Duérmete, rosal,

que el caballo se pone a llorar.

Las patas heridas,

las crines heladas,

dentro de los ojos

un puñal de plata.

Bajaban al río,

¡ay, cómo bajaban!

La sangre corría

más fuerte que el agua.

Duérmete, clavel,

que el caballo no quiere beber.

Duérmete, rosal,

que el caballo se pone a llorar.

No quiso tocar

la orilla mojada

su belfo caliente

con moscas de plata.

A los montes duros

solo relinchaba

con el río muerto

sobre la garganta.

¡Ay, caballo grande

que no quiso el agua!

¡Ay, dolor de nieve,

caballo del alba!

¡No vengas! Detente,

cierra la ventana

con rama de sueños

y sueño de ramas.

Mi niño se duerme.

Mi niño se calla.

(…)

La Tarara

La Tarara, sí; 

la tarara, no; 

la Tarara, niña, 

que la he visto yo. 

Lleva la Tarara 

un vestido verde 

lleno de volantes 

y de cascabeles. 

La Tarara, sí; 

la tarara, no; 

la Tarara, niña, 

que la he visto yo. 

Luce mi Tarara 

su cola de seda 

sobre las retamas 

y la hierbabuena.

Ay, Tarara loca. 

Mueve, la cintura 

para los muchachos 

de las aceitunas

ETIQUETAS:
  • GENTLEMAN
  • Iconos