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Tocados por la elegancia

Tan popular en otros tiempos y más bien arrinconado hoy, el sombrero, más que un simple accesorio, es un clásico que nos demanda atrevimiento y carácter para darnos, a cambio, personalidad y distinción.

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Frank Sinatra, líder del célebre Rat Pack e icono de estilo masculino, lleva un fedora–sombrero flexible de origen italiano– de ala media. Modelo que, años más tarde y gracias a una célebre película de gángsters francesa, pasaría a conocerse como borsalino (el nombre de la compañía que lo inventó y patentó).

RUBÍN DE CELIS

Cada época posee un gusto propio y prefiere ciertos complementos a otros, accesorios mediante los cuales propone su estilo. Por ello, la sociología de la moda, a través de usos y costumbres determinados, de la pujanza de ciertas prendas, recuperándolos comprensivamente, aspira a recomponer el espíritu y la mentalidad de toda una era. Su manera de concebir el mundo y la vida, así como sus formas sociales. A lo largo del siglo XIX y hasta bien entrados los años 60 –al menos– del pasado, el sombrero masculino se usó de manera común y extensa en todo el mundo civilizado. Durante buena parte de los últimos cien años resultaba impensable ver a un hombre –elegante y de éxito– que no se cubriese con algún tipo de sombrero. De hecho, en el trabajo o en las distintas escenas de la vida social, no se consideraba que estuviese completamente vestido si no usaba uno. A la vez que un complemento más o menos funcional, era sobre todo un signo de posición y de estatus social. No es extraño, por lo tanto, que en su influyente Teoría de la clase ociosa. el sociólogo y economista estadounidense Thorstein Veblen se refiera, entre otras prendas, al encanto del brillante sombrero de copa “que realza en tan gran medida la dignidad natural de un caballero”.

El origen histórico del sombrero masculino es un asunto tan oscuro como remoto. Cronológicamente hablando, el primero confirmado es el que se halló junto a los restos óseos de Ötzi, el Hombre de Similaun, momia datada hacia el 3255 antes de Cristo encontrada en los Alpes suizos en 1991. Se trata de un gorro de piel similar a los usados en los países escandinavos y Rusia para protegerse de los rigores del invierno.

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Solo una mujer con el carácter de Katharine Hepburn puede vestir tan bien un sombrero de hombre (aunque no fuera la única en Hollywood: Marlene Dietrich o Barbara Stanwyck los llevaron también con la cabeza bien alta). En esta imagen de estudio, la actriz posa con un estilismo andrógino que remarca una fortaleza y determinación comunes a la mayoría de los personajes que interpretó.

Y es que, en un primer momento, el uso del sombrero aparece unido a una función estricta y simple de protección y confort que, con el esplendor de los grandes imperios de la Antigüedad, fue adquiriendo, además, un matiz social de distinción, refinamiento y elegancia. Surgieron así distintos tocados en el Antiguo Egipto y la Grecia clásica: el célebre gorro Frigio, el píleo o el pétaso, el primero en incluir un borde o ala, elemento fundamental en los sombreros modernos. Desde entonces, su evolución ha dado lugar a una enorme variedad de estilos, morfologías, usos y tipos, casi tan amplia como los significados que las distintas culturas alrededor del mundo le han otorgado históricamente: símbolo de poder, accesorio de lujo, elemento de uniformidad social, utensilio funcional, etc.

El desfile de los prohombres

Una diversidad en la que cabe visualizar por igual a Napoleón Bonaparte, sable en mano y liderando a su Grand Armée, con su icónico chapeau de bras, más conocido fuera de Francia como bicornio; a Abraham Lincoln, quien acostumbrara a utilizar su sombrero de copa alta para guardar papeles y notas en su interior, a modo de archivador portátil; a Charlot, ladeando cuidadosamente su pequeño bombín con un gesto lleno de orgullo proletario; o a Humphrey Bogart, tocado con un fedora gris que se convirtió en el sombrero de moda en los años 40, quien sintetizó su fidelidad a dicho accesorio en estos términos: “Lo único que todo hombre debería tener en su armario es un sombrero. Hay sombreros para el día a día, algunos para ocasiones especiales y otros que se adaptan a diferentes estados de ánimo. Un sombrero –añadía el actor en esta declaración casi de cabecera– es, sin duda, un sello distintivo, pero, sobre todo, es un salvavidas: salva al hombre del declive de las costumbres y de la pérdida progresiva de la elegancia”.

Y si hay algo que identifica a los músicos de jazz de la era dorada es que todos llevan el sombrero con idéntica naturalidad y estilo. Ahí están Lester Young, Dizzie Gillespie o Duke Ellington –quien aparecía con un sombrero de copa en una fotografía promocional de 1934 para evocar, quizás, ese destello de nobleza de su propio nombre– y sus pork pies, trilbies o boinas de aspecto bohemio.

Si bien es cierto que el sombrero es una prenda cuyo uso ha ido decreciendo progresivamente a lo largo de las últimas décadas del siglo XX, sustituido por gorras deportivas y, en invierno, por gorros de lana, las opciones para encontrar el tipo y modelo que más nos favorece siguen siendo casi infinitas.

Modelos que la ficción resucita

La nostalgia de la ficción televisiva y cinematográfica, herramienta para generar empatía y una conexión emocional inmediata con el espectador, nos ha traído de vuelta las boinas de repartidor (baker cap o newsboy en inglés), ubicuas entre la familia Selby de la serie televisiva Peaky Blinders, o modelos clásicos, elegantes y formales como el homburg o, su evolución, el fedora de ala ancha, el sombrero favorito de Johnny Depp y de Harrison Ford, interpretando a Indiana Jones.

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El viejo león británico Sir Winston Churchill saluda con naturalidad patricia y gesto triunfante sosteniendo su elegante homburg de fieltro negro en la mano. Conocido como ‘el sombrero de los lores’, en el cambio de los años 20 a los 30 del siglo pasado sustituiría a la excesiva chistera en los vestidores nobles.

Si lo que buscamos es un carácter romántico y aventurero, la elección podrá variar entre un buckskin de gusto western o un Stetson, el mayor fabricante de sombreros del mundo con más de tres millones de unidades producidas al año. En cambio, un bombín negro, el compañero ideal en la City londinense al impermeable, el paraguas y el maletín, nos dará un look de pulcro residente de Mayfair o Belgravia. Igualmente british, pero conectado con la música y la subcultura mod, es el sombrero pork pie, un modelo redondo de copa plana, con el ala más estrecha que la mayoría de los otros tipos y con un acabado circular. O un trilby de tweed, popularizado por el elgantísimo Nat King Cole, príncipe de los crooners. Típicos del verano son los de paja toquilla (conocidos popularmente como panamá por su denominación anglosajona, panama hat), producidos realmente en Ecuador, y el canotier, tan asociado a escenarios soleados y playeros de los ‘años locos’ de la década de 1920.

Pero no solo es el tipo de sombrero el que ‘hace’ al hombre, sino sobre todo la actitud con la que lo vestimos. Como el novelista francés Honoré de Balzac, para quien la fisionomía, más allá del propio aspecto, se convertía en herramienta clave para descifrar el alma, la psicología y la posición social de un hombre, otro escritor de éxito, el estadounidense John Steinbeck (autor, entre otras, de Las uvas de la ira), afirmó su convicción en que “muchas cosas pueden adivinarse por la posición de un sombrero en la cabeza de un hombre”. Así era, por ejemplo, en el Lejano Oeste norteamericano, donde se afirmaba que, si un cowboy se echaba el sombrero hacia adelante, significaba que buscaba pelea; si se lo ponía hacia atrás, que quería diversión; y, si a un lado, lo que quería era impresionar a las mujeres.

¿Recuerdan al actor Alain Delon ladear concienzudamente, sin prisa alguna, una y otra vez su sombrero en la película El silencio de un hombre? Buscaba la perfección. ¿Y qué es esta, sino una pulida colección de errores? De cara a este próximo otoño, atrévanse: elijan un modelo, el que sea, y denle una oportunidad. Pónganselo, o llévenlo al menos en la mano, por si se cruzan con algún elegante atrevido y se presenta una buena ocasión para quitárselo en señal de admiración y respeto. ¡Salve al dandi victorioso!

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